UN DRAMA SILENCIOSO

El cáncer del alma

Aunque no se sabe a ciencia cierta cuántas personas sufren depresión en Uruguay, las autoridades sanitarias entienden que se trata de una epidemia que está en la base de la alta tasa de suicidios, y se aprestan a combatirla formando al personal de salud para identificar sus síntomas.

Foto: archivo El País
Foto: archivo El País

Si tenés cáncer, diabetes o cualquier enfermedad que se exprese físicamente, los médicos te van a diagnosticar con precisión, la sociedad te va a respetar tu dolor y nadie te va a discriminar. Eso es, justamente, lo que no sucede con la depresión", explica Inés Dabe, una mujer adulta que carga en su espalda más de 14 años de tratamiento farmacológico y terapéutico, tras convivir con un cuadro depresivo severo desde su adolescencia. "La depresión es el cáncer del alma y a nadie le importa porque nadie lo ve".

La falta de apoyo a las personas afectadas, la escasa información sobre lo que implica esta enfermedad y el temor al estigma social son las grandes barreras que impiden a los pacientes acceder a tratamientos en tiempo y forma, según lo especifica la Organización Mundial de la Salud (OMS). En 2017, la institución alertó un crecimiento significativo de la enfermedad en la población. En la década comprendida entre 2005 y 2015, la depresión representó un incremento mundial de más de un 18%. Y año tras año, silenciosamente se cobra la vida de 800.000 personas a través del suicidio.

Es que la depresión duele, y no en un sentido simbólico. Se sufre, también, en el cuerpo. "Y es un dolor terrible —describe Dabe. Empieza en el pecho y se dispara hasta la espalda; cuando respirás, baja a las costillas. Y es permanente. Si tomás aire, duele más; te corta los pulmones y te sube a la cabeza. Te marea. Es un sufrimiento tajante que aparece cuando la confusión ya te destruyó la mente por completo. Y ves negro. No en sentido figurado; me refiero a que tus ojos ven borroso y muy oscuro", precisa Dabe sobre aquellos picos depresivos más desgarradores que le tocó atravesar.

"Es algo que anula por completo. Te aislás del mundo. Yo me acostaba en la cama y no me levantaba en tres días, o más. Aunque duermas no descansás. No hay motivación para moverte porque no le ves sentido a nada", describe Susana, una mujer de 50 que hace 12 años tuvo su primer cuadro depresivo grave, tras un incidente de acoso laboral en el banco para el cual trabaja. Recuerda que sus hijas la animaban a pasear, a dar una vuelta, a tomar el sol, pero nada era suficiente. "Eso fue una lucha constante; ellas no me entendían. Me decían de salir, lógico, ¿pero qué respondería una persona con las dos piernas enyesadas si la invitaran a correr por la rambla?", se cuestiona de forma retórica. "Es imposible ¿verdad? Acá es lo mismo: aunque no lo vean, uno no puede".

Susana enfatiza cómo en aquellos momentos pasaba cantidad de días sin ducharse, semanas sin lavarse los dientes y días enteros sin comer porque, según cuenta, se olvidaba de hacerlo. "No salía de la cama porque no podía con mi vida", remata.

El psiquiatra Horacio Porciúncula, exdirector de Salud Mental de ASSE y actual asesor del Programa de Salud Mental del Ministerio de Salud Pública (MSP), reveló un dato curioso. Los pacientes depresivos no suelen ir al médico por su angustia, sino por otras dolencias, como malestar estomacal o taquicardia. "Trabajos vinculados a las consultas en el primer nivel de atención mostraron que las primeras entrevistas médicas, generalmente, están asociadas a otro problema físico". A esto se le llama depresión enmascarada. "El paciente se acerca por un trastorno somático que va variando y, muchas veces, detrás de esa dolencia física, hay oculto un trastorno depresivo".

Porciúncula adelantó que, a partir de junio, el MSP llevará adelante una capacitación para 70.000 funcionarios del sector salud entre técnicos y administrativos. "Trabajaremos aspectos vinculados a la salud mental y, dentro de ella, hemos elegido estudiar específicamente el tema de la depresión. Abordarla no solo como enfermedad sino, también, a través del reconocimiento de la sintomatología por parte de los diferentes actores del proceso de atención".

