La demagogia no es sólo política

| Los políticos no son los únicos demagogos. Los músicos también pueden serlo.

Daniel Mazzone

El liderazgo demagógico es una de las desviaciones posibles de la democracia. Carente de propuestas, el demagogo se deslegitima a fuerza de prometer sin dar. A sabiendas de que no tiene lo que con ligereza ofrece. Desde hace décadas, los rioplatenses estamos expuestos a altas dosis radiactivas de discurso demagógico. Y la realidad no ceja en su deterioro.

En 1994, un tan exitoso como cínico ex presidente argentino, Carlos Menem, respondió a una pregunta de este cronista acerca de por qué había hecho en su gobierno lo contrario de lo que sostuvo en su campaña: "Es que si les digo la verdad no me votan".

Este tipo de lógica falaciosa es la que vacía una y otra vez nuestras democracias. También en Uruguay tenemos abundantes ejemplos de demagogos a derecha e izquierda. En este mismo momento asistimos al comienzo de lo que con llamativa complicidad nombramos "carnaval electoral" y que consiste en ver quién es más concesivo con los empleados públicos, la verdadera clientela de partidos y sindicatos. "Pueden dormir tranquilos", dice uno; "les prestaremos el dinero de las AFAPs, a los estatales endeudados", responde otro desde la vereda de enfrente. Por tanta y tan conmovedora generosidad es que el empleo público, que ya se paga entre 20% y 60% más que el privado, seguirá siendo la máxima aspiración de los habitantes de un país quebrado. No nos engañemos, el liderazgo demagógico se ha reproducido como la hidra porque una parte importante de la sociedad se sirve de él. El clientelismo nos ha contaminado estructuralmente. Está en los partidos, en los sindicatos estatales y algunos supersindicatos privados, y está en nosotros mismos.

Bardo demagogo

El liderazgo demagógico goza de excelente salud. Y con su ejemplo ha regado su prole trucha por doquier. El ejemplo siempre es imparable. De los líderes demagogos, o de la realidad amasada por ellos han surgido entre otras lindezas, los cumbieros de la puteada. No confundir con la cumbia villera, la música cuartetera u otras manifestaciones más o menos periféricas pero genuinas, que expresan con autenticidad a segmentos de la sociedad que surgieron con la "crisis". (Demos por admitido que el histórico descalabro que vivimos puede calificarse así. Un rioplatense nace en crisis, vive en crisis y lo más probable es que, si no emigra, muera en crisis).

La Bersuit —banda porteña que nos visita por estos días— y la montevideana Tabaré, en sus versiones rockera o milonguera —tanto da— son dos ejemplos de música de baja calidad, estridente y pegadora, con letras histéricas que le disparan sin discriminar a casi todo.

Probablemente la comparación sea excesiva; lo de Rivero es peor y más patético, pero los une su pertenencia al mismo nicho de mercado. Por lo demás, la banda de Rivero lucha penosamente para sobrevivir, mientras la Bersuit factura en dólares y tiene un peso gravitatorio envidiable. La banda de Rivero carece de pegada. La banda de Cordera se mueve dentro de niveles aparentemente exigibles para una banda de target veinteañero y puteador. Un "mensaje" antisistema los ubica como fogoneros del "que se vayan todos", versión aggiornada y negligente del "todo está mal" y del "cuanto peor, mejor".

A Cordera no se le puede negar la astucia que suele adornar a los demagogos. Según Clarín, el 90% de su público son liceales. Y Cordera es un cuarentón que vende "bardo" enlatado para consumo adolescente. Nuestros jóvenes saben de antemano que las cosas están mal, que son los grandes marginados de esta historia. Que llegaron con la película empezada y tienen pocas garantías de lograr un buen lugar.

Los jóvenes ya saben todo eso y no necesitan a nadie que les dirija discursos incendiarios. Los jóvenes de todas las épocas han sabido encenderse solos. Y está bien que se enciendan, sobre todo si la sociedad les da la vida pero les niega un lugar. A los jóvenes hay que darles contención, libertad y oportunidades, no consignas vacías. Y para eso se necesitan sociedades bien estructuradas, no manija.

