Juana Libedinsky, La Nación, Grupo de Diarios América
A Luc Ferry le da vergüenza decir que es filósofo. "Suena tan pretencioso y hasta infantil –dice–. Pero de todas las cosas que soy o fui, tengo que reconocer que así es como me gustaría ser recordado".
"Todas las cosas, básicamente", quiere decir: político (fue ministro de Educación en Francia y es el responsable de la "ley del velo" y de iniciativas como exhibir La lista de Schindler en clase para luchar contra el creciente antisemitismo en las escuelas), ensayista (sus libros están traducidos a más de 25 idiomas), conferencista, adalid del laicismo, marido y padre "de tres chicas adorables", dice.
Descendiente directo de Jules Ferry, el fundador de la escuela pública francesa, Luc Ferry ocupó la cartera de Educación en el gobierno de Jean-Pierre Raffarin y fracasó en su intento de llevar a cabo una reforma educativa que reinstaurara "la tradición, el mérito y el trabajo" frente a los valores provenientes de Mayo de 1968.
Como filósofo, se considera que es quien más ha golpeado en la década de los 80 a sus compatriotas posmodernos, como Michel Foucault y Jacques Derrida. De su paso por los Elíseos guarda, al menos, un recuerdo muy positivo: considera que la "ley del velo" fue un éxito.
"Lo sentía como mi deber. Yo hacía mis recorridos por las escuelas y las niñas musulmanas me decían: señor ministro, sea bueno, por favor prohíba el velo en la clase, porque es la única manera de que nuestros padres, hermanos e imanes no nos obliguen a usarlo. Así que tenía que hacerlo".
En esta entrevista evaluó su paso por la función pública y la lucha contra el antisemitismo que la caracterizó. "Honestamente, no me quedé como ministro el tiempo suficiente para ver los resultados. Tres años en el puesto no son suficientes para resolver este problema. Pero me preocupa que en el resto del mundo se siga sin entender la situación particular en la que está Francia al respecto, dijo.
—¿Cuál es esa situación?
—En Francia existe un problema especial: tenemos la comunidad judía más grande del mundo después de Estados Unidos e Israel, con cerca de un millón de miembros, a la cual, a pesar de Vichy y del mariscal Pétain, siempre se ha protegido desde la Segunda Guerra. Al mismo tiempo, tenemos la comunidad musulmana más grande de Europa, con seis millones de personas, y no podemos evitar que el conflicto entre palestinos e israelíes repercuta en las aulas. Los musulmanes del Magreb, hijos y nietos de inmigrantes de Argelia y Marruecos, toman como propia la posición de los palestinos, y ésa es la base del antisemitismo en Francia. La gente sigue pensando que viene de la extrema derecha, pero no es verdad: el 90% de los actos de antisemitismo en Francia son perpetrados por jovencitos árabes. Esto es particularmente grave, porque se los tolera más. La gente de la izquierda siente que, de esta manera, los actos antisemitas tienen más legitimidad que si vinieran de la extrema derecha.
—¿En qué pensaba al redactar la ley y qué opina de las críticas que despertó, incluso entre las feministas?
—Yo escribí esa ley con un único objetivo: evitar que los alumnos se pelearan por razones de militancia religiosa que derivan de la situación geopolítica de Francia. La escuela tiene que ser el lugar para el diálogo. En el extranjero no entienden esta ley, porque no tienen el mismo problema, pero fue un gran éxito. A pesar de los presagios tan negativos que se hicieron, la realidad es que fue totalmente aceptada. De unos 13 millones de alumnos, tuvimos sólo 50 casos difíciles, todos ellos ya arreglados, y sólo un par de alumnos, en total, fueron expulsados. Lo que las feministas estadounidenses que me critican no entienden es que a las chicas musulmanas que no querían ponerse el velo las familias las obligaban, diciéndoles que de otra manera no serían buenas musulmanas. Ahora que todas tienen prohibido llevarlo a clase, listo... Todo el mundo obedece la ley y no hay ningún problema. Por el contrario, ayudó mucho en la lucha contra el racismo.
—¿Qué hay de la reforma del sistema educativo?
—Si hoy me volvieran a ofrecer ser ministro, me aseguraría de tener el total apoyo del presidente, porque sin él no se puede hacer nada. Yo propuse la reforma del sistema educativo, pero salieron unos pocos estudiantes a manifestarse, unos 2.000, y Chirac me la hizo retirar, para ganar las elecciones regionales que se estaban por realizar. Igual perdió, y nos quedamos en el peor de los mundos, sin reforma educativa y sin victoria electoral.
—En una entrevista sostuvo que el cambio era fundamental porque "se están formando eternos Peter Pan". ¿Por qué es así?
—Porque nuestra educación quedó impregnada con lo peor del espíritu de Mayo del 68, que creó a la juventud como una nueva clase social cuyo mensaje al mundo es el negarse a madurar. Heredamos del 68 las herramientas pedagógicas basadas en el juego y la diversión para los chicos, olvidando el sacrificio y autoexigencia que los ayudan a convertirse en adultos. El objetivo de la escuela es educar. Por eso los mejores profesores no son los más populares y simpáticos, que quieren quedar bien con todo el mundo, los que los chicos consideran uno de ellos, sino aquellos que los obligan a sobreponerse y madurar, aun en las materias que, en un principio, rechazan. Son grandes cuando nos abren universos que nos eran desconocidos, pero no son demócratas.
—Hoy la sociedad debate el matrimonio entre parejas homosexuales y la posibilidad de que adopten niños. ¿Cuál es su opinión al respecto?
—Tengo una posición intermedia. Estoy de acuerdo con la adopción de niños por parte de parejas homosexuales. Sin embargo, no estoy del todo convencido de la conveniencia del matrimonio gay. Me parece que es simplemente un intento de imitar una normativa del casamiento burgués. Para muchas personas, el matrimonio tiene un significado que, así, se perdería. Lo que importa es que el sistema permita la unión de homosexuales. Si eso se logra, ¿por qué normativizarlo aun más?