GABRIEL SOSA
—¿Cómo tomó contacto con esta problemática?
—Yo tengo hijos adolescentes, que a su vez tienen amigos que vienen a casa y conversan. Uno se va dando cuenta de que casi todos los chiquilines han tenido algún episodio en el que algo les fue arrebatado o les fue pedido en la calle de forma compulsiva: dinero, championes, una campera, lo que sea. Hay una violencia fuerte y generalizada en la adolescencia de todas las clases sociales. Pero fundamentalmente hay una división o fricción muy grande entre el sector social más o menos marginado y la clase media. Lo que a nivel de la adolescencia se denominan planchas y chetos.
—Esa es una especie de insulto cruzado.
—Los adolescentes de clase más acomodada llaman planchas a los otros, y los otros llaman chetos a los primeros. Probablemente ninguno de ellos se reconozca en esos nombres, pero el adversario es el que te define.
—¿El cruce entre estos grupos es siempre violento?
—En las conversaciones con los muchachos fui viendo que hay una especie de constante. Con expresiones muy duras, de odio. Esa polarización social es muy preocupante. Y la sociedad adulta cierra los ojos, el tema no se trata. Se habla genéricamente de la violencia en los liceos, puntualmente, cuando hay un episodio. Pero la violencia es una constante en la calle, y los chiquilines lo toman como algo natural, ellos nacieron en esa realidad. No se dan cuenta de que es anormal, que no debería ser así. Eso va generando una actitud de odio que después puede tener consecuencias graves.
—Además son culturas que están muy entremezcladas, no que están geográficamente separadas.
—Son subculturas que conviven en los bailes, en ciertas zonas de la ciudad y en los liceos. Insisto, me parece grave que la población adulta no maneje el tema. La discusión no se da, no se asume lo que ocurre. A un hecho violento se lo trata como si fuera inesperado, circunstancial, cuando es el emergente de una violencia que está todo el día planteada.
—Cuando usted escribió sobre esto en Voces del Frente, los lectores no lo tomaron bien.
—La izquierda rechaza asumir que hay sectores pobres agresivos, marginados que tengan ese tipo de reacción. Y no nos damos cuenta de que es una realidad, que tiene una explicación económica y política. A la izquierda le molesta, pero son gobiernos de centro o de derecha los que han generado las condiciones para que esa situación social se diera.
—¿La derecha está más preparada para asumir esta realidad?
—Si se dice que esto es criminalidad, esto es delincuencia, esto requiere más medidas de represión, mi impresión es que por ese camino el problema se va a agudizar. Esto no se va a solucionar con más razzias. Es un problema de falta de diálogo social, de integración.
—¿Y la izquierda tiene respuestas?
—Mucha gente entiende que el uso del término plancha es estigmatizar a un sector social. A mí me parece que a estas alturas ya es una realidad. Hay un sector social que tiene códigos de conducta propios que casi no tiene formas de inserción laboral ni educativa, y que en definitiva está gestando una subcultura bastante compleja. Yo me considero una persona de izquierda, y considero que la respuesta sería asumirlo y buscar soluciones no represivas. Por ejemplo, a nivel de la educación algo no está funcionando, que me perdonen los educadores. Y eso es algo que molesta en la izquierda también, estar señalando a trabajadores de la educación que en definitiva han perdido contacto con un sector de la población juvenil y no se ven reacciones de cómo piensan restablecer ese contacto.
El otro gran problema se ve en algo que le oí decir a una adolescente en mi casa: "Ojalá le dieran un cargamento de pasta base a estos planchas de mierda, así se matan todos". ¿Cómo puede ser que una chiquilina de 16 o 17 años esté deseando que una cantidad de chiquilines de su edad se maten?