CHRISTIAN CARYL, NEWSWEEK
LAS ÚLTIMAS PROTESTAS EN EL TÍBET son la manifestación más evidente de la nueva actitud de algunos budistas: llegó la hora de defenderse o, incluso, pasar a la ofensiva. Pero esta actitud no se circunscribe únicamente a la región bajo dominio chino. En los últimos años, grupos de fervientes creyentes se han volcado a las calles de Asia con iracundos reclamos políticos.
Estos se han manifestado contra la corrupción gubernamental, han condenado la avalancha de valores "occidentales" en sus culturas y también lamentado la pérdida de la moral tradicional. Y como han construido una extensa red de organizaciones de apoyo a nivel local, sus integrantes se multiplican explosivamente. Algunos hasta han empuñado las armas para defender sus creencias. Todo esto suena familiar en el caso de fundamentalistas islámicos o cristianos conservadores. Pero los budistas solían pertenecer a la religión más tranquila de Asia, una que se asociaba generalmente al pacifismo y la contemplación.
Ya no. En esta época de fervor religioso, un rebrote continental del budismo está generando activistas y movimientos políticos enérgicos y firmes, algunos de los cuales tienen un modus operandi peligrosamente parecido al de fundamentalistas de otras religiones.
Muchos budistas -como los que forman parte de Tzu Chi, de Taiwán- aún profesan y practican la no violencia y el antimaterialismo. De hecho, esta parte meditativa del budismo contribuye a sumar adeptos entre alienados residentes urbanos en India, China y otros países.
Pero otras organizaciones están sumergiéndose en los roces y vaivenes de la política cotidiana, lo que sugiere que las protestas del año pasado en Myanmar (o Burma), encabezadas por monjes budistas, o las que sacuden en estos días al Tíbet y dejaron una cantidad de muertos que oscilan entre los 13 y los 140 según a qué bando se consulte, no son una anomalía.
En Tailandia, por ejemplo, una facción ultraconservadora de filiación budista ayudó a derrocar al Primer Ministro Thaksin Shinawatra, hace dos años. En India, se señala a la líder del partido BSP, Mayawati Kumari, que sigue los rituales del budismo aunque no se ha convertido, como una posible futuro Primera Ministra.
Los ejemplos más dramáticos de esta tendencia incluyen a budistas que comenzaron a reivindicar la violencia. Tal es el caso del partido Jathika Hela Urumuya de Sri Lanka, una organización ultranacionalista. En el sur de Tailandia, las armas ya fueron tomadas por militantes budistas. El ascenso de estos activistas es otro ejemplo de "la politización mundial de la religión", dicen algunos analistas.
Números Inciertos
El budismo, que enfatiza la indiferencia ante los deseos terrenales y la compasión por todos los seres vivientes, tiene una historia de 2.500 años y se estima en 350 millones la cantidad de fieles. El budismo aún tiene una historia inmaculada en cuanto al terrorismo, seguramente por el mandato contra la violencia de esa corriente religiosa. Aún así, muchos budistas están adoptando un nuevo perfil, mucho más duro, que en parte puede ser explicado porque cada vez son más. El budismo crece rápidamente. Aunque es complicado llegar a cifras exactas, los entendidos dicen que hay unos 100 millones de budistas sólo en China.
En India, el lugar de nacimiento de Buda, había apenas ocho millones de fieles en 2001. Hoy, los expertos estiman la cantidad de budistas en 35 millones en ese país. Y en Taiwán, el número de budistas creció de 5,5 millones en 2001 a ocho millones en cinco años.
Este boom refleja una serie de cosas. En China y Taiwán, el crecimiento numérico de los fieles es el resultado de una actitud más laxa del gobierno central. En los últimos años, Beijing ha aliviado significativamente las restricciones para todos los credos en el país. En particular porque los valores religiosos (atacados ferozmente durante la Revolución Cultural China, entre 1960 y 1969) ahora son vistos como un baluarte vital para la "sociedad en armonía".
Ese cálculo político, de todas formas, no le impide al gobierno de Beijing controlar de cerca los acontecimientos en la región del Tíbet. Las últimas manifestaciones en el Tíbet reiteran la firme voluntad de las autoridades chinas de seguir ejerciendo un estricto tutelaje en todos los asuntos de esa zona.
Al mismo tiempo, el boom también da cuenta de la creciente actitud combativa de los budistas. La mayor confianza, debida a la influencia que otorga la mayor cantidad de fieles, va de la mano con el sentido de la oportunidad: a poco de que empiecen los Juegos Olímpicos, lo último que quieren las autoridades chinas es tener que lidiar con noticias sobre la muerte de manifestantes en las calles de Tibet, como ha ocurrido en los últimos días.
