El viaje hacia el mar

Lejos del glamour, a las playas del oeste de Montevideo se llega en auto, en carro o tras kilómetros de caminata.

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Sebastián Cabrera

Tres chorizos chamuscados y una morcilla dulce se recalientan arriba de una improvisada parrilla sobre la arena. A la sombra, Zoilo toma vino cortado con refresco Twist mientras cinco caballos descansan por ahí cerca. "A Punta del Este no puedo ir, yo soy un gaucho pobre", dice él. Esto es Playa Zabala, al lado de Pajas Blancas, en el oeste de Montevideo, donde el verano no tiene el glamour de la costa esteña, donde no llegan los paparazzi ni las estrellas del jet set.

Zoilo trabaja de reciclador, pero hoy se tomó el día para hacer playa. "A veces saco 200 o 300 pesos por jornada. Otras veces como del carro, si es que saco algo", cuenta el hombre. Vino en carro desde el barrio Los Bulevares, con su mujer Adriana, sus hijos Estefani y Darío y su sobrino Maxi, de dos años. El más pequeño de la familia aún no conocía la playa. "Hoy es la primera vez de Maxi", dice Zoilo sonriente y sin soltar el escarbadientes de la boca.

La familia descansa en un bosque a unos treinta metros de la playa. Hoy el color del agua está muy verde, no tiene ese marrón tan típico del Río de la Plata. Adriana -sentada en un banquito y de vestido largo- dice que no quiere fotos y Estefani está concentrada en su celular, mandando mensajes de texto. Bandaleón, el caballo blanco de Zoilo, se entreveró con la cuerda y está inquieto. Se mueve de un lado para el otro.

"Hace 30 años que vengo a acampar a esta playa, pero ahora me quieren correr", protesta Zoilo, mientras sube a Maxi al carro y posan para la foto. Él cuenta que antes los vecinos le "pasaban luz", pero todo cambió y el año pasado "la Marina" le impidió acampar y hacer fuego al lado de la playa. Zoilo dice que también cambió la seguridad en Playa Zabala. Que hay que estar siempre alerta: "Te vas a bañar, dejás un par de chancletas en la arena y a la vuelta ya no no están".

A unos metros hay otro grupo de hurgadores, que vinieron desde el barrio Las Torres y pasaron la noche al aire libre en el bosque. Son 16 muchachos en dos carros. Trajeron galletas, mortadela y algo de carne para hacer asado. Cuatro de ellos están tirados bajo los árboles en colchones y toallas. El resto, está en el agua. "No te hagas la difícil, mamita", dice el estribillo de una pegadiza cumbia que suena a todo volumen. "Escuchamos lo que pongan en la radio", dice José, tirado en el piso de tierra. Ellos no tienen carpa. ¿Y si llueve? "Un poco de agua no mató a nadie", sonríe José.

Más de 300.000 personas pasan durante todo el verano por las playas del oeste de Montevideo, desde el Cerro a Punta Espinillo, según las estimaciones del municipio A, que abarca esta franja de la ciudad. "Y quizás me quedo corto", dice el alcalde Gabriel Otero, quien trabaja en planes para atraer turistas a esta zona (ver recuadro).

SIN LUZ Y CON POCA AGUA. Ni Punta del Este ni Punta del Diablo. Cristina y Julio veranean desde hace unas tres décadas en Punta Espinillo, un agradable parque con vista al Río de la Plata. Y lo hacen siempre en la parte "libre" del camping, donde no hay que pagar por la estadía. Vienen desde La Teja y acampan desde los primeros días de enero hasta abril. A veces están solos, a veces con hijos y nietos.

A él todo el mundo lo conoce como "el viejo Sugo", ese es su apellido. Y su rutina empieza cada día bien temprano, a eso de las seis de la mañana, cuando sale a pescar. El verano pasado sufrió un síncope y lo salvó el policía del lugar, que llamó a la emergencia. Lo internaron y tuvieron que abandonar el campamento 11 días. "Dejamos todo armado y nadie robó nada, quedó todo intacto", dice Cristina, orgullosa.