Los únicos inocentes

Estos cuarentones patéticos son tan demagógicos como los líderes políticos a los que fingen insultar.

La mejor prueba de que su manija es vacía reside en que sus compradores son eternamente adolescentes. Nuevas camadas que llegan y pasan. Son bandas que no crecen con sus auditorios y se abstienen de probarse en mercados de mayor exigencia. "Como nada puedo hacer, puteo", sostiene con falsa ingenuidad uno de sus esloganes.

Del interminable insulto de la Bersuit se salvan los internados del Borda —equivalente porteño del Vilardebó— de donde toman su uniforme/pijama, lo que a su vez imitan sus seguidores. También suelen ofrecer su escenario a algunos gremios en huelga, y a las versiones más ultra de algunos movimientos sociales. La "solidaridad" siempre rinde, sobre todo si no implica compromisos posteriores. Y a juzgar por las cifras de gente y dinero que mueve Bersuit, parece más que obvio que roza o toca —quizá habría que decir manosea— algún resorte vital juvenil.

No se sabe bien qué es lo que rozan, tocan o manosean. Como en general no hay crítica sino apenas descripciones favorables, tampoco hay especulaciones ni opiniones de cierta nitidez. La edición argentina de la revista Rolling Stone no se juega: su Anuario 2003, la designa como el grupo del año, pero a la hora de fundamentar apenas se dice que es "la banda más convocante, la que nadie se quiere perder". De méritos artísticos, ni hablar. En la misma edición también aparece el periodista Jorge Lanata, para quien la Bersuit "suena como la banda sonora de una época". Parece mucho ¿no? A cuántos le dirás lo mismo, Jorge.

A mí me parece más bien lo contrario: que la Bersuit se posiciona como una banda que contribuye a la descomposición social de una época. Acompaña el desbarranque y encima, empujando para abajo. Total, si eso es lo que vende. Su actitud no es la de quien pretende aportar. Sino: qué partido sacar de este desmadre. Se encuadran en el más clásico arquetipo demagógico.

La propuesta Bersuit se parece demasiado al festín de los buitres que se abalanzan sobre la caravana moribunda.

¿Es solo rock and roll?

Los Rolling Stone cantaban: "It’s only rock’n’roll but I like it" (Es solo rock and roll pero me gusta).

Aquella expresión era defensiva en una época en que la música irrumpía y buscaba lugar para los jóvenes en un mundo muy diferente al de hoy. También como entonces, hoy se dice que escuchar a la Bersuit es una especie de descarga adrenalínica, algo así como ir al estadio y largar el indio por el cuadro del alma.

Pero entonces ¿cuál es el problema? Parecería que no lo hay. Después de todo estamos en libertad y el sistema democrático es tan amplio que metaboliza hasta las críticas más acerbas. La democracia consiste en permitir que se diga todo lo que no viole la ley, o sea que no lesione el derecho de terceros. Cualquiera puede cantar lo que se le cante. Al fin y al cabo hay productores que arriesgan su dinero, sellos que respaldan discos y promotores que ponen a su disposición sus escenarios. Incluso, aunque parezca raro, esta banda que dice ser furibundamente antiestablishment tiene hasta auspiciantes. Por supuesto, todos del establishment.

Lo llamativo es la ausencia de crítica.

¿Acaso se trata de un exceso de respeto a las convocatorias multitudinarias? Es una posibilidad, que la crítica quede paralizada por ese temor tan humano a malquistarse con el público. Pero admítase que da para pensar, que es llamativo el correlato entre la tolerancia pasiva ante el liderazgo demagógico y la prescindencia crítica frente al discurso demagógico/puteador. Va en las páginas de espectáculos, como si fuera arte, pero de arte ni hablemos.

Parece llegado el momento de reclamar el ejercicio de la crítica responsable; el abandono de las posiciones cómodas que sólo describen sin compromiso ni exigencias de calidad. Sin crítica no hay democracia. Y sin democracia no hay sociedad.