Pero tendrán que hacerlo. El martes, el presidente del comité organizador de los Juegos Olímpicos, Li Qiu, fue interpelado por integrantes de la organización Reporteros Sin Fronteras, que irrumpieron en la ceremonia de encendida de la llama olímpica en Grecia. Además, algunos atletas como el nadador francés Alain Bernard, entre otros, anunciaron que no concurrirían a Beijing en protesta por la situación en el Tíbet.
La mayor cantidad de adeptos al budismo también podría traducirse en otros desafíos para el régimen del Partido Comunista chino. Analistas de la situación de los budistas en ese país sostienen que más y más creyentes se están convirtiendo a la variante tibetana del budismo.
O que éstos realizan sus rituales con instructores espirituales itinerantes en sus hogares, fuera de los templos oficialmente aprobados. O sea, fuera del control del gobierno. Muchos de estos "Budas vivientes" critican con frecuencia los males de la sociedad china, refiriéndose a tópicos políticamente sensibles como la corrupción y los daños al medio ambiente.
Más allá de lo estrictamente político, el budismo seduce a muchos por cuestiones filosóficas y de estilo de vida. Mientras que las sociedades asiáticas se hacen más ricas, la poderosa crítica del budismo al materialismo resuena con fuerza entre las nuevas clases medias. Akash Suri, por ejemplo, es un banquero de 25 años de Nueva Delhi que hasta hace poco vivía un estilo de vida lujoso y costoso. Pero hace un par de años empezó a pensar que "todo este estilo de vida no me hacía feliz. En vez de estar contento con lo que tenía, me sentía angustiado y estresado". El budismo y la meditación lo lograron calmar.
El camino a la liberación
Pero el credo, además, tiene para los indios otro incentivo muy poderoso: una salida del opresivo sistema de castas. Esto atrae especialmente a la gran cantidad -aproximadamente 170 millones- de Dalits, o Intocables. El año pasado, por ejemplo, Hukum Das, un pueblerino de 22 años del estado de Maharashtra, se unió a una manifestación de 5.000 personas en Mumbai. "No quiero que me sigan tratando como un animal", dice. De acuerdo a algunos entendidos, más de un millón de Dalits se han convertido al budismo en los últimos años.
En India hay movimientos budistas que ya han entrado directamente a la política. Udit Raj, un Dalit que se convirtió hace siete años y fundó un partido político, dice: "Los Dalits tienen que liberarse de los grilletes del pasado. Y el budismo es el camino hacia la liberación".
Muchos de sus compañeros de casta están de acuerdo y han gravitado hacia el Bahujan Samaj Party, que ahora controla Uttar Pradesh, el estado más grande de India. La líder del BPS, Mayawati Kumari, calificada por algunos como populista, sigue las prácticas budistas todos los días (aunque no se ha convertido) y causó conmoción entre los observadores de las elecciones del año pasado, cuando lideró a su partido a la obtención de 206 de las 403 bancas de la Asamblea Estatal. Desde entonces se habla de ella como una posible futura Primera Ministra del estado asiático, cada vez más importante en el contexto internacional por su crecimiento y dinamismo económico.
Mayawati dejó bien claro dónde está su base de apoyo: como líder, ha alentado algunos ambiciosos planes para erigir monumentos budistas en todo el estado, incluyendo el plan para una estatua de 150 metros de bronce de Buda en Kushinagar, donde el Buda histórico murió.
Esa suerte de participación política directa es evidente en todas partes. En Sri Lanka, donde la mayoría sinalesa ha estado llevando a cabo una guerra civil intermitente contra la minoría tamil de la isla, monjes budistas han sido parlamentarios por el partido ultranacionalista JHU.
Hasta ahora, el partido ha tenido una relativamente modesta participación parlamentaria: sólo ostenta nueve bancas de 225. Pero esa cifra oculta la influencia del partido. El JHU se incorporó a la coalición gubernamental del presidente Mahinda Rajapaksa el año pasado, y ha atraído a los más chovinistas sinaleses, quienes acusan al gobierno de ser demasiado acomodaticio con los separatistas tamiles.
Desafiando las tradiciones de tolerancia del budismo, el JHU ha apoyado una solución abiertamente militar para derrotar a los tamiles y ha hecho lobby para que el gobierno se retire de un acuerdo de cese al fuego avalado internacionalmente. También ha presionado para que se aprueben controvertidas leyes que prohibirían el proselitismo por parte de misioneros cristianos internacionales, además de expresar la opinión contraria a compartir la ayuda monetaria por el tsunami de 2004 con los rebeldes.
Esta faceta beligerante del budismo se ha manifestado también en Tailandia, donde más del 90 % de los 62 millones de habitantes se declaran como creyentes. Los monjes tailandeses no pueden, por ley, ser legisladores. Sin embargo, un grupo llamado Ejército Dharma, asociado a una pequeña secta llamada Santi Asoke, ya juega un papel preponderante en la vida política de ese país. Entre otras cosas, contribuyó a derrocar al primer ministro Thaksin Shinawatra durante las masivas protestas callejeras, hace dos años.
