SEBASTIÁN CABRERA
En su laboratorio en la universidad estatal de Misisipi, entre muestras de serpientes, ratones y caimanes, el biólogo Federico Hoffmann hace números. Después de 13 años de dedicarse a la ciencia en el exterior, él y su esposa discuten si esta vez podrá concretarse el anhelado regreso a Uruguay. Quieren estar cerca de familiares y amigos, aunque eso implique perder dinero, recursos y tener menos infraestructura a disposición para su trabajo.
Ya arrastran varios planes fracasados de retorno, pero no pierden la ilusión. Él se dedica a comparar genomas de diferentes especies, intentando entender cómo aparecen nuevos genes en hombres, chimpancés o ratas. Ella hace virología.
Entre los dos ganan más de 100.000 dólares al año. "Yo creo que en Uruguay podríamos ganar la mitad, capaz", dice Hoffmann desde la ciudad de Starkville, que tiene menos de 25.000 habitantes. "Si volvés a Uruguay no es por la ciencia. Porque no hay infraestructura para satisfacer esos apetitos. Si volvés es por el corazón".
Hoffmann prepara una propuesta para instalar un grupo de investigación en Salto, ya que los dos prefieren vivir en una ciudad pequeña. No se olvida que, cuando dejó Uruguay en 1999 con 28 años, trabajaba en la Facultad de Ciencias pero vivía de dar clases de inglés. "Venirme a Estados Unidos implicó hacer esto de forma profesional", dice él.
Casi todo el tiempo lo pasa en su oficina y en el laboratorio. Pero parte del trabajo también es recolectar muestras. El año pasado capturó serpientes, tortugas, lagartijas, caimanes, ratones y murciélagos en Texas y en Misisipi. "En esos viajes sacamos a pasear la fantasía de ser Cousteau", cuenta. Y minutos después envía una foto "muy divertida" con "un alligator", es decir un caimán, en brazos.
Sueños de retorno que por ahora no se cumplen, como el de Hoffmann, se repiten en distintas universidades y laboratorios, sobre todo de Estados Unidos y Europa, donde hay científicos uruguayos trabajando. La regla para muchos investigadores es hacer un doctorado o posgrado en el extranjero y luego quedarse investigando allí.
Y, 10 o 15 años después, algunos apuestan a volver. De hecho, Qué Pasa consultó a 52 científicos uruguayos que viven en el exterior, de los cuales más de la mitad (30) contó que quiere volver al país para trasladar algo de la experiencia que ganó afuera. Pero no puede hacerlo por falta de oportunidades laborales, porque el regreso le implica perder mucho dinero o también equipos, recursos y calidad para sus investigaciones. Hay 12 de esos 52 que ni siquiera se plantean la posibilidad de volver (ver recuadro).
Como en pocas profesiones, querer tener éxito en su área y querer vivir en Uruguay son dos deseos difíciles de conciliar para los científicos. Y eso que en los últimos años ha habido avances con la creación de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII) y la instalación del Instituto Pasteur en Montevideo.
Los científicos en la diáspora lo admiten: 45 de 52 dijeron a Qué Pasa que la inversión en ciencia ha mejorado en Uruguay (algunos dicen que es el mejor momento en décadas) pero que igual se está demasiado lejos de los estándares internacionales, incluso de lo que se hace en países de la región como Brasil, Chile o Argentina.
Claro, para apostar a la ciencia se necesita mucho presupuesto y, en eso, la pequeña escala le juega en contra a Uruguay. Desde 2008 hay un Sistema Nacional de Investigadores, que supone una inversión anual de seis millones de dólares. Parte de ese dinero se destina a financiar proyectos presentados por investigadores.
¿Y cuántos científicos uruguayos hay por el mundo? La ANII tiene registrados 191 investigadores, de los cuales el 23% vive en Estados Unidos y el 13% en España. Y en la Facultad de Ciencias calculan que hay 203, entre egresados que emigraron y otros investigadores que no pasaron por ese centro universitario.