La apertura de espacios críticos depende de medios y periodistas comprometidos con el público. Por ahí cojean nuestras democracias maltrechas, tan bastardeadas por la demagogia. El discurso demagógico, político o artístico, opera como vaciador de las formas de convivencia. Sobre todo si se le permite, a fuerza de concesiones acríticas, usurpar el lugar reservado a la excelencia.

Da la impresión de que esta banda obtuvo su lugar más a favor de la falta de crítica y de ausencia de criterios estéticos, del jolgorio irresponsable que caracteriza esta debacle cultural y política, que de sus propios valores artísticos.

En cualquier lugar del mundo fuera del Río de la Plata, la propuesta de Cordera tendría un rating marginal que lo obligaría a trajinar las catacumbas del under. Algo se ha descentrado si el discurso más irresponsable se encarama en el sitio a donde apuntan los reflectores más potentes. El irresistible ascenso de los Cordera desnuda el vacío reinante donde se manejan las consolas más delicadas de la sociedad. Algo de ese vacío lo presenciamos a diario cuando demasiados micrófonos y cámaras le apuntan a personajes sin nada que agregar. Así es que todos terminamos soñando con ñoquis y serpientes.

Ya se sabe, el lugar de la crítica es incómodo. Y encima, su ejercicio tampoco es garantía de buenos resultados. Lo que sí garantiza la crítica es otra atmósfera, más oxígeno y plafones más altos para el intercambio. Incluso, y eso no es poco, el propio intercambio. Porque si la crítica renuncia a su función, o sea, renuncia a sí misma como parece ser el caso, entonces no habrá garantías de ningún tipo. Y nadie deberá sorprenderse de que el espacio de máxima atención, el del horario pico, siga llenándose de ruidos estúpidos.

¿Dónde está el piloto?

Auspiciar según la Real Academia es "proteger, patrocinar, estimular, favorecer".

Bersuit se presentará en Montevideo con varios auspiciantes de importancia desigual.

El rubro de los auspicios tiene vínculos light con los contenidos del espectáculo. Más que nada se ha transformado en un intercambio de favores entre operadores que no parecen muy atentos a los procesos de fondo. El modelo estandar estipula que se necesita un avión que transporte a la banda, un hotel que los aloje, un diario y una radio que los anuncie, una tarjeta de crédito y una bebida alcohólica de target masivo y juvenil. En este caso hubo además una revista especializada extranjera. Al fin y al cabo, se trata sólo de dinero.

Si se tiene todo eso ya hay un espectáculo. No todos ponen dinero, algunos canjean aire o centímetros. Es decir, emplean recursos ociosos a cambio de "aparecer" ante ocho o diez mil jóvenes seguidores de la banda. Es entendible. Apenas es publicidad. Quizá sea un curso de razonamiento que desemboque en el "todo da lo mismo".

Buena parte de nuestra crisis cultural y política se debe a la defección de demasiados operadores que hacen a la construcción y elaboración de criterios. A la defección de la crítica hay que sumar la del periodismo cultural que suele sobrevolar lo que no entiende, sobre todo si queda a demasiadas cuadras del centro.

Y parecería que también hay que sumar lo que podríamos llamar cierta desatención de marcas respetadas. Hay un mensaje por lo menos equívoco cuando firmas de importancia auspician una banda de baja calidad y ordinariez extrema. Bersuit dice estar contra el sistema, pero apela a los anunciantes del sistema. El oportunismo es obvio.

Me pregunto si saldrá en los medios locales la foto de Cordera agarrándose los genitales, con gesto de escolar de segundo grado, mofándose de una sociedad perpleja, que queda pegada en su estupefacción, y que a pesar de todo lo premia, lo auspicia y ríe entre nerviosa y estúpida frente a un tipo que intercala concha y culo cada dos frases.

La mayor victoria de Bersuit es que al día siguiente nos habremos olvidado de lo que premiamos y auspiciamos. Porque ya estaremos organizando el próximo espectáculo.

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