La madre patria que no nos parió

| España tiene mucho que ver con nuestra historia. Hoy parece necesitar que alguien le refresque los recuerdos.

Daniel Vidart

En los días que corren se han hecho públicas las nuevas y rigurosas trabas que España opone a la inmigración, y no sólo a la de los uruguayos. El extranjero es un peligroso competidor laboral en un país que siente ya golpear en su puerta el aldabón del desempleo. Hay que proteger al trabajador español. Este es el santo y seña que preserva tanto la identidad nacional como el bolsillo del ciudadano común. Y no deja de ser esta una actitud cívico-pragmática coherente con el momento en que el euro resbala, el europotropismo declina y el fantasma de la desocupación se pasea por las ciudades que resplandecían bajo el sol de la prosperidad.

Hace algunos años sentí decir a un profesor de historia de la Universidad de Santiago de Compostela que su patria estaba soportando un movimiento de pinzas promovido por las "nuevas invasiones de bárbaros": unos venían del oriente europeo y otros huían de sus hogares norafricanos.

Pero en estos tiempos posmodernos, signados por la crisis, se define y acentúa un tercer movimiento, aunque no de bárbaros y sí de nómadas con cuerpos flacos, almas indigentes y sueños frustrados que parten desde el Nuevo hacia el Viejo Mundo. Esta tercera columna está integrada, entre otros, por el reflujo de los descendientes de gallegos, andaluces, asturianos, canarios, catalanes, mallorquines, valencianos, etc. que, en estos años revueltos, al igual que un bumerán demográfico, retornan al solar de sus mayores en busca de trabajo, casa y comida, por grandes que sean los desquites de la nostalgia y los vacíos de la soledad.

Dicho asunto se ha convertido en un ríspido tema que alborota la casa uruguaya, alarmada por la suerte de los compatriotas que están al borde de la expulsión en España y de los que golpean en el gran frontón de los impedimentos legales y retornan desairados, entristecidos y a menudo furiosos al aeropuerto de Carrasco.

Los medios periodísticos, los viajeros frustrados, los gobernantes y la opinión pública nacional han expresado sus opiniones al respecto, casi todas teñidas por juicios de valor en los que predominan la indignación, la sorpresa o el desencanto.

No me voy a referir ahora a los conocidos hechos que hoy conmueven a los hijos de este vertedero de "pueblos trasplantados", como decía Darcy Ribeiro, ni a los reclamos, plañidos y alarmas de los damnificados compatriotas que han rebotado como pelotas humanas en los aeropuertos españoles, ni a los derechos y razones que esgrimen los señores de la cancha, esto es, las autoridades migratorias de una mal denominada "Madre Patria". Y digo así porque en primer lugar, no se trata de una madre amorosa sino de una dura madrastra, como la historia de la Conquista lo demuestra, y en segundo lugar, porque la gran tradición de la furia y la gracia españolas tienen poco o nada que ver con las oleadas de italianos, vascos, armenios, judíos, libaneses, helvéticos, ingleses, eslavos, brasileños, etc. que vinieron a poblar estas regiones. Digo esto al margen de la aculturación, del injerto que para sobrevivir hubo de beber la savia de la cepa hispana.

Del mismo modo, el 12 de octubre, denominado Día de la Raza, es ajeno a la progenie de los citados grupos de inmigrantes ultramarinos, a los biznietos de los esclavos africanos que nos legaron el candombe, y a los descendientes criollos de los indígenas charrúas y guaraníes que poblaban estas comarcas.

Dicho lo anterior, voy a seguir el consejo de Spinoza quien, ante las acciones de los hombres, procuraba no vituperarlas ni ensalzarlas sino comprenderlas. Y para ello es preciso recurrir a juicios de realidad y no a juicios de valor. No resollar por la herida sino preguntar quiénes, cuándo y cómo la han abierto en el flanco antiguo de esta patria uruguaya. Ello sucede también con los demás pueblos de Indoeuroafroamérica, y la nombro de tal modo porque eso de América Latina es una paparrucha a la que Evo Morales y Felipe Quispe se han encargado de darle un estruendoso mentís con la pleamar indígena boliviana desatada es este último quinquenio.

