El cheto y la señorita Llanura

| El Estado podría pagar medio millón de dólares a un ex amor del millonario que donó la estancia presidencial. También le inició juicio por daños a famoso escritor

DANIELA COUTO

La confitería del hotel Nogaró en la Plaza Matriz está casi llena. El agobiante calor de enero de 1952 convenció a dos amigas veinteañeras de refrescarse tomando un té. Cerca de ellas, un acaudalado aristócrata argentino está reunido con unos compatriotas exiliados a causa del gobierno peronista y con algunos uruguayos. Una de las mujeres reconoce al novio de una amiga y se saludan a distancia. Amable, el joven se levanta y se acerca a la mesa. El millonario lo sigue con la mirada. Espera unos minutos y se decide a acompañarlo. Se hacen las presentaciones de rigor y los cuatro conversan animadamente. Tras un largo rato de charla, una de las jóvenes capta la atención del porteño. La invita a cenar al restaurante La Alhambra.

Ella duda. A él parecen no importarle los casi 50 años de diferencia de edad. Insiste y logra robarle un sí. Esa noche, Aarón de Anchorena y Estela Llanura iniciaron una historia de amor que duró más de una década y que finalizó únicamente porque a Anchorena se le ocurrió morirse a los 88 años.

Un amor perdurable

Llanura se llama en realidad Elida Concepción, pero desde su nacimiento su abuela le dijo Estela y así la conocen familiares, amigos y allegados. Coqueta al extremo, prefiere no revelar su edad actual, aunque no aparenta los años que denuncia su partida de nacimiento. Cuando habla de Anchorena se le ilumina la mirada. "Para mí fue todo, mi padre, mi novio, mi amante, mi hijo, todo en uno" dice, y resalta que jamás se separaron durante los 13 años de su relación. "Esa noche que cenamos, encontré a un hombre fino, simpático, elegante, con un montón de condiciones que me impresionaron. Tenía unos ojos celestes extraordinarios y una sonrisa... Era un hombre muy alegre, hacía muchas bromas, muy divertido, de mucho mundo. Me sentí subyugada".

Continuaron yendo a cenar o al cine. Tiempo después Anchorena le pidió que tramitara el pasaporte para acompañarlo a Europa. El viaje duró cuatro meses y al regreso la invitó a vivir con él en la Barra de San Juan, su estancia de Colonia. Allí residieron durante 13 años, hasta la muerte de Aarón en febrero de 1965.

Dos años antes de su muerte, Aarón de Anchorena firmó su testamento ante el escribano Héctor Viana. A falta de hijos, dispuso que sus casi 4.700 hectáreas de campo se repartieran entre sus familiares, Estela Llanura y el Estado uruguayo. La inclusión del Estado fue para asegurar la preservación de su obra. Anchorena había convertido 500 hectáreas de su campo en un arboreto de características únicas en Uruguay, conformado por más de 150 especies vegetales, la mayoría de ellas traídas de sus viajes alrededor del mundo. En el testamento, el argentino condiciona su legado a la creación de un Parque Nacional, "que desearía se llamara Parque Nacional Anchorena" o "Parque Anchorena". Llanura cuenta que esa idea ya rondaba los pensamientos de Aarón cuando lo conoció. "Yo siempre le decía que si se hacía público, la gente rompería las ramas de los árboles y tiraría basura por todos lados", relata, "y él me contestaba que no me preocupara, que iban a hacer muchas cosas, pero que como el mundo tendía al socialismo, la gente se iba a educar".

Pero la filantropía también tenía motivos prácticos. Según Llanura, Anchorena argumentaba que legarlo al Estado era la única manera de que perdurara su trabajo, ya que el mantenimiento era muy costoso y ninguno de sus herederos podría afrontarlo.