PLAN. En estos 13 años el itinerario de Hoffmann y su esposa Florencia Meyer incluyó Texas, Nebraska, la ciudad brasileña de Curitiba y luego otra vez Nebraska. "Ahí, en 2009, nos pusimos en serio a buscar trabajo en Estados Unidos. Hasta ese momento el plan era volver a Uruguay", dice Hoffmann desde Starkville. "Pero nos dimos cuenta que por el momento ese plan no tenía mucho asidero".
Y el biólogo apunta que una de las principales diferencias con Uruguay es que en Estados Unidos hay llamados periódicos a proyectos de investigados. Aquí, en cambio, no hay regularidad. Y también hay menos dinero. Hoffmann ganó el año pasado un proyecto pequeño para extender ciertos estudios sobre el genoma de primates y ratones a caballos, perros y otros mamíferos. Le dieron 70.000 dólares. "En Uruguay eso equivale a los proyectos más grandes de la ANII", dice.
Su experiencia dice que es más fácil conseguir apoyo para radicarse en Estados Unidos o Brasil que en su propio país. "La perlita se la dijeron a mi mujer: vení, escribí un proyecto de la ANII y, si hacés un buen descubrimiento, entonces te contratamos", se ríe Hoffmann. Y especula que ese tipo de respuestas se deben producir por la falta de fondos y "no por maldad".
Meyer, su esposa, es más directa. "A veces da la impresión que la comunidad científica no quiere que los de afuera vengan a ganar ningún cargo ni desplazar a nadie", dice. Y afirma que es casi imprescindible "tener un padrino influyente en la facultad" para volver al país. El esfuerzo por detectar posibles talentos, retenerlos o reclutar a los que están afuera, "es cero", opina la viróloga.
UNA VIDA AFUERA. Hay científicos que rondan los 50 años y que ya hace tiempo descartaron el regreso. Les fue bien en el país que les dio acogida, hicieron su vida allí y saben que no hay marcha atrás.
Es el caso de Amalia Dutra, una doctora en biología citogenética nacida en 1957 en Tarariras, Colonia, quien hoy dirige en Maryland, Estados Unidos, un laboratorio de citogenética y microscopia en el Instituto Nacional para la Investigación del Genoma Humano, que pertenece a los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por su sigla en ingles).
Dutra es parte del equipo que elaboró el mapa del genoma humano en 2000. Ese fue un antes y un después en su carrera científica y un jalón importante en la historia de la ciencia.
"Siempre ha sido mi ilusión regresar a Uruguay", dice la científica. Pero su carrera progresó, sus hijos fueron creciendo y ese anhelo nunca se concretó. "Y a esta altura de mi vida, si volviera, sería para vivir mi retiro, compartido entre mi familia y mis amigos. No tengo intensiones de regresar al país para trabajar".
Dutra está convencida que Uruguay tiene "excelentes investigadores", aunque muchos están obligados a salir al exterior luego de graduarse.
"Admiro a los colegas que trabajan en el país, quienes a pesar de enfrentar problemas de presupuesto y logísticos muy serios (para conseguir materiales y reactivos de trabajo), obtienen resultados de relevancia que son presentados en reuniones científicas y publicados en revistas de primer nivel en el mundo".
Igual que Dutra, el médico Ignacio Anegon, de 55 años, también descartó radicarse aquí, aunque viene al menos una vez al año por razones profesionales. Una vez intentó volver, a fines de la década de 1980. "Pero era difícil en esa época y lo sigue siendo hoy debido a un número limitado de puestos disponibles", dice Anegon, en un alto de su trabajo en Nantes, Francia, en el Centro de Investigación en Trasplantes e Inmunología (Inserm, por su sigla en francés), instituto público para la investigación biomédica.
"A mi edad, y con el tipo de carrera que he tenido, no hay muchos cargos disponibles", cuenta Anegon, quien emigró en 1982. Trabajó en Barcelona, luego en Phliadelphia y finalmente se instaló en Nantes, donde hoy es director del Inserm.
Su equipo trabaja sobre la inmunología (estudio del sistema inmunitario), enfocado en la búsqueda de encares terapéuticos innovadores para impedir el rechazo de órganos transplantados. Para eso, hacen modificaciones genéticas a los animales, sobre todo ratas, introduciendo o eliminando genes. Por estos días inician los ensayos clínicos en humanos a través de la llamada terapia celular.