Y bien. Poniendo manos a la obra dividiré en tres partes este artículo. En la primera ofreceré, desnudos y enjutos, los viejos testimonios de la invasión española al Nuevo Mundo; en la segunda manejaré las estadísticas y algunas menciones afectivas relacionadas con la recepción generosa brindada por los orientales a los inmigrantes españoles, y en la tercera, a modo de síntesis dialéctica, iré al grano de las cosas. Hablarán los propios españoles que han contemplado los avatares de su patria desde el medioevo a la actualidad.

Los españoles en América

Colón, en viaje a las Indias, abrió sin quererlo una pequeña ventana de la futura América, y vio que en ella había indios y, sobre todo, oro. Enceguecido por la obtención de este metal lo rastreó incansablemente en las islas del Caribe y escribió así a los Reyes Católicos desde Jamaica: "el oro es excelentísimo: del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al paraíso". Es decir, que con el oro se compra la eterna residencia en el cielo.

Dos siglos más tarde, en pleno saqueo de las Indias, Lope de Vega escribió estos versos zumbones: "So color de religión/ van a buscar plata y oro/ del encubierto tesoro".

Por su lado, un grande de España, que tenía entraña humana y no tripas de metal, el conde duque de Olivares, al referirse a la decadencia económica y moral de su patria (1627) dice al rey Felipe IV que aquella se debía "al mal uso de la conversión de los indios y los pecados de los conquistadores que solo han atendido a su interés y preferido éste al servicio de Dios, atendiendo a la codicia del oro, plata y demás riquezas".

Sin duda estos conceptos cuestionaban una ordenanza real (1625) por la cual se solicitaba que "se les hiciese (a los indios) nuevamente cruda guerra por todas las vías, y se tornasen por esclavos los que en ellos se prendiesen y cautivasen..."

El oro y la plata, tan apetecidos, se hallaba en tierras de "perros infieles" que fueron severamente calificados por el fraile dominico Tomas Ortiz. Este, al aconsejar su esclavitud ante la corte española expresó, entre otras lindezas que "andan desnudos; no tienen ni amor ni vergüenza; son como asnos, abobados, alocados, insensatos... précianse de borrachos... son bestiales en sus vicios... son traidores, crueles y vengativos... haraganes, ladrones, mentirosos y de juicios bajos y apocados... son hechiceros, agoreros, nigrománticos; son cobardes como liebres, sucios como puercos... comen piojos, arañas y gusanos... no tienen arte ni maña de hombres".

Pero otro dominico, condolido por la suerte de los naturales, juzgaba las cosas desde el anverso del atropello y no desde el reverso del prejuicio. En su sermón de 1511 a los atónitos cuanto coléricos encomenderos de La Española —hoy bipartida entre Haití y República Dominicana— fray Antonio de Montesinos así increpaba a sus compatriotas: "decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con estragos y muertes nunca oídos habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curarle de sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día ? (...) ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís?".

El dominico, luego de esta filípica, fue llamado al orden, es decir, lo retornaron a España y nunca más se sintió hablar de él.

Leídas las anteriores transcripciones, que sobrecogen, no puede decirse que se emparejan con las interesadas calumnias del inglés, que al decir de los hispanófilos inventó la Leyenda Negra para desacreditar una tarea evangelizadora y civilizadora.