Punta Espinillo es parte de su vida y defienden a muerte el lugar. Dicen que es tranquilo y seguro. "Claro, acá viene gente humilde", se ataja ella. Lo único que critica son los precios del parador: un agua de dos litros cuesta 30 pesos y un litro de leche 20. "En La Teja sale 16", dice.

El "viejo Sugo" le da un sorbo a un vaso de vino clarete cortado con refresco, mientras Cristina revuelve un tuco. Están bien preparados: en la carpa que oficia de comedor hay una cocina, ollas y cuatro cajas repletas de comida. "Juntamos todo el año para esto", se ríe ella. "Si vivo, para el próximo año compramos un freezer".

Cristina y Julio tienen una relación peculiar. "Poné que esta es una vieja sinvergüenza", dice él. "Y él es pichi, no tiene nada", responde ella. "Sí, pero duermo tranquilo", reflexiona Julio.

Luego cuentan que él llegó a ser dueño de la mitad de una empresa de carga y descarga de pesca en el puerto. Pero hizo un mal negocio: vendió su parte por 9.000 dólares. "No me llevo nada al cajón, soy feliz", dice él, con el pelo despeinado y el torso desnudo. Sus tres nietos juegan adentro de una piscina de plástico, que hoy está vacía.

La seguridad en la parte "libre" de Punta Espinillo la controla un policía y un guardaparque. Hay dos baños químicos para unas treinta carpas en pleno enero. No hay luz eléctrica y solo una canilla. Tampoco hay duchas: para bañarse no queda otra que ir a la playa o juntar agua con baldes. Desde la ruta 1 se llega a Punta Espinillo por el Camino del Tropero, atravesando el Montevideo Rural, casi en el límite con San José.

El L35 de Cutcsa llega hasta la puerta del parque municipal, pero para acceder a la zona de camping hay que caminar un par de kilómetros. Con el calor y la carga (desde garrafas a "heladeritas"), esa caminata a veces se vuelve muy pesada.

El sector "pago" del camping ha sido privatizado por la intendencia. Acampar allí sale 30 pesos la parcela y 50 pesos por persona, por día. Pero no todos están contentos. Tirado en el suelo en una colchoneta mientras mira televisión, José dice que el agua del baño sale fría. "Antes estaba lindo. Pero desde que privatizaron el camping, todo está peor", cuenta él. De hecho, un cartel anuncia que hay horario para bañarse: de 10 a 12 y de 19 a 23 horas.

Roberto, el tío de José, dice que con la privatización cerró el kiosco que había dentro del predio (ahora hay que caminar casi un kilómetro para comprar cualquier cosa) y que el lugar está más sucio.

Otros vienen a pasar el día, entre el bosque y la playa, entre canciones del Canario Luna, Níquel o Los Auténticos Decadentes. Una mañana cualquiera de enero, por ejemplo, entran a Punta Espinillo unas 40 familias o grupos de amigos. Como Jorge, Javier y Washington, que vienen desde Peñarol y preparan un asado con ensaladas.

A una botella de whisky Scottish Prince, que está sobre la mesa, ya le falta una tercera parte. Es mediodía y parece que casi todo se lo tomó Javier. "Ahora voy a nadar 500 metros vestido y después nado 500 metros más pero desnudo", dice él, arrastrando las palabras. Se para y muestra la heladerita bien cargada de comida y bebida. Se tambalea un poco. Jorge y Washington avizoran una tarde complicada y le advierten a su amigo que le van a tener que cortar el whisky. Pero él muestra el vaso y no se da por aludido: "Si es pura agua, boludo".

300

mil personas pasan cada verano por las playas del oeste de Montevideo.

40

familias entran cada mañana al parque y camping de Punta Espinillo.

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