Violencia en escuela Zitarrosa 

Enseñar en UTU entre tiros, "cortes" y piedras

En la escuela técnica Zitarrosa una batahola terminó con tiros, le partieron la cabeza a uno con una varilla de hierro y corretearon a otros con “cortes carcelarios”. La violencia en los centros de UTU es generalizada. Advierten que problemas radican en la droga y en que alumnos asisten con hambre.

UTU Alfredo Zitarrosa
La violencia azota a la UTU Zitarrosa en Ciudad del Plata (Foto: Leonardo Mainé).

Metió la mano en el bolsillo de su canguro gris y empuñó el arma. La sacó con rapidez, la levantó con el brazo derecho, cerró el ojo izquierdo y apuntó. Bang, bang, bang, bang, bang. El bullicio se apagó y por un instante solo se escuchó el zumbar del viento. Después, el caos.

Es un pequeño Vietnam”, dice José y hace una mueca que no llega a ser sonrisa. Tiene 72 años y hace 20 que vive en las inmediaciones de la UTU Alfredo Zitarrosa, en Ciudad del Plata, departamento de San José. “Ya van dos veces que andan a los tiros. Siempre se arma lío, no los pueden controlar”, resume.

El último conflicto fue el martes 23 de julio en la cantina de la institución, luego de que un joven que cursa Formación Profesional Básica (FPB) intentara “manosear” —en palabra de los testigos— a una de sus compañeras.

Otro muchacho intentó defenderla y todo un grupo del FPB se le vino encima para golpearlo. Los alumnos que cursan el bachillerato en Deportes intervinieron para que le dejaran de pegar y se convirtieron en un nuevo blanco de los del FPB, que prometieron: “Se las vamos a dar”.

Ese mismo día, cuando los estudiantes salieron a la calle a las 17 horas, fue la batalla campal que terminó a los tiros. El grupo de alumnos del FPB, unidos a otros que se suelen juntar en la parada de ómnibus que está a escasos metros de la puerta de la UTU, se propusieron golpear al novio de la chica que antes habían intentado “manosear”. Pero esta vez no fueron piñas y patadas, sino que sacaron lo que los vecinos definen como “cortes carcelarios” (varillas de hierro, cuchillos e incluso uno tenía un machete).

“Se empezaron a dar y dar, primero a las piñas, pero no les alcanzó y ahí agarraron los fierros, unas varillas, y después apareció el otro con el revólver que apuntaba y tiraba para todos lados. Estamos hablando de chiquilines de 13, 14, 15 o 16 años”, dice Susana, que vive frente a la UTU y que tiene a una de sus nietas —“por ahora”— estudiando allí.

Por unos minutos todo fue gritos, golpes, “fierrazos” y también piedras que volaron de un lado hacia el otro, hasta que los cinco tiros llamaron a silencio.

Cuando el estallido de las balas dejó de resonar en el aire, empezó el caos: estudiantes que corrían hacia sus casas, que entraban a la UTU a resguardarse, que pedían a los vecinos que les abrieran las puertas. Y gritos. Muchos gritos.

El edificio lindero a la Zitarrosa a la izquierda es la escuela 117, y a la derecha está la comisaría 10a. De un lado, los padres tomaban a sus hijos de túnica y moña y los metían de nuevo en el edificio. Del otro sonaban sin parar los teléfonos.

“Las maestras nos hicieron entrar a todos a los salones y nos dijeron que nos tiráramos en el piso, por si una bala perdida nos daba”, dice María, que tiene dos hijos, una nena que cursa primero de escuela y un varón que está en tercero. En tanto, en la comisaría, recibían el reclamo de vecinos, de la escuela y de la UTU.

Los hechos no sucedieron a más de 50 metros de la comisaría. Sin embargo, los testigos dicen que los policías demoraron unos 10 minutos. Ellos advierten que no fueron más de cinco.

“Cuando llegaron, el que había hecho los tiros ya se había ido, y uno que andaba revoleando un machete lo soltó adentro de una cuneta”, dice un comerciante que presenció los hechos.

“Cuando llegamos —se justifica uno de los policías— nadie nos quiso decir quién había disparado ni qué había pasado”.

Para ese entonces, el novio de la alumna de UTU a quien habían ido a golpear tenía un corte en la cabeza. “Le cosieron 15 puntos”, sostiene aún con el horror estampado en el rostro Gladys, madre de una estudiante que estaba en el lugar en el momento de los hechos y una de las que esta semana denunció en la dirección general de UTU los sucesivos episodios de violencia en el centro y alrededores.