En poder del Estado

Luego de su fallecimiento, los trámites sucesorios se extendieron durante varios años. Recién en diciembre de 1972 el Poder Ejecutivo tomó posesión de las 1.370 hectáreas que según la disposición testamentaria incluían el parque, la Torre de Gaboto erigida por Anchorena (en cuya base descansan sus restos), además de su residencia personal -una imponente construcción estilo Tudor- y "todos los muebles, colecciones y objetos que la adornan". La dirección y vigilancia del establecimiento quedaron a cargo de la Casa Militar de la Presidencia de la República. Durante los años que duró la dictadura militar iniciada en junio de 1973, el mantenimiento de la casa y los bosques que la rodean fue prácticamente nulo. Once años después, Julio María Sanguinetti -confeso admirador de la obra de Anchorena- asumió la Presidencia y ordenó a un equipo multidisciplinario la restauración y recuperación del legado. La tarea insumió aproximadamente cuatro años y en 1990, siendo presidente Luis Alberto Lacalle, se inauguró el Centro de Visitantes del Parque. En 1996, durante su segundo mandato, Sanguinetti decidió la edición de un libro que, de acuerdo al entonces secretario de Presidencia Elías Bluth, sería "una guía arquitectónica e histórica de todas las residencias y casas presidenciales". La publicación incluiría la Casa de Gobierno de la plaza Independencia, el Edificio Libertad, la residencia de Suárez y Reyes, además de la casa de Punta del Este y la Estancia Anchorena. Bluth cuenta que él mismo propuso una serie de posibles autores y que de todos ellos Sanguinetti escogió a Napoleón Baccino, "por ser un escritor de renombre y por tener ciertas inquietudes históricas". Durante sus investigaciones para el libro, Baccino comenzó a ahondar en la figura de Aarón de Anchorena. Su fascinación por el personaje logró contagiar a Sanguinetti, quien aprobó la decisión del escritor de transformar el trabajo original en una biografía. A mediados de 1998 se publicó Aarón de Anchorena, una vida privilegiada, que incluye un capítulo llamado "Los afectos", en el que se detallan algunos aspectos de su vida sentimental. El autor narra que Anchorena, luego de separarse de Zelmira Paz de Gaínza -propietaria del diario La Prensa de Buenos Aires- conoció a la mujer que lo acompañó durante sus últimos años de vida. En el texto, el relato de ese último vínculo amoroso no supera las 15 líneas:

"Los últimos diecisiete años, Aarón vivió en compañía del que quizá fue el gran amor de su vida, `La Negra`, una mujer que, según se dice, habría conocido en el Club de París, un famoso centro nocturno de la época.

Cuenta la leyenda que "La Negra", como él le llamaba cariñosamente, no tenía fortuna ni apellido, apenas un nombre, Consuelo o Concepción y que Aarón se lo quitó, rebautizándola con el más simbólico de E. Llanura; extraño apellido, con llamativas resonancias simbólicas, que obedecería sin embargo a la necesidad de mantener en secreto su origen.

"La Negra" estuvo a su lado hasta la noche del 24 de febrero de 1965 cuando Aarón pasó de un sueño al otro.

En señal de gratitud por los muchos años de felicidad compartida, le legó una fracción de 800 hectáreas de las mejores tierras de su estancia".

Estela Llanura manifiesta haberse sentido "muy ofendida" por todo lo que se dice en el libro. Tanto, que en mayo de 2000 entabló una demanda civil al Poder Ejecutivo y a Napoleón Baccino, por daños y perjuicios "provenientes de la narración de hechos falsos, violatorios de derechos fundamentales como la intimidad y el honor", reclamando 500.000 dólares a cada parte. Llanura plantea que los términos con los que el autor se refiere a su persona y a su relación con Anchorena son "infamantes y menoscabantes". Además, considera la narración de los hechos como un "ataque frontal a la caballerosidad, discreción y reserva" características de Aarón de Anchorena. "No sólo me afectó a mí sino a Anchorena, porque se puede creer que este señor fue un viejo loco, que andaba buscando chiquilinas, pero él no era un hombre de andar de noche", dice Llanura. "Todo lo que se dice en el libro me molestó", continúa, "excepto el hecho de que fui para él y él para mí, el gran amor de la vida".

