GABRIEL SOSA
El 23 de noviembre de 2003, un domingo de tarde, Ignacio Pertusatti, de 9 años, salió de su casa en bicicleta para ir a comprar un helado al almacén, a unos 200 metros.
Nunca llegó. Ni la búsqueda de su familia, ni la de los vecinos ni las de la policía pudieron aclarar el misterio. A Ignacio se lo tragó la tierra, y nadie sabe dónde buscarlo.
Una tarde de noviembre
El día de su desaparición, la familia de Ignacio revolucionó camino Linneo, un camino semirural de Puntas de Manga sobre el que se encuentra el criadero de chanchos que cuida la pareja de su madre. Cuando desapareció, Ignacio vivía con su madre, Graciela Suárez, la pareja de ésta y con siete de sus hermanos.
La desaparición fue muy misteriosa. Su familia lo vio salir del terreno, ningún vehículo pasó por Linneo, en el almacén, que está en línea recta y sin ningún cruce intermedio, tampoco vieron a nadie. Ignacio y su bicicleta se esfumaron.
Las indagatorias policiales no produjeron resultados. Se siguieron todas las pistas, incluso las más inverosímiles, sin resultado. Las sospechas oficiales recayeron en los familiares, pero tampoco hubo resultados. Las últimas pesquisas, el año pasado, llevaron a vaciar un sótano inundado debajo de la casa de la familia, con ayuda de los bomberos. No encontraron nada.
Punto muerto
Hoy la investigación está en manos del subcomisario Antonio Da Silva, quien la reconoce estancada: "no voy a mentir, si surge alguna nueva información se sigue, pero de momento está todo trancado. Es un misterio, desde que estoy en la policía es la primera vez que me pasa algo así".
Anabela Damasco, la jueza del caso, también reconoce que la investigación está detenida: "hoy no tengo elementos para sospechar más de una persona que de otra, y no tengo pruebas para incriminar a nadie. Es un caso bastante grave, que no puede darse por concluido bajo ningún aspecto". Reconoce lo singular de la desaparición de Ignacio: "de repente hay otros casos que la policía deja de investigar porque entiende que el sospechoso era uno, aunque después la Justicia no concuerde con esa decisión. Creo que en este caso ni la policía ni la Justicia encontraron a alguien que demuestre estar efectivamente vinculado a esto. No tengo a nadie, por lo tanto para mí sigue abierto y descuento que para la policía también".
Damasco justifica la sospechas policiales sobre la familia: "tratándose de este tipo de desaparición, en primer lugar se piensa en el entorno cercano. Salvo contadas excepciones, uno descubre que lamentablemente cuando un caso así involucra a niños, alguien del entorno es el responsable".
En diciembre, Graciela Suárez y una de sus hijas fueron a hablar otra vez con el subcomisario Da Silva, quien les pidió que no volvieran.
Da Silva lo admite y dice que lo hizo por la falta de avances: "les dije que no hay razón para que yo vaya a preguntarle de nuevo qué pasó, si no hay nada nuevo. Si apareciera algo llamaría, pero ahora seguimos trabajando sobre las mismas hipótesis".
En su casa de Manga, la vida de Graciela y sus hijos continúa. No se olvidan de Ignacio, aunque en el barrio son cada vez menos los que lo recuerdan. "Los que vienen a traer restos de pan para los chanchos se portan muy bien y siempre nos preguntan", cuenta Graciela, "pero los vecinos ni se acuerdan. Ya cuando hicimos la última marcha, el año pasado, no fue casi nadie".
El barrio tampoco es el mismo que cuando desapareció Ignacio. En aquellos días era una zona tranquila. Ahora es frecuente ver llegar a la policía a alguno de los asentamientos vecinos, y Graciela recuerda con tristeza que en lo que va del año ya les robaron cuatro lechones. Hoy el terreno en el que viven y trabajan ha sido puesto en venta por sus dueños. Graciela y su pareja no saben qué será de ellos si se vende. Tampoco les preocupa demasiado, porque según cuenta Graciela, "la gente pierde interés cuando viene a ver el terreno, por los asentamientos de acá atrás".
Con las tres hijas que aun viven en su casa, Graciela pide por favor que alguien de la policía le informe de la marcha del caso, porque, más allá de que les pidieron que no fueran más a la Jefatura, como recuerda su hija mayor, "tampoco tenemos plata como para ir al Centro a hablar con ellos".
Graciela sigue hablando de Ignacio en presente, sin prestar atención a las teorías pesimistas de la policía y, con la naturalidad de quien habla de alguien presente, recuerda que "Ignacio cumplió años el 25 de mayo. Ahora tiene 11".
Fue su segundo cumpleaños como desaparecido.