Barras de jóvenes se juntan frente a la fachada de la UTU Zitarrosa.
Barras de jóvenes se juntan frente a la fachada de la UTU Zitarrosa (Foto: Leonardo Mainé).

Situación generalizada

Lo que pasa en la Zitarrosa es solo la punta del iceberg. La situación de violencia en estas instituciones es cosa de todos los días. Nilsa Pérez, directora general de UTU, dice que los conflictos no se dan siempre en el mismo lugar, que “no hay escuelas eternamente complicadas, pero sí situaciones a las que hay que prestar atención”. También sostiene que la mayoría de los conflictos se solucionan puertas adentro, en los centros educativos, y que solo algunos casos llegan a UTU central. Con todo, advierte recibir entre dos o tres denuncias por semana.

Solo en estos últimos días, en la Escuela Técnica de Santa Catalina, a una alumna le confiscaron una picana eléctrica luego de que tocara a un compañero en la frente y lo desmayara. En la Escuela Técnica de Paysandú, profesores le sacaron un cuchillo a un joven después de que este se le cayera de adentro de una campera —no saben qué era lo que pretendía hacer con él—. Las piñas, sostienen varios docentes entrevistados para este artículo, son cosas de todos los días: caballetes rotos, huesos que se quiebran, heridas para coser, ojos morados.

“Zitarrosa es un caso, pero no es el único, porque el tema social pega en la vida de la gente: hay estudiantes violentos, hay padres violentos, hay adultos violentos, y todo tiene que ver también con la droga. Son las situaciones de venta y consumo las que se meten dentro de los centros educativos y generan problemas”, señala Lourdes Pintos, de la Asociación de Profesores de UTU (Afutu). Ella trabaja en la Escuela Técnica de Paysandú, donde hay cerca de 2.000 estudiantes.

La superpoblación lleva a que los profesores no puedan controlar a todo el estudiantado. Son 105.000 los alumnos que cursan en los distintos programas que dicta UTU: ciclos básicos, bachilleratos y terciarios no universitarios; y cada nuevo año se bate un nuevo récord de inscripciones.

En Zitarrosa, por ejemplo, asisten más de 900. Faltan grupos multidisciplinarios para atender la demanda, psicólogos y asistentes sociales. Y, sobre todo, faltan medidas de seguridad para evitar las peleas. Porque, al parecer, no alcanza con que haya una comisaría al lado.

Luego del martes de batalla campal en el “pequeño Vietnam”, el miércoles los alumnos del FPB que participaron del conflicto les volvieron a repetir a los alumnos de Deportes que se “la iban a dar”. El viernes, el mismo grupo de jóvenes ajenos a la institución que habían participado en los desbandes del martes, se sumaron a los pertenecientes a la UTU para cumplir con la promesa.

Rossana es madre de uno de los alumnos que se disponían a atacar, y que se salvó gracias a que logró correr bastante más rápido que quienes lo persiguieron con palos y cuchillos.

“El viernes cuando llegaba a la UTU lo corrieron 20 chiquilines, con palos y cortes como los que usan en la cárcel. Él corrió rápido y entró. Otro chico, que venía atrás de él con auriculares, no los escuchó y casi lo agarran. La subdirectora intervino y lo salvó. Pero no se puede vivir así. Yo tengo que ir a trabajar, no puedo traerlo y venirlo a buscar todos los días, y no puedo andar siempre con el miedo de que me lo agarren y me lo maten”, señala con desesperación.

A fines de junio hubo otro episodio de violencia en la Zitarrosa: cinco de los mismos chicos que participaron en estos conflictos le quisieron pegar a un joven de 13 años. “Lo salvó el hermano, que vino a buscarlo. Fue y les dijo: ¿le quieren pegar? Bueno, péguenle. Pero en patota no, de a uno. Y ahí fue uno y se reventaron a palos”, dice Roberto, que vende tortas fritas frente a la institución.

Ese mismo día rompieron dos vidrios de la UTU. Por el orificio los alumnos y las autoridades del centro creyeron que eran tiros, hicieron una denuncia policial y la división Balística concluyó que eran piedras. En la comisaría sostienen que “como las tiraron con una honda parecen agujeros de balas, pero no; fueron piedras”. Roberto dice que un estudiante le contó que en realidad le habían tirado a los vidrios con una pistola de aire comprimido.

“Esto es así —continúa el vendedor de tortas fritas—. Ayer (por el miércoles) dos gurisas se agarraron a las piñas en la puerta. Casi se matan. Un profesor salió y las separó, pero a veces se están dando ahí un rato largo y nadie se mete. Esto es cualquier cosa”.