Los años que duró la relación fueron 13 y no 17 como se menciona en el texto. Pero es un detalle que Llanura pasa por alto para concentrarse en la expresión que consideró más agraviante: "(una mujer) sin fortuna ni apellido". Napoleón Baccino argumenta que utilizó esa expresión como una "clara referencia a que ella no pertenecía a la misma clase social de Anchorena", aunque nunca aclara por qué supuso que Llanura no era el verdadero apellido de Estela y que había sido inventado por Aarón de Anchorena. "Eso fue lo que más me fastidió", cuenta Llanura, que incluyó su partida de nacimiento en la demanda. Más allá de la ofensa personal, considera que la alusión a un posible ocultamiento de su verdadero nombre y origen "deja a Anchorena como un viejo chocho que encontró una chiquilina por ahí, para que le cebara mate, como Manuela Sáenz a Simón Bolívar". Estela relata que a pesar de su cuna conservadora, Anchorena "tenía muchos pensamientos socialistas" en los cuales coincidían: "Los dos pensábamos que la gente se diferencia por la educación y no por sus apellidos. Uno tiene que alumbrarse con luz propia, no iluminarse con los faroles de su abuelo o tatarabuelo". Otro de los puntos cuestionados es el sobrenombre con el que, según Baccino, se la conocía: "La Negra". Llanura admite que si bien es un apodo que mucha gente utiliza en forma cariñosa, Baccino lo hace "con un tono peyorativo, despreciativo". Todos los testigos presentados por Llanura, que incluyen amistades y personal de servicio de la estancia, coincidieron al afirmar que jamás escucharon que Anchorena la llamara de esa manera.

En el escrito judicial presentado por su abogada, Marisa Godoni, Llanura acusa al Poder Ejecutivo de actuar con "total negligencia" y "absoluta falta de cautela" por no haber tomado "las medidas necesarias" para ubicarla, a los efectos de "proporcionar datos fidedignos para la narración". Dentro de los documentos probatorios que se presentaron en la demanda, se adjunta una tarjeta de invitación cursada por el presidente Lacalle a nombre de Estela Llanura, con motivo de la inauguración del Centro de Visitantes del parque. Aunque manifiesta no tener idea de cómo llegó esa participación a su domicilio, Llanura asume que sus datos debían estar en poder de la oficina de Protocolo presidencial, por lo que el Poder Ejecutivo no puede afirmar que se desconocía su "existencia y ubicación".

Si bien la acusación contra el Ejecutivo está dirigida a Presidencia, los dardos apuntan veladamente a Sanguinetti. "¿Cómo es posible que haya editado el libro y no lo haya leído?", se pregunta Llanura. El único testigo presentado por la defensa de Presidencia es Elías Bluth, quien en la última audiencia, celebrada el 19 de abril, declaró que los servicios de Baccino y la publicación del libro fueron abonados con dinero de un "rubro presupuestal" que tenía el presidente para pagar a personas que prestaran servicios a Presidencia. El ex secretario manifestó que, desde su punto de vista, el acuerdo entre Baccino y Sanguinetti "se trató de un contrato de obra" y presumió que "habría un contrato escrito", aunque nunca lo vio. En la misma instancia judicial que Bluth, la actual defensora del Poder Ejecutivo, Ana Bogacz, explicó que algunas veces, "no hay un contrato específico en estos casos, sino que se saca por resolución". Agregó que lo que se había hallado en Presidencia era, justamente, una resolución autorizando el trabajo, aunque la misma no decía "concretamente" cuál sería la tarea de Baccino. Consultada telefónicamente, Bogacz manifestó "no estar autorizada" para realizar declaraciones públicas sobre el tema.

Nombres y direcciones

Los abogados de Baccino, Pedro Bordaberry y Juan Raso, estiman conveniente que el escritor no realice demasiadas declaraciones fuera del marco jurídico. Su argumento es que el proceso legal aún está en curso y que su defendido no es el único involucrado en la causa. De todas maneras, Baccino expresó que sigue sin comprender los motivos de la demanda. "Mis intenciones fueron dos: primero, ser absolutamente veraz con el lector y segundo, reivindicar a la persona que él realmente quiso durante los últimos años de su vida".

