La decadencia del imperio colorado

En la Casa del Partido Colorado nadie parecía tener exacta idea de la dimensión de la catástrofe. Hasta que se confirmó que sólo los había votado el 10%.

Gabriel Sosa

DESPUÉS de 170 años de tener el control del gobierno, o de ser la oposición poderosa, el Partido Colorado tocó fondo. Y en la sede partidaria, parece que nadie se daba cuenta.

A las 19 horas del domingo 31, el patio de la Casa del Partido Colorado alberga a unas 50 personas. En su mayoría son periodistas ociosos, y un total de tres militantes con banderas al cuello. Hay varias cámaras de televisión, con sus correspondientes noteros, pero ninguno de ellos es de los principales de su canal. No hay dirigentes a la vista, con la excepción del diputado Washington Abdala, que está brindando una larga entrevista a un canal de cable. Justo cuando termina su entrevista, entra el vicepresidente Luis Hierro.

A las 19.20 empiezan a llegar las demás personalidades del gobierno. Una pequeña claque en la puerta los anuncia con aplausos escasos. Llegan los ministros Isaac Alfie y Pedro Bordaberry ("el hombre que volvió del futuro"). Cinco minutos después entra el ministro Martín Aguirrezabala, envuelto en una bandera de la lista 15. Reciben algunos abrazos de entusiastas, pero por lo demás podrían ser militantes como cualquiera, sonrientes, apenas un poco tensos, dando vueltas por la sala.

Luego aparecen los primeros delegados de mesa, con sus acreditaciones y sus bandejas de merienda a medio comer, y el salón empieza a verse más lleno. Un militante entusiasmado le susurra a unas señoras: "No llegan al 50". Por increíble que parezca, esa es la preocupación principal de los presentes. Nadie habla una palabra sobre los posibles resultados colorados, o sobre el número de legisladores. Lo que la gente de veras quiere es estropear la fiesta del Frente Amplio.

A las 19.45 se escucha un revuelo de proporciones en la puerta. Las cámaras de televisión encienden sus luces, estallan los aplausos, alguien grita "¡Viva el Partido Colorado!". Entra Sanguinetti. El primer saludo del ex presidente es para el siempre disponible Abdala.

A las 20 horas exactas, con puntualidad inglesa, llega Guillermo Stirling al recinto. Se oyen aplausos, se prenden las luces de las cámaras de TV, y alguien grita lo del Partido, pero todo un poco a destiempo, con menos fervor que un rato antes. Los militantes cercanos (sobre todo las señoras mayores) se acercan al candidato y lo abrazan, lo envuelven en el calor de su afecto. Por suerte no hace frío.

Los periodistas se arremolinan buscando a quién entrevistar, le ofrecen micrófonos a Stirling y a Sanguinetti, hasta Abdala obtiene su parte. En medio de la multitud, Yamandú Fau da vueltas, al parecer un poco desorientado. Nadie le ofrece un micrófono.

En un costado dos veteranos militantes, sin duda sobrevivientes de los tiempos de Luis Batlle, cuchichean. "Es así", le dice uno al otro. "Vos ya lo sabés porque lo viviste, como yo. Los del Frente se respaldan, hasta a los ladrones respaldan. Acá te dejan tirado, hasta a los más fieles". El otro veterano asiente.

A las 20.20 llega Ope Pasquet. Pocos aplausos. La claque de la puerta parece haberse apagado. Tampoco nadie lo entrevista. Llegan banderas de la 2002, una decena. Los portadores las despliegan en el salón, y el que tiene la mayor, un largo caño de PVC con una bandera nacional encima de la del partido, la ondea con entusiasmo. El esfuerzo parece estar destinado al propio desarrollo muscular del militante, porque no hay cámaras de televisión prendidas, ni siquiera gente que le preste atención. Al rato, convencido de la futilidad de su acción, cesa. Las banderas se enrollan y desaparecen.

La gente se amontona en la puerta, saluda a los recién llegados, pero ya no hay mucho festejo ante cada recibimiento. La mayor parte de los militantes junto a la entrada son de la 321, los únicos claramente identificables por llevar banderas al cuello y hasta camperas con el número de su lista, pero ni siquiera se percatan cuando llega su líder, Alberto Iglesias.

La hora de la verdad

Se acerca el fin de la veda electoral y las primeras proyecciones. Ahora el salón está moderadamente lleno de gente. Un mujer reparte banderitas coloradas y nacionales. Más o menos, los que terminan agitando banderitas (militantes) llegan a ser la misma cantidad que los que no agitan (prensa). Dentro de un grupo de personas con banderas, una mujer le dice a otra: "Que ganen en la segunda vuelta, ¡pero que no ganen ahora! ¡Y que se jodan todos los que vinieron de Argentina a hacer que votaban, pero que aprovechan para comprar barato!". La nube de irrealidad que cubre el salón se vuelve más espesa.