FPB, el programa al que todos apuntan

El FPB fue un programa que en un principio se pensó para los jóvenes mayores de 14 años o más que vinieran rezagados, ya sea por haber abandonado sus estudios o por sucesivas repeticiones. Pero, desde 2015, se abrió la inscripción también para quienes recién salen de la escuela, o sea, los que tienen de 12 años en adelante. Esto hace que en una misma aula convivan alumnos de 12 años con otros de hasta 17. Consultada sobre esto, la directora general de UTU, Nilsa Pérez, dijo que “se debería volver a pensar en nuevas propuestas” para zonas de contexto crítico, que tengan en cuenta la edad de los alumnos en el aula.

Más control

Silvia Silveira es desde 2017 directora de la Zitarrosa, un centro educativo con 957 alumnos y 39 cursos: 17 de ciclo básico, nueve FPB, dos bachilleratos (en Deporte y Administración) y tres cursos de educación media profesional (Electricidad, Gastronomía y Refrigeración). “Acá hay varios problemas, pero uno de ellos es que la infraestructura está quedando chica para la comunidad, entonces son muchos chiquilines y falta espacio. Tratamos de calmar los encuentros que a veces se pueden dar entre los alumnos, pero a veces es difícil”, plantea.

Uno de los profesores del centro, que pide no ser identificado por temor a represalias, sostiene que los problemas en la institución se dan, entre otras cosas, por la diferencia de edad que tienen los alumnos. “Es distinto un estudiante de FPB, que puede estar cursando primero con 17 años, a otro de ciclo básico que viene con 12”, sostiene. Pérez, la directora general de UTU, está de acuerdo con esto y advierte que sería bueno, quizá, abrir una nueva modalidad de cursos para los centros ubicados en zonas conflictivas.

La repetición en UTU, según los últimos datos conocidos (que son de 2017), llega al 50% del estudiantado —en el FPB es del 49%—. La extraedad, en tanto, alcanza al 49%: 28% tiene un año más del que debería para el curso que está haciendo, y 21% tiene dos o más.

Silveira, la directora, vigila lo que pasa en la UTU y en sus inmediaciones al mismo tiempo que da la entrevista. Lo hace desde un monitor que muestra lo que cinco cámaras ven en distintos puntos de la institución y sus inmediaciones. A raíz de lo que pasó se pidieron tres cámaras más. La jerarca a veces interrumpe el relato para ver la pantalla.

—¿Pasó algo?

—¿Eh?... No... Yo los veo por las dudas… La pelea puede surgir por el simple hecho de que uno diga que lo miraron mal. Podemos estar todos tranquilos y en un segundo, ¡chan!

Las cámaras las pusieron luego de que el año pasado robaran tres veces en la institución, desvalijando los talleres de informática y mecánica automotriz.

Pérez, la directora de Secundaria, informa que cada vez son más los centros educativos que tienen cámaras, y que el protocolo marca que luego de varios episodios de violencia o robos estas deben ser instaladas en las instituciones.

“Nuestra potestad es puertas adentro, pero a veces vemos que se arma un lío afuera y tenemos que intervenir. Es un problema. Lo ideal es que intervenga la Policía, porque no sabemos el peligro al que nos enfrentamos. Pese a todo, siempre tratamos de salvaguardar a los chiquilines”, dice Silveira.

En la Zitarrosa no hay portero ni policía en la puerta. Desde los disturbios de la semana pasada un patrullero de la comisaría y un móvil de la republicana pasan de tanto en tanto, sobre todo en horas del mediodía y sobre las 17, que es cuando suele haber problemas.

Esto no ha evitado las peleas, que como cuentan vecinos y padres siguen sucediendo, ni amedrentan a los jóvenes que participaron de los conflictos y que este jueves 1 de agosto, mientras Qué Pasa recorre la zona, se pasean por la fachada de la UTU haciendo willy en sus bicicletas. “Ellos no tienen miedo”, dice Susana. “No le tienen miedo a nada”, afirma José, que compara al centro educativo con Vietnam. “¿Miedo? No, para nada. A los policías le gritan en la cara que son menores y que no los pueden tocar”, señala Roberto, el vendedor de tortas fritas. Y repite: “No los pueden tocar”.

Conflicto entre estudiantes se dio en fachada de la UTU Zitarrosa.
Conflicto entre estudiantes se dio en fachada de la UTU Zitarrosa (Leonardo Mainé). 