Anegon dice que la ciencia biomédica ha mejorado mucho en Uruguay, pero advierte que la diáspora científica "no está suficientemente solicitada" y no hay demasiada difusión en Uruguay de empleos en el extranjero o evaluación de pedidos de financiamientos de grupos uruguayos.
Entre los fondos de la ANII que apoyan la investigación en Uruguay está el Fondo Clemente Estable (que en 2009 aprobó 77 proyectos por 1.770.894 dólares), el Fondo María Viñas (que en su única convocatoria de 2009 aprobó 65 proyectos por 1.318.452 dólares) y los fondos sectoriales en energía, en el sector agroindustrial y salud.
Y desde el año pasado la ANII también hace llamados para que científicos y tecnólogos que se encuentran en el exterior vengan a dar cursos, talleres y seminarios. Por cada viaje de al menos cinco días se podrán otorgar hasta 10.000 dólares (ver recuadro en esta página).
FUTURO. Rodolfo Jalabert tiene su vida hecha en Estrasburgo, Francia, donde investiga en el Instituto de Física y Química de Materiales. Allí se dedica a la nanociencia. Es decir, trabaja con dimensiones del orden de un millonésimo de milímetro. "Aproximadamente 7000 veces más pequeño que un glóbulo rojo", dice Jalabert, de 53 años.
A largo plazo, a Jalabert le gustaría establecerse a tiempo parcial en Uruguay. Hoy no es posible: sus tres hijos, de entre 25 y 16 años, estudian o trabajan en Francia. Y su esposa, artista plástica, también.
Cuando piensa en una salida para la ciencia en Uruguay, dispara una idea: "Las comunidades científicas allí son muy pequeñas y solamente si se insertan en las de nuestros países vecinos podrán desarrollarse plenamente y beneficiarse del progreso científicos de ellos".
Federico Dajas Bailador está en una etapa de la carrera científica muy distinta a la de Jalabert. Pero por el momento tampoco piensa en el regreso: quiere cumplir etapas en la Universidad de Manchester, en Inglaterra, donde investiga en el área de las neurociencias.
Tiene 39 años y dos hijas. Su esposa hizo una carrera paralela a la de él, pero ella actualmente no trabaja. Toda la familia vive con su sueldo. "No me sobra nada", dice Dajas. Y luego explica una de las razones para descartar el retorno inmediato: "En Uruguay con un solo sueldo de científico, a la altura de la carrera en que me encuentro, probablemente no me alcanzaría".
¿Cómo ve la ciencia uruguaya, desde lejos? "Es el mejor momento desde que yo estoy involucrado. Ha habido una inversión grande en infraestructura y equipos y también una mejora salarial en el sistema nacional de investigadores", valora Dajas.
En el debe, dice, es difícil conseguir dinero para proyectos de investigación y, cuando aparecen, son montos demasiado reducidos. Los sueldos se han equiparado, dice el científico, pero "Uruguay está tan caro que un sueldo parecido rinde más en Inglaterra".
Del otro lado del océano, el astrónomo Alberto Bolatto (44 años) es profesor e investigador en la Universidad de Maryland. Estudia la evolución de galaxias y, en particular, la relación entre la formación de estrellas y el material que cae en las galaxias (gas de hidrógeno).
"Me encantaría retornar a Uruguay por el lado social y familiar, pero la inserción laboral sería muy difícil", admite Bolatto. En el área de la astronomía en Montevideo hay un grupo pequeño que trabaja en el estudio de cometas y asteroides. "Lo hacen muy bien, pero no hay masa crítica necesaria para tener otras ramas", dice el astrónomo.
Bolatto enumera los problemas de la ciencia en Uruguay: la inserción laboral de los científicos es casi inexistente fuera del ámbito universitario, los sueldos son bajos, los fondos de investigación son limitados y comprar componentes para un laboratorio lleva un tramiterío sin fin. "Así, mucha gente se dedica a otra cosa o se va del país", dice.