Ya casi es el gran momento de las primeras cifras. La gente está inquieta, con ganas de jolgorio. Un sentimiento los hermana: que no gane el Frente Amplio. Nadie habla de porcentajes o de representatividad en el Senado. Al fondo del salón hay una pantalla de televisión. Los que están cerca empiezan a gritar "¡Doce, doce!". No anuncian porcentajes, piden que cambien de canal, pero algunos despistados en la otra punta festejan. Se hacen gestos de "les rompimos el c...". En la tele, Luis Eduardo González dice que todavía no se sabe nada, y el silencio cae en el salón.

A las 20.55, dos militantes intercambian impresiones: "El problema que tienen las encuestadoras es que la gente no les contestaba, ¡y esa gente no es del Frente!". En el fondo la pantalla gigante cambia de un canal a otro, pero por impericia de quien la controla, siempre termina en aquel que en ese momento pasa imágenes de la muchedumbre frenteamplista en 18 de Julio. La pantalla se transforma en un punto ciego para la visión de todos los presentes. Está ahí, pero nadie la ve. A las 21.00, González repite que todavía no se sabe nada. En la Casa del Partido Colorado, la gente se pone inquieta. Hay balotaje, dicen, hay balotaje. Nadie dice nada sobre los posibles porcentajes del partido.

A las 21.05 Oscar Bottinelli es el primero en anunciar la victoria del Frente Amplio, sin segunda vuelta. En el salón, cae el silencio. Las caras se llenan de angustia. No hay un sólo dirigente a la vista.

Cinco minutos después comienza el éxodo. Desde un salón interior salen Alfie y el resto de los ministros, incluyendo a Bordaberry, que se ve que en su viaje al futuro, en el que grabó un inolvidable aviso desde el año 2009, se olvidó de leer los diarios del 2004. Con cara de circunstancia, enfilan directamente hacia la puerta. Lo más que le dicen a algún deudo que los intercepta en el camino es "y, sí".

Sanguinetti y Stirling, en cambio, dan notas, Stirling con cara de velorio, Sanguinetti distendido. Lenta pero continuadamente, la gente empieza a salir. En un costado, Hierro, con su mejor cara de prócer, es la imagen misma de la serenidad, abrazado a su esposa y a una de sus hijas.

Silencio

A las 21.21, González anuncia la victoria de Tabaré Vázquez. Ahora sí, el silencio es absoluto. La gente está incrédula. Nadie se esperaba este resultado. Cuando se confirma que el Partido Colorado obtuvo el 10% de los votos, parece que los presentes entraran en razón. Con una tristeza infinita, los uruguayos que despiertan son ellos. Se escucha un suspiro colectivo de desaliento. Hasta ese momento, la única meta era impedir el balotaje. Ahora todos parecen darse cuenta de que no sólo eso no va a pasar, sino de que el partido está en la peor situación de su historia. Ninguna estrategia publicitaria, ni virulenta ni paternalista ni amigable, dio resultado. En medio del desaliento, alguien grita "¡viva el Partido Colorado!", y los presentes ovacionan, con fervor. Alguien más empieza a cantar "volveremos, volveremos", pero con poco éxito. La gente sigue saliendo. Todos los dirigentes a la vista están serios, salvo Abdala, que aparece sonriente. Recorre el salón y se abraza estrechamente con Manuel Flores Silva, enemigo acérrimo del Foro Batllista, que pasea por ahí. Junto a la entrada, una militante llora. Abdala se convierte en el centro de un coro de personas afligidas, a las que es de suponer su presencia lleva consuelo. El diputado pierde por un momento la sonrisa, al anunciar que la totalidad del partido va a contar con sólo tres senadores. "Va a estar duro", reflexiona. Poco después, sonríe de nuevo. A las 21.45 se va Julio César Talamás ante la indiferencia del público "adulto mayor" que abundaba en la sede partidaria.

Para las 22 horas el salón está más o menos como a las 19. Los periodistas caracolean tras las últimas notas disponibles. Los noteros de televisión no se alteran demasiado, saben que son una noticia de segunda y que es muy poco probable que les den tiempo de aire en vivo justo en ese momento.

Ope Pasquet reparte abrazos consoladores a los militantes que quedan, sean de la lista que sean. El ambiente general es el mismo que en un velorio diez minutos antes de que lleguen a retirar al muerto, una mezcla de aceptación, alivio y pena.

Además de los periodistas, que ya levantan campamento, sólo van quedando grupos de gente cabildeando con tristeza. En la pantalla aparece el sonriente Tabaré Vázquez. Una militante de las 321 se sulfura: "¡No quiero ni verle la cara!". Enseguida se calma. "Y bueno —dice—hay que empezar todo de vuelta".

Y así, no con un estallido sino con un suspiro, después de más de un siglo y medio de poderío, el Partido Colorado alcanzó, casi sin darse cuenta, su peor momento histórico. El llamado a despertar golpeaba ahora las puertas de su casa. ©

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