Un cronista tan pulcro y veraz como Cieza de León, en la guerra de Chupas (¿1540?) cuenta que para hacer confesar a los naturales dónde se hallaban los árboles de la canela "el carnicero de Gonzalo Pizarro no solamente se contentó con quemar a los indios sin tener culpa alguna, mas mandó que fuesen lanzados otros de aquellos, sin culpa, a los perros, los cuales los despedazaban con sus dientes y los comían; y entre éstos que aquí quemó y aperró oí decir hubo algunas mujeres, que es de tener a mayor maldad". Las mujeres que no marchaban a la hoguera eran "colgadas de las tetas" en la sabana de Bogotá al par que según narra Diego de Landa en su Relación de las cosas de Yucatán (1573) "vio un gran árbol cerca del pueblo en el cual el capitán ahorcó muchas mujeres indias en las ramas y de los pies de ellos a los niños, sus hijos... Hicieron crueldades inauditas pues les cortaron narices, brazos y piernas, y a las mujeres los pechos..."

Estos son testimonios de españoles. Hay centenares de documentos, escritos por españoles, donde se da cuenta de las matanzas, robos, violaciones, mentiras y excesos de toda índole que, al decir de los propios espectadores y actores, se cometieron durante el período en que España desembarcó en tierras americanas.

A flor de página, sin mucho trabajo, se podrá descubrir la cara verdadera de la conquista cuyos actos no califico para no caer en el facilismo del libelo, sino que los dejo librados al juicio y sensibilidad de los lectores. Pero con lo visto hasta ahora creo que es suficiente. Y no se trata de la muestra de un solo botón.

El malón transatlántico

Las costas atlánticas de Sudamérica, hacia los siglos XVIII y XIX estaban escasamente habitadas, a diferencia de la zona andina, sede de la agricultura indígena y de los metales preciosos.

El contingente indígena era poco significativo, salvo en el caso de los guaraníes misioneros. Los esclavos africanos colmaban las plantaciones de azúcar brasileñas, desconocidas en el área rioplatense. Esta estaba desprovista de minas de oro y plata, aunque el cuero imperaba como el gran llamador de las gentes de la tierra, aquellos mestizos criollos de ascendencia triétnica. Las Tierras del Sin Fin, en suma, constituían un desierto humano, y a tal punto, que en pleno siglo XIX el argentino Alberdi advirtió que "gobernar es poblar".

Por su parte, los países de la fachada atlántica de Europa y la cuenca mediterránea padecían una plétora demográfica que no podía ser enjugada por la escasa producción de los minifundios, los salarios de hambre, el desempleo cíclico o permanente. A ello se sumaba la alarma de la gente, acogotada por las exigencias del servicio militar y los requerimientos de la justicia. En el caso de España, se debe agregar el impacto de las conmociones políticas y económicas provocadas por las guerras carlistas, las conmociones del 1868 y la marea militar que anegó las tímidas conquistas populares de la Primera República.

Todo ello determinó que el siglo XIX fuera el escenario de un drama migratorio en cuyos extremos se ubicaban los factores de expulsión en los países de origen y los factores de atracción en estas tierras abiertas a la iniciativa de los audaces y al trabajo de los fuertes. Un extraordinario flujo de inmigrantes de la Europa convulsionada por los efectos de la Revolución Industrial se dirigió a Estados Unidos y otro, no menor, al grito de "hacerse la América" lió sus escasos petates, cortó amarras con sus paisajes maternos y sus comunidades, rompió los corazones de amigos y parientes, que lo despidieron llorando desde las chozas o los muelles y se embarcó en las hacinadas panzas de los buques en busca de nuevos y más acogedores horizontes.

En España las imperfectas estadísticas registraron 11.600 emigrantes en 1882, cifra que creció como un alud al punto de llegar a 195.500 en 1912. Parte de estos españoles llamados por sus parientes indianos, caídos en las garras de aviesos agentes de viajes, seducidos por la propaganda que resonaba en ambas orillas del Gran Charco, fueron recibidos con los brazos abiertos por los países rioplatenses y sus gentes. Hubo, sí, en un principio, burlas y chanzas a los recién llegados, pero nadie los agredió, ni censuró, ni impidió el despliegue de sus actividades laborales. Eran bienvenidos, bien mirados, a veces con sonrisas sobradoras, es cierto, como quedó registrado en el sainete o la canción —el "gallego cabeza de hormiga" de Zitarrosa— pero siempre con empatía humana, con talante solidario.