El Ejército Dharma está liderado por Chmalong Srimuang, un carismático ex general y también ex alcalde de Bangkok, quien ha convertido al ascético grupo (sus integrantes se abstienen del sexo y sólo comen una vez al día) en una organización altamente disciplinada y muy activa que protesta contra la corrupción entre los clérigos con apoyo estatal. El grupo se opuso en su momento al hoy derrocado Thaksin alegando supuesta corrupción y abuso de poder. Pero según el profesor de política Zachary Abuza de la Universidad de Simmons en Boston, esta organización le brindó un apoyo fundamental a la oligarquía y los militares cuando éstos se sublevaron y derrocaron al Primer Ministro.
El Ejército Dharma "realmente odia todo lo que Thaksin representa", dice el ex general. Traducido a buen romance, Thaksin representa una amenaza populista a la tradicional jerarquía del país.
Fue un sentimiento similar el que impulsó la campaña del año pasado por parte de varias facciones budistas para consagrar a esa religión como la oficial en Tailandia. Estas organizaciones afirman que una medida así es necesaria para preservar la identidad tailandesa y prevenir la invasión de valores foráneos. "La gente de Tailandia sólo copia a Occidente", sostiene el profesor universitario y activista budista Dhirawit Pinyonatthagarn. "Nuestros valores están bajo amenaza", advierte.
Pero el cambio, de haberse producido, hubiese enfurecido a los cinco millones de musulmanes. Aunque la propuesta no prosperó porque la respetada familia real de Tailandia intervino, grupos como la Red Budista de Tailandia (una organización paraguas) y el Centro de Protección al Budismo convocaron con facilidad a decenas de miles de simpatizantes para que presionaran a favor de la idea. Los expertos pronostican que esa iniciativa seguramente será reflotada.
Entre tanto, en el sur del país -donde una feroz insurgencia musulmana se ha mantenido durante 14 años- muchos budistas han tomado cartas en el asunto, armándose en grupos paramilitares de "auto defensa", con el apoyo del gobierno.
Estos grupos son nominalmente no sectarios, pero en ellos hay pocos musulmanes, si alguno, además de que se entrenan en templos budistas. Muchos de los 7.000 voluntarios se preparan usando palos en vez de armas, pero un experto (que no quiso revelar su identidad) alega que recientemente el gobierno tailandés le compró una gran cantidad de escopetas a Rusia, para armar a estas agrupaciones.
Como ya se ha dicho, no todos los grupos budistas se olvidan de las enseñanzas pacifistas del Iluminado. Un ejemplo llamativo es el del Movimiento de Budismo Comprometido, que fue fundado en la década de 1960 por Thich Nhat Hanh, un monje vietnamita que luego de la guerra en ese país, y el advenimiento del gobierno comunista, tuvo que marcharse al exilio. Nhat Hanh ha regresado a Vietnam dos veces desde entonces, en 2005 y el año pasado. En ambas ocasiones fue recibido, por sus compatriotas, como un héroe conquistador .
El movimiento, que hace énfasis en la no-violencia y la acción social, ha hecho un lobby persistente para la tolerancia religiosa a lo largo y ancho de toda la región, en particular en Sri Lanka, donde los integrantes de la organización local Sarvodaya Shramadana realiza manifestaciones antibélicas regularmente. El grupo también ha apoyado a 15.000 comunidades a construir caminos, encontrar agua potable y gestionar guarderías, de acuerdo a lo que dice Sallie King, una profesora de religión y filosofía de la Universidad de James Madison.
El Budismo Comprometido ha engendrado un movimiento particularmente poderoso en Taiwán, donde Tzu Chi y grupos similares han florecido en los últimos años. Alentados por el renacimiento budista en ese país, Tzu Chi ahora sostiene que sus seguidores en el mundo entero ya son 10 millones. Fundado por una monja budista en 1966, Tzu Chi intenta mantenerse al margen de la política, pero no se esconde, y ha recurrido a la televisión y a las publicaciones propias para promover una versión más altruista de la vida en Taiwán. Hoy, Tzu Chi es considerada como la agencia de ayuda y asistencia más importante de la región. Los voluntarios -conocidos como los "Ángeles Azules"- asistieron a las víctimas del tsunami en Sri Lanka e Indonesia hace cuatro años y también contribuyeron en la crisis de la ciudad de Nueva Orleans, luego de Katrina, en 2005.
La postura apolítica de Tzu Chi le ha permitido a la agrupación expandir sus actividades a China continental con la bendición del gobierno. El grupo ha construido escuelas, residencias para jubilados y hasta pueblos enteros en zonas azotadas por la pobreza. Pero con la creciente politización del budismo en otras partes, no existen garantías para que China continúe tolerando las actividades de Tzu Chi.