Pagar peaje

El martes pasado tres madres y una vecina de Ciudad del Plata se apersonaron en el edificio de UTU central, en Montevideo, para denunciar ante las autoridades los episodios de violencia en la escuela Zitarrosa. Allí contaron todo esto que sucedió recientemente, pero también advirtieron otras irregularidades dentro del centro, como ser la “exigencia de pago de peajes por bandas o grupos de estudiantes para ingresar a la cantina”.

La directora reconoce que esto pasa, pero no le parece una situación tan dramática.

—¿Hay alumnos que cobran peaje para entrar a la cantina?

—¿Peaje? No. Pedir plata, sí. A veces a mí misma me piden un peso. “¿Directora, tiene un peso?”. Y yo les pregunto: “¿Para qué querés?”. Y me dicen que se quieren comprar un bizcocho. Son situaciones comunes de los centros educativos, nosotros tratamos de evitarlo.

—Lo que pasa es que una cosa es cómo se lo piden a usted, que es la directora, y otra cómo se lo piden a otro estudiante…

—Sí, claro, se puede dar que alguien le diga a un estudiante de 12 años “dame un peso”. Pero son situaciones puntuales, que se dan en lugares donde conviven muchas personas… Si hay una medialuna que sale $ 45 y tengo hambre, voy a pedir un peso.

—¿Vienen chicos con hambre?

—Por supuesto, a tres cuadras de acá hay un asentamiento. Nosotros trabajamos para que los niños tengan la leche que nos la da el INDA (Instituto Nacional de Alimentación), y el pan con mermelada que nos da la intendencia. Esta es una realidad que existe.

—¿Es el hambre la que genera esta violencia?

—El hambre genera violencia. Los docentes han tratado de gestionar un comedor más organizado, como tiene primaria, pero aún no se ha podido.... Los chicos tienen hambre, y si vienen con hambre a las siete de la mañana no van a aprender. Acá a las 10 tenemos pronta la leche. Educadores y docentes, hasta los psicólogos, nos dan una mano para servir a los chiquilines. Esto es así.

Una docente, que también habla sin decir su nombre, se muestra menos compasiva que la directora, y advierte que si los jóvenes “están para estudiar, están para estudiar” y que “si están para el Comcar, están para el Comcar”. Otro denuncia que recientemente robaron a un alumno de primer año dentro de un baño “a punta de navaja”. La directora dice que esto nunca sucedió, pero advirtió que a este centro no se puede entrar ni con trinchetas, ni con tijeras.
—Por las dudas.

Borran parte de la letra de una canción de Zitarrosa en una puerta de un local de UTU. Foto: Carlos Tapia
Borran parte de la letra de una canción de Zitarrosa en puerta de la UTU (Foto: Carlos Tapia). 

Sin fusiles

Los salones de la UTU están pintados de colores: uno azul, otro rojo, otro verde… Cada uno tiene escrito una estrofa de la canción de Zitarrosa Adagio a mi país. El salón amarillo dice:

En mi país somos miles y miles
De lágrimas
Un puño y un canto vibrante,
Una llama encendida un gigante
Que grita: ¡adelante… adelante!

Quien lo escribió decidió en el segundo verso censurar parte de la letra original, que dice “de lágrimas”, pero también “de fusiles”. Demasiadas armas.

El hambre azota y los centros buscan alternativas 

Nilsa Pérez, directora general de UTU, dice que es cierto que se dan situaciones en que los alumnos llegan con hambre a clase, y que desde las instituciones se intenta buscar soluciones a esta problemática, pese a que no existe una política específica desde el gobierno de la educación.

“Los equipos de dirección son los que suelen intervenir en este tipo de cosas. Hay casos (de alumnos con hambre), pero no los puedo cuantificar. No son todos los estudiantes, son algunos”, advierte Pérez.

La jerarca sostiene que hay una serie de medidas que buscan atender a estos alumnos, como ser becas en las cantinas.

El apoyo que el INDA da a escuelas como la Zitarrosa no es generalizado, sino más bien “limitado, y por eso hay que buscar otras opciones”, como convenios con las intendencias de cada uno de los departamentos.

“La Escuela Técnica de la Capuera, en Maldonado, tiene las mismas características; también pasa en Santa Catalina, que es un centro de mucha complejidad. Cuanto más crítica es la zona, más medidas son las que hay que tomar”, agrega.

Lourdes Pintos, del sindicato de UTU, dice que “son varios los estudiantes que tienen la necesidad de la copa de leche, de tomar leche a mitad del turno, o algún alimento”. INDA da la leche en polvo y la azúcar, y en ocasiones hay que buscar otras estrategias para darles algún alimento. “A veces el Mides también da verduras o frutas, y una merienda más contundente… Es así, los chicos suelen necesitar un complemento para su alimentación en las escuelas”.

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