Uruguay tenía cuando la declaratoria de la independencia (1825) la irrisoria cantidad de 74.000 habitantes, de los cuales 14.000 residían en Montevideo. No se trataba de un censo sino de una estimación a ojo de buen cubero. Pero cuando mejoran las estadísticas, hacia 1850, ya registran 132.000 pobladores, que en el 1900 se convierten en 916.000 y en 1950 en 2.400.000. Esto significa que a lo largo de 125 años multiplica su población por 32 mientras que Argentina, otra intensa receptora de inmigrantes europeos, lo hace por 26.

Los españoles desempeñaron un papel fundamental en este crecimiento galopante que no fue sólo cuantitativo. No puedo aquí extenderme, pero sí conviene establecer que estas gentes trasterradas, empeñosas, laburantes de sol a sol, ahorrativas hasta la tacañería, abiertas a la amistad y el amor con la comunidad circundante —la chacra, el inquilinato, el barrio— alumbraron bandadas de hijos criollos que llegaron a ser profesionales de brillo, comerciantes de empuje, industriales innovadores, ciudadanos virtuosos. Acogidos por el pueblo, se incorporaron a sus filas, hicieron suyos sus ideales, compartieron sus triunfos y sinsabores, amaron los signos y símbolos de una patria que acuñaba una nueva nación, no ya la de los bravos orientales sino la de los uruguayos de todo origen que se hermanaban bajo la Cruz del Sur.

El primer contingente de emigrantes que recibe el país viene de Iparralde, el país vasco del norte de los Pirineos. En el quinquenio 1837-1842 arriban al Río de la Plata más de 30.000 vascos —entre ellos llegan desde Zuberoa (el país de los bosques cálidos) los Vidart y Bartzabal de mis ramas paterna y materna— de los cuales unos 18.000 se radican en Montevideo, que por entonces tiene 40.000 pobladores. En 1843 nuestra capital es una ciudad extranjera: en ella viven y se desviven a veces 11.600 orientales y 20.000 europeos.

Finalizada la Guerra Grande la República tiene 221.000 habitantes de los cuales unos 60.000 viven en Montevideo. Los inmigrantes constituyen el 35% de la población. Entre ellos van al frente los brasileños con 19.000 almas, cuya mancha demótica se desparrama Río Negro arriba, seguidos por 18.400 españoles, 10.000 italianos y 9.000 vascos.

Luego de la cruenta Guerra de las Lanzas, hacia el 1872 ya el país albergaba 420.000 habitantes, de los que 103.000 eran extranjeros. En este momento los españoles tienen la primacía. Si bien los italianos imperaban en Montevideo en el país mezclan sus tareas y sus esperanzas de salir adelante —ellos creían que se hacían la América, pero en verdad la estaban construyendo, a fuerza de sudor y lágrimas— alrededor de 37.000 españoles, 32.000 italianos y l7.700 vascos. Pero muy pronto los italianos iban a tomar la delantera.

Después de la "Cruzada Libertadora" de Flores y la terrible guerra de la Triple Alianza Nicolás Granada efectúa un censo de Montevideo y los resultados son los siguientes: de los 115.000 habitantes de la ciudad un 45% está integrado por inmigrantes de los cuales 33.000 son italianos, 22.000 españoles y 7.400 vascos.

Luego de estos episodios políticos, económicos y sociales, siempre acompañados por el flujo y reflujo de la marea demográfica extranjera, se abre el gran período cosmopolita: un extenso repertorio de pueblos, razas —¿las hay de veras?— y culturas vuelca en la gran olla del recipiente patrio variopintos caudales de helvéticos, siriolibaneses, armenios, eslavos, judíos, húngaros, etc. quienes, al igual que las otras etnias, se incorporan a la idiosincrasia e ideología imperantes en las clases populares, pero que conservan íntimas tradiciones, amadas identidades, añejas costumbres, pintorescos (para nosotros) retazos folclóricos y caleidoscópicas visiones del mundo. Sus hijos y nietos serán uruguayos. Son nuestros prójimos, nuestros semejantes. Somos nosotros mismos.