Bolatto sabe que, si no pasa nada raro, su futuro y el de su familia estará alejado del Río de la Plata por mucho tiempo. Y a Luciana Hannibal, que investiga una enzima llamada óxido nítrico sintasa en una universidad de Ohio, le pasa algo similar.
A ella le impide volver el hecho de que no haya cargos disponibles en el ámbito académico en su área de estudios. "Y para mí es un riesgo muy grande salir de una situación estable en Estados Unidos para volver a Uruguay sin saber si luego tendré oportunidad de continuar o si deberé buscar otro trabajo", dice.
Para lograr que Hannibal, Hoffmann y otros tantos científicos puedan volver al país, algunos piensan que es imprescindible que existan becas con retorno. "No es posible que la gente salga, se forme y luego ni siquiera tenga a dónde volver, aunque lo desee", dice Pablo Artigas, un uruguayo que es profesor en la Universidad Tecnológica de Texas. "Hay que facilitar la salida, para aprender cosas que no se pueden en Uruguay, y generar mecanismos viables y atractivos de retorno".
Pero es verdad que también hay historias que terminan bien. Algunos científicos uruguayos planean el regreso y lo concretan. "En julio de este año vuelvo a Uruguay", dice, feliz, Marcelo Hill, un médico de 36 años que desde hace una década trabaja en inmunología en el laboratorio que dirige su compatriota Anegon, en Nantes, Francia. "Sí, vuelvo. Pero mi caso no es lo más común entre la gente que está afuera".
Con Hill vuelve su esposa uruguaya y sus dos hijos, nacidos en Francia, uno de año y medio y otro de siete. En su decisión pesó mucho el hecho de que en 2006 la Facultad de Medicina haya creado el Departamento de Inmunobiología. Pero sobre todo pesaron las cuestiones familiares y esa nostalgia que a veces solo nos hace acordar de las cosas buenas.
Aunque parezca raro, Hill encuentra ventajas en dedicarse a la ciencia en este pequeño país. "El trabajo científico puede tener mayor impacto allí que en Europa o Estados Unidos", dice. "En Uruguay podés aportar cosas que aquí ya están andando o muy encaminadas". El tiempo dirá si sus expectativas se cumplen. O si deberá volver a hacer las valijas.
Solo 9 de 52 van a regresar a Uruguay
Qué Pasa envió un cuestionario a los investigadores en el extranjero registrados ante la ANII en ciencias naturales, medicina e ingeniería. Se les preguntó si les interesa volver a Uruguay y, si es así, qué lo impide. Treinta de los 52 científicos que respondieron al cierre de esta edición, admitieron que quieren volver pero no pueden hacerlo por diferentes razones: desde los salarios bajos a la falta de infraestructura, fondos y ofertas laborales. Son el 57,6% del total.
A 12 (23%) no les interesa volver a trabajar aquí. Nueve (17,3%) respondieron que volverán en poco tiempo. Y uno dijo que no está seguro si quiere retornar o no.
La amplia mayoría, 45 de 52 científicos consultados, dijo que ha habido avances concretos en los últimos años en la ciencia en Uruguay pero mencionó aspectos críticos que muestran que el país aún está lejos de ser un ejemplo en ciencia. Así, por ejemplo, María Valeria Grazu, quien trabaja en el Instituto de Nanociencia de Zaragoza, dice que antes era imposible vivir de la ciencia. "Hoy hay sueldos dignos. Pero también hay gente que no tiene un cargo docente que le permita dedicarse cien por cien a la investigación". Tres de los 52 científicos solo encuentran cosas positivas en el actual momento de la ciencia.
EL SUELDO PESA
Ganar poco
El argumento de Giancarlo Vanini, un anestesiólogo de la Universidad de Michigan, para no volver por ahora al país sirve como resumen de las explicaciones de otros colegas suyos. "Volver no es una opción en este momento porque implicaría una reducción importante en mi calidad de producción y probablemente renunciar a proyectos que no pueden ser desarrollados".