Baccino se defiende alegando que durante su investigación para la biografía, intentó en vano contactar a Llanura: "Busqué en la guía, en documentos, textos y nada. Incluso hablé con Didier Opertti, que en ese momento era ministro del Interior para que buscara el nombre en Identificación Civil o alguna otra dependencia, pero no dio resultado". Didier Opertti fue citado a declarar como testigo por la defensa, pero en diciembre de 2001, cuando se encontraba a cargo del ministerio de Relaciones Exteriores, decidió hacer uso de la prerrogativa prevista por el artículo 163 del Código General del Proceso. La misma habilita a presidentes, ministros y demás jerarcas ejecutivos, judiciales y legislativos a dar testimonio "por certificación o informe", eximiéndolos de la obligatoriedad de presentarse personalmente. En su testimonio, presentado el 15 de octubre de 2004, Opertti declaró que, en su calidad de ex ministro del Interior, no mantenía "recuerdo alguno" acerca de una "presunta solicitud de información" efectuada por Baccino.

Otro de los testigos presentados por la defensa es Gabriela Fripp, la ingeniera agrónoma encargada del Parque en 1996, año en que Baccino visitó la estancia para recabar información. Baccino define a Fripp como "una eficaz colaboradora que proporcionó numerosos datos y pistas a seguir". Según sus declaraciones, la ingeniera habría sido quien le hizo conocer la existencia de la mujer con la que Anchorena compartió sus últimos años de vida y agregó que "tanto Fripp como los vecinos de la zona, creían que su nombre era Estela Llanura. Pero manifestaron dudas sobre su verdadero nombre. Todos coincidían en que Anchorena la llamaba cariñosamente "La Negra". En 2003, Gabriela Fripp declaró como testigo desde España. En el interrogatorio, se le preguntó si recordaba que Baccino hubiera solicitado información acerca de la última mujer de Anchorena. La ingeniera afirmó que no lo recordaba, aunque suponía que sí, "ya que él preguntaba todo tipo de cosas" pero aclaró que no brindó ningún dato ya que desconocía la existencia de esa señora.

Uno de los puntos que más ha resaltado la defensa de Baccino es el tiempo verbal utilizado en la narración. Se alega que cuando el escritor notó que le era imposible confirmar algunos aspectos de la relación de Anchorena y Llanura, prefirió usar el condicional y no afirmar nada en forma categórica, para así dejar "un margen abierto a otras posibilidades".

Llanura exige que se tenga en cuenta el daño moral causado por varias de esas expresiones, aunque estén manifestadas en forma condicional. En el escrito judicial presentado en primera instancia, argumenta que pasó "de ser una mujer apreciada y respetada por todos, a ser "La Negra", una ocasional `amiga` de Aarón, sin apellidos, sin familia, sin dinero, que conoció en un club nocturno de París; en síntesis, una vulgar mujer de la calle". Según la biografía, Anchorena "habría conocido" a Llanura en el Club de París, "un famoso centro nocturno de la época". Si bien Baccino no aclara que el citado club se encontraba en Montevideo, tampoco da a entender que estuviera en la capital francesa. Una nota publicada en El País el 11 de marzo de 2001 menciona al Club de París como un "elegante" centro nocturno de la década del 50, ubicado en la calle San José, y que en alguna oportunidad fue visitado por figuras artísticas internacionales como Ava Gardner y María Félix. Los términos "vulgar mujer de la calle" y "ocasional `amiga`" a los que se refiere el escrito judicial, no se mencionan en ningún pasaje del texto cuestionado.

Fotos que no son

El reclamo de compensación por daño moral incluye una acusación por "uso de imagen sin consentimiento", por una fotografía incluida en el libro, acompañada del texto: "¿`La Negra`? Algunos indicios y ninguna certeza. Casi no quedan huellas de la única pasión de Aarón. Vivió junto a ella 17 años, pero la discreción era una de sus caballerescas virtudes". La imagen, perteneciente al archivo personal de miembros de la familia Anchorena, fue cedida a Baccino para que la incluyera en la biografía. En la demanda, la abogada de Llanura cita el artículo 21 de la Ley Nº 9739 que establece que "el retrato de una persona no podrá ser puesto en el comercio sin el consentimiento expreso de la persona misma". Godoni omite incluir el texto completo del artículo mencionado, que, a continuación de lo anterior, admite la libre publicación del retrato "cuando se relacione con fines científicos, didácticos y, en general, culturales". Además de los objetivos culturales de la publicación, la defensa del escritor alega que el pie de foto "no afirma que esa fuera Elida Consuelo Llanura" ya que ello no le constaba al autor, "por más que así lo afirmaran sus fuentes". Ni Baccino ni Llanura saben o quieren explicar por qué si los herederos de Anchorena (con quienes Estela manifiesta haber continuado en contacto luego de la muerte de Aarón), accedieron a entregar esa imagen, no fueron capaces de aportar los datos necesarios para contactarla.