Pero resta todavía un rabo por desollar. En el siglo XX la canilla de la inmigración española quedó goteando, y a veces con porfía. Vinieron gallegos de los parvifundios montañeses, asturianos de los prados feraces, catalanes de la cintura mediterránea. Y con el advenimiento del franquismo, ya derrotada la República, las luminarias intelectuales alumbraron conciencias y despertaron vocaciones en México, Argentina y Uruguay, países que abrieron sus fronteras y corazones a los ilustrados representantes de la que se llamó España peregrina. Un dato de actualidad indica que hoy más de 300.000 gallegos destilan su morriña (una muerte chiquita) lejos de la terra meiga.

A modo de síntesis

Todo cuanto fue dicho hasta ahora se refiere a dos momentos históricos que afectarán profundamente el destino de estos territorios y sus respectivas humanidades. Una conquista inmisericorde y violenta al principio, por más que se la quiera edulcorar con atenuantes culturales y temporales a la vez, atenuantes que a la postre son colgajos de una mala conciencia, secreteos con los "beneficios" de la civilización. Otra es una colonización de cuerpos y almas, una transfusión de músculos y voluntades, un desembarco de campos y arrabales famélicos que buscan cambiar de signo en el ecotopo de nuevas tierras con el estímulo de nuevas sociedades. En ambas oleadas se percibe un confesado afán de riquezas, pero resulta que las primeras fueron mal habidas y las segundas bien ganadas.

Por eso, cuando los nietos y biznietos de los antiguos invasores e inmigrantes españoles regresan o visitan las comarcas de sus mayores es bueno que recuerden estas historias. Y que también las rememoren quienes, allá en las Españas, con la ley en una mano y el garrote en otra miden con idéntica vara a las gentes de su misma fuente genética e idéntico nido de tradiciones y a los "bárbaros" e "idólatras" que desembarcan desde el antiguo Mahgreb o se infiltran desde el desgarbado este europeo. Todo ello sucede, estimado lector, en un país donde imperan reyes bonachones y el socialismo gobernante se jacta de difundir y defender los dones de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Pero antes de terminar, quiero ofrecer una breve antología comentada de pensamientos acerca de España, provenientes de sus propios hijos. Todos ellos pueden ser aplicados, frontal o sesgadamente, al espíritu intemporal de España y, de refilón, tal vez sirvan para paliar los sinsabores de aquellos compatriotas que están a punto de ser expulsados de la Península y de los que, tributarios a veces de la viveza criolla, retornan mohínos o enojados a la "tacita de plata", que así se le llamaba a Montevideo antes de que fuese, como lo es hoy, un resquebrajado tazón de cantina.

Comienzo con las visiones desencantadas, aquellas que aluden a la "España Negra" de Antonio Machado, y son precisamente unos versos suyos, pertenecientes al libro Campos de Castilla, los que quiero citar, porque los rechazados sudacas, entre los cuales figuran nuestros compatriotas, iban a desparramarse por estos retazos esteparios sin conocer su antigua geología espiritual: "Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta/—no fue por estos campos el bíblico jardín—;/son tierras para el águila, un trozo de planeta/por donde cruza errante la sombra de Caín".

Caín, como se sabe, mató a su hermano Abel, y desde entonces llevó en la frente, puesta allí por Dios, la marca de su infamia. En el caso de los inmigrantes uruguayos no se trata de hermanos sino de hijos, de directos descendientes marcados por el triple signo de una lengua, un credo y una tradición. Así lo ha proclamado el materno atributo de la hispanidad, una denominación con sospechoso tufillo imperialista.