Gabriel Guerra, que investiga en la Universidad Federal de Rio de Janeiro, dice que no quiere "volver hacia atrás" y que en Uruguay los salarios "siguen siendo una vergüenza para alguien que sacrifica tantas cosas de su vida".
Otro investigador, que solicita anonimato, dice que él vuelve a hacer ciencia con una "mínima calidad" o no vuelve. "No me compensa retornar a ganar poco y sin hacer el trabajo mínimamente bien".
Los nombres
De los 52 investigadores que habían respondido a Qué Pasa al cierre de esta edición, 20 trabajan en universidades o laboratorios de Estados Unidos o Canadá, 17 en Europa, 14 en América del Sur y México, uno en China.
Ellos son: Uriel Koziol, Gastón Bazzino, Marvi Teixeira, Juan Pablo Lozoya, Federico Hoffmann, Marcelo Hill, Ana Bellomo, Rodolfo Jalabert, Juan Pedro Silva, Gustavo Domínguez, Guillermo D`Elía, Daniel Carrizo, Guillermo Oliver, Ana Bove, Rodolfo Vogler, Roberto Chouhy, Gerardo Schneider, Marcelo Ponce, Amalia Dutra, Berardi Sensale, Alvaro Bonfiglio, Giuliano Dragone, Leonardo Travesoni, Isabella Cosse, Alberto Bolatto, Giancarlo Vanini, Ignacio Anegon, María Bausero, Alicia Matijasevich, Gerardo Odriozola, Mario Rivero-Huguet, Gabriela Wlasiuk, Carlos Escande, Martín Baráibar, Arley Camargo, Gabriel Guerra, Adrián Rodríguez, Andrés Sáez, Luis Yarzábal, Andrés Kamaid, Verónica Motta, Alberto Pereda, Florencia Meyer, María Victoria Marini, Gabriel Paternain, Mariana Boiani, Gonzalo Mateos, María Valeria Grazu, Federico Dajas Bailador, Pablo Artigas, Mariela Martínez y Luciana Hannibal.
¿Cuánto ganan en el exterior?
Los sueldos de los científicos uruguayos en el exterior son muy variados, según el cargo que ocupan y también el lugar donde trabajan. Pero, por ejemplo, un cargo de investigador en una universidad pública de Estados Unidos puede llegar a los 100.000 dólares al año; es decir, unos 160.000 pesos al mes, según dijeron varios científicos consultados por Qué Pasa. En Uruguay los sueldos también son muy variados, pero en general no llegan ni cerca a esos niveles mencionados.
Vienen a dar cursos a uruguay
Desde el año pasado la ANII financia que decenas de científicos radicados en el exterior vengan a dar cursos o talleres a Montevideo. Les pagan el pasaje en clase económica, así como viáticos y estadía por hasta 150 dólares diarios. El monto máximo a otorgar por cada viaje es de 10.000 dólares. La primer convocatoria cerró en febrero y se presentaron 51 propuestas (la mayoría de ellas en el área de la salud). El próximo llamado se abrirá en octubre.
AMALIA DUTRA
Investigadora del genoma humano
Mi ilusión siempre ha sido retornar a Uruguay. Pero, si lo hago, a esta altura de mi vida será para el retiro. Ya no tengo intenciones de ir a trabajar".
FEDERICO HOFFMANN
Universidad de Mississippi
Mis colegas en Uruguay trabajan en condiciones que aquí se consideran inaceptables. Igual hay gente que investiga muy bien. Son héroes"
PABLO ARTIGAS
Universidad Tecnológica de Texas
"La gente sale, se forma y luego no tiene cómo volver, aunque lo desee. Hay que facilitar la salida del país y luego generar mecanismos de retorno".
FEDERICO DAJAS BAILADOR
Universidad de Manchester
"Este es el mejor momento de la ciencia en Uruguay. Pero sigue siendo difícil conseguir fondos para investigación. Y, si hay fondos, son reducidos".
ALBERTO BOLATTO
Universidad de Maryland
Se empezó muy de atrás: formar un buen aparato científico lleva tiempo. Yo estoy hace 20 años en EE.UU., la mayor parte del tiempo educándome".