Cuando tomó la decisión de entablar una demanda civil, Llanura se puso en contacto con varios "abogados amigos" que se negaron a asesorarla. Las constantes negativas, opina, se debieron a que "acá la mayoría de los abogados tienen la ambición de ser políticos, que los nombren" y que por esa razón no quisieron verse involucrados en una instancia judicial contra el Estado. A través de una amiga conoció a la Dra. Godoni, quien en la primera entrevista que mantuvieron le explicó que existía jurisprudencia en el asunto y aceptó hacerse cargo de su reclamo.

Durante la primera audiencia de conciliación, celebrada el 26 de julio de 2000, se le preguntó a Llanura en base a qué elementos fundaba el monto reclamado. En primer lugar, adujo que era una cifra "para bajar" y luego agregó que los daños y perjuicios demandados también alcanzaban a sus dos hijos. Bordaberry y Raso argumentan que el hecho de incluir a sus descendientes en la demanda, constituye un error "grosero", porque el reclamo fue iniciado solamente por Llanura y no por todo el grupo familiar. Los 500.000 dólares exigidos son una cifra que la defensa de Baccino califica como "excesiva" y "totalmente inédita" para el derecho uruguayo. Sorprendentemente, Llanura opina de igual manera: "Es exagerado. Con eso discrepé con mi abogada y sigo discrepando, porque me pareció fuera de lugar".

Ambas partes son conscientes de que el largo proceso judicial no se resolverá en un tiempo cercano. Aunque ya testificaron todos los declarantes citados, aún falta que Napoleón Baccino declare el próximo 27 de setiembre. Una vez obtenido el testimonio del autor de la biografía, la jueza María Cristina Cabrera contará con todos los elementos necesarios para dictar la sentencia correspondiente. De ser favorable a Llanura, quizás el Estado uruguayo deba finalmente pagar de alguna manera el enorme legado de Aarón de Anchorena. u

Fuente: Aarón de Anchorena. Una vida privilegiada

AARÓN, EL MILLONARIO VOLADOR

Estancia elegida en globo aerostático

Aarón Félix Martín de Anchorena, octavo hijo de Nicolás Anchorena y Mercedes Castellanos, nació el cinco de noviembre de 1877. Históricamente vinculada al poder político argentino, su familia era poseedora de una de las mayores fortunas de Sudamérica, sustentada en la explotación agrícola-ganadera. A su muerte en 1884 su padre dejó, entre otros bienes, 20 establecimientos ganaderos con una superficie total de 273.600 hectáreas (equivalente al 15% de la superficie de Uruguay), pobladas con más de 150.000 vacunos y 400.000 ovejas.

Hasta los 30 años, la lujosa vida de Aarón transcurría entre Buenos Aires y París. Al regreso de uno de sus viajes a Francia trajo consigo un globo a gas que bautizó Pampero, con el que intentaría concretar su anhelo de ser la primer persona en cruzar volando el Río de la Plata. Aterrada por su afición al vuelo, su madre le hizo una promesa: si abandonaba el pasatiempo, le compraría una estancia para que la trabajara y sentara cabeza definitivamente. Aarón accedió con una sola condición: él mismo elegiría los campos en los que se asentaría, desde el aire, en su globo. La mañana del 25 de diciembre de 1907 emprendió la travesía. A menos de una hora de vuelo, el globo comenzó a perder altura y cayó en unos campos de Colonia, propiedad de una compañía frigorífica inglesa. Allí decidió instalarse Aarón. Las casi 11 mil hectáreas pertenecientes a The River Plate Company fueron adquiridas por Mercedes Castellanos, quien las puso a nombre de su hijo cuatro años más tarde.

Fuente: Aarón de Anchorena. Una vida privilegiada de Napoleón Baccino.

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