Leamos otro parecer, pues luego de expulsar moros, judíos, sudacas y otras malas yerbas la Madre España tiene insólitas generosidades, burlas afectivas que traspasan con su flecha el escudo de la ley. Ángel Ganivet, en su Idearium español (1897), nos consuela con estas reflexiones: "en España se prefiere tener un Código muy rígido y anular después sus efectos por medio de la gracia. Tenemos, pues, un régimen anómalo, en armonía con nuestro carácter. Castigamos con solemnidad y con rigor para satisfacer nuestro deseo de justicia, y luego, sin ruido ni voces, indultamos a los condenados para satisfacer nuestros deseos de perdón".

Que así sea. España, mientras repartía lanzazos y cristazos, benefició a Europa y al mundo con la lumbre de su espíritu, con la docencia de sus libertades forales, con la dignidad acendrada de sus hijos. Enjugó, como pudo, las faltas cometidas en América y Flandes, donde la crueldad hizo su camino hombro a hombro con el coraje. Pero mucho recibió también, y debe seguir recibiendo en su calidad de encrucijada de culturas y fábrica de civilizaciones, como, con lirismo y urgencia, expresó Claudio Sánchez-Albornoz, invocando al apóstol Santiago: "los españoles te han invocado en sus guerras contra el moro, el indio o el hereje; al grito de tu nombre han empuñado espadas, enristrado lanzas, disparado arcabuces o cañones; te han tenido por compañero de armas han nombrado capitán de sus caballos. Ante tan repetida invocación hiciste el milagro de redoblar sus ímpetus en sus grandes empresas por todos los mares y continentes de la Tierra. Pero, a la par, con galaica ironía, que no sé si a Galicia llevaste o de Galicia recibiste, en lugar de responder al grito de ‘Santiago y cierra a España’ la abriste de par en par a todos los vientos de allende el Pirineo. Y por el camino que lleva a tu sepulcro legendario o auténtico —¿qué importa ese detalle?— hiciste primero ejercer a los hispanos su maestrazgo sobre Europa al trasmitirle las reacciones filosóficas, científicas, literarias o artísticas de los musulmanes y cristianos españoles, e hiciste entrar luego, a raudales, en tu lejana patria de adopción, las ideas, las formas literarias o artísticas, las instituciones, los hombres, las mercaderías y las costumbres de Occidente. Santiago, Santiago (...) repite tus milagros de paz, y vuelve a abrir España a todos los caminos invisibles e infinitos que por encima de ríos y montañas, de continentes y océanos, enlazan los pueblos más dispares y aúnan sus esfuerzos en el eterno tejer de la civilización occidental" (Españoles ante la historia, 1958).

¿Desatenderá España este llamamiento singular, proveniente de un historiador lúcido, cuyas palabras ruedan fortalecidas por el eco que ellas despiertan en millones de conciencias? ¿Guarda España aún esa flor de hidalguía que no marchitan las injurias del tiempo ni la veleidad de los hombres? Una respuesta viene del pasado, del rey Alfonso X el Sabio, quien al final de su loa, dice: "España es más que todas las tierras preciada por lealtad. ¡Ay España!, no hay lengua ni ingenio que pueda contar tu bien".

Ojalá que nosotros, los pobrecitos sudacas, los trasterrados nostálgicos, los exiliados económicos, los nietos remotos de una abuela altanera y gloriosa, podamos gozar de aquella preciada lealtad y ser bien recibidos por quienes ayer y antes de ayer bien recibimos y amamos, es decir, los padres gallegos, los tíos catalanes, los antepasados asturianos, los ancestros castellanos, los joviales andaluces, los valencianos de la huerta de la acequia que canta, los agricultores canarios que fundaron Montevideo y abrieron al mundo las puertas de la nueva patria.

Pero si ello no sucede, y se nos empareja con las borras de la taza africana y los famélicos musulmanes del Cercano Oriente y los friolentos hijos del hielo, todas criaturas de Dios amparadas por idénticos derechos humanos si bien tributarias de culturas diferentes de la que mamamos de la copiosa teta española, entonces no nos queda otro desamparado recurso que repetir con César Vallejo, si bien en un distinto escenario moral y una diferente coyuntura histórica: "España, ¡aparta de mí este cáliz!"

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