Al parecer, son cada vez más los budistas que creen que su Maestro quiere que se pronuncien en voz alta, que se organicen. Hasta que peleen por sus derechos. A medida que la cantidad de adeptos crece, puede que llegue el día cuando ni siquiera Beijing pueda controlar a los integrantes de la religión más tranquila y tolerante.
Cifras
350 millones es la cantidad aproximada de budistas que hay en el mundo, según varias fuentes. Aunque nadie maneja con exactitud cuál es la cantidad de fieles.
1000 budistas hay en Uruguay, aproximadamente, de acuerdo a la Encuesta Nacional de Hogares del Instituto Nacional de Estadística, publicada en 2006.
140 personas murieron desde que comenzaron las protestas en el Tíbet, según el gobierno en el exilio. Las autoridades chinas sostienen que la cifra es 13.
49 años ha durado la presencia china en el Tíbet. Hasta ahora, ningún país reconoce como legítimo al gobierno en el exilio del Dalai Lama.
El árbol sagrado
El árbol ha estado ahí durante miles de años. Y durante miles de años ha atraído a budistas de todo el mundo. El año pasado, se estima que el árbol fue visitado por 3,5 millones de personas y Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad.
Fue en un somnoliento pueblo del noreste de la India y debajo de ese banyán (en realidad es un pipal) que el monje Siddharta Gautama se transformó en Buda, hace más o menos 2.500 años. Desde entonces, tanto el árbol como el templo adyacente es el sitio más sagrado para los budistas, quienes intentan visitar a Templo Mahabodhi -como se conoce al complejo, que consiste además de un templo adyacente- al menos una vez en la vida.
Pero el Templo Mahabodhi es un extraño destino de peregrinación. En vez de meditación, contemplación y reverencia, el complejo es hoy sinónimo de corrupción y sacrilegio. Objetos sagrados han desaparecido, para resurgir luego en algún museo o colección privada en otros países. La basura y la mugre rodean al árbol y el templo. Las mujeres son acosadas por matones locales y los devotos son atacados por mendigos. ¿Cómo se llegó a esto?
Muchos le echan la culpa al gobierno de la India. Hace 60 años, se aprobó una ley que el templo debía ser mantenido y cuidado por un comité de nueve integrantes, de los cuales una mayoría debía ser hinduista, algo que para la mayoría de los devotos budistas, y sus simpatizantes, es el colmo de lo absurdo. "Si las mezquitas, las iglesias o los templos hinduistas no están bajo el control de otros credos, ¿por qué el Templo Mahabodhi sí lo está?", se pregunta Bhadant Anand, presidente un comité que hace lo que puede para que esa situación se revierta.
A lo largo de los años, además, varias investigaciones alegan que el comité encargado del cuidado del templo ha malversado millones de dólares de donaciones. El año pasado, un adinerado budista tailandés donó una 4 X 4 . Desde entonces, el vehículo está en el garage del presidente del comité, Jitendra Srivastava, quien dice que lo usa solo para fines laborales.
De la independencia al dominio chino
A Lo largo de la historia, el tíbet fue un país independiente (de los siglos VII al X), una parte del imperio mongol (Siglo XIII), un protectorado británico y, ahora es una subdivisión administrativa de China. Durante parte del siglo pasado, de 1911 a 1950, también fue un país independiente.
En ese período se originaron parte de los problemas actuales que sufre el Tíbet, en particular por la injerencia de potencias coloniales como Gran Bretaña, que en el contexto de la Convención de Simla (un tratado entre China, Tíbet y Gran Bretaña en 1914), trató de dividir al Tíbet en dos regiones y que los chinos, finalmente, no ratificaron. Aún así, británicos y tibetanos firmaron otro convenio por su cuenta, en el cual se estipulaba que Tíbet sería una zona autónoma y Gran Bretaña se quedaría con casi 100.000 kilómetros de terriotrio tibetano.
Luego del triunfo de los comunistas liderados por Mao Tse Tung en 1949, China volvió a reclamar al Tíbet como territorio propio y se apoderó militarmente de la zona. Diez años después del ingreso de las tropas chinas al Tíbet, los nativos se sublevaron pero la fuerza bruta estaba del lado de China. La brutalidad de la represión motivó que el Dalai Lama y demás líderes tibetanos se exiliaran en India.
Desde entonces es que el Dalai Lama hace campaña a favor de la liberación del Tíbet y el fin de la presencia de las tropas chinas en el territorio.
Más allá de la simpatía que inspiran los monjes budistas y el propio Dalai, internacionalmente se considera a esta región como parte de China. Ninguna nación ha reconocido al gobierno en el exilio del Dalai Lama.