La dinámica será trabajar a partir de historias de casos reales que favorezcan los diagnósticos precisos y la seguridad del paciente. Esta no sería la primera capacitación que implementa el MSP. Porciúncula comentó la experiencia de unos talleres dedicados a los médicos de la emergencia, con el objetivo de que desarrollen mayores habilidades e incorporen a sus consideraciones lo que tiene que ver con el intento de suicidio, o ideas de producirse autolesiones que pueden manifestar los pacientes depresivos.

Inés Dabe, paciente desde hace años: " La depresión es el cáncer del alma". Foto: D. Borrelli
Inés Dabe, paciente desde hace años: " La depresión es el cáncer del alma". Foto: D. Borrelli

Punto de partida.

El doctor Pedro Bustelo, psiquiatra, epidemiólogo y director de la Fundación Cazabajones, advierte que cada cinco uruguayos sanos, hay uno depresivo. Y eso no es lo más asombroso. Según estudios académicos realizados por el especialista, el 80% de los afectados no sabe que está enfermo, por lo tanto no es asistido con ningún tratamiento y convive con ello de por vida. La OMS puntualiza que, a nivel mundial, en promedio, más de la mitad de las víctimas de depresión no recibe atención, pero en América la falta de asistencia se eleva a siete de cada 10 pacientes, aumentando en países económicamente vulnerados.

Para Porciúncula, los números expuestos por Bustelo a nivel país no son del todo acertados. "Lo que la OMS dice es que un 20% de la población mundial podría sufrir a lo largo de su vida algún trastorno mental. Si adaptamos eso al Uruguay y específicamente a la depresión los resultados serían un poco distintos".

Más allá de la interpretación matemática que cada técnico realiza, hay un apunte inequívoco: el MSP no dispone al día de hoy de datos estadísticos propios para conocer cuál es el universo de personas enfermas de depresión en Uruguay y, por lo tanto, ignora el estado de la patología que atraviesa el país para poder ubicar un punto de partida certero. Entonces: ¿qué estrategia sanitaria es posible desplegar sin un diagnóstico confiable?

La doctora Sandra Romano, directora de la Clínica Psiquiátrica de la Facultad de Medicina de la UdelaR, asegura que dentro de la formación médica universitaria se instruye a los alumnos en aspectos de la salud mental, psicología médica y relación médico-paciente. "Apuntamos a que el médico general pueda identificar los distintos cuadros depresivos y hacer un abordaje inicial correcto. Lo más importante es el primer diagnóstico. No necesariamente todos los casos requieren de un psiquiatra o un equipo de salud mental para tratarlo". Según distingue la doctora, la depresión tiene grados muy variables. "La gente socialmente habla de depresión y tristeza como si fueran sinónimos, pero son conceptos bien distintos. La tristeza es un sentimiento y la depresión es un estado patológico que puede anular a la persona".

Dependiendo del número y la intensidad de los síntomas, los episodios depresivos pueden clasificarse como leves, moderados o graves, según explica formalmente la OMS. Las personas con cuadros leves tendrán alguna dificultad para seguir con sus actividades laborales y sociales habituales, aunque probablemente, señala el organismo, no las suspendan completamente. A diferencia de esto, durante un cuadro depresivo severo es muy improbable que el paciente pueda mantener sus actividades sociales, laborales o domésticas sin complejas limitaciones.

Cómo sanar.

Esta enfermedad opera en un plano de sentidos muy profundo, y hace que pierdas el sabor por completo. No hablo del sabor por la comida, que también se pierde, sino más bien el sabor de la vida misma. Hablo del placer. La sal no sala y el azúcar no endulza, como canta Charly", dice Carlos, un hombre que pasó hace poco los 40 años y tuvo que enfrentar dos episodios graves de depresión en su vida, uno a los 17 y otro a los 38. Le costó varios meses alcanzar nuevamente el equilibro. Hoy lleva una rutina estable bajo medicación farmacológica y asistencia terapéutica.

"La terapia psicológica me ayudó como herramienta técnica, pero realmente lo que me despegó del pozo fue mi familia. Sin ellos hoy yo no estaría acá contándote lo que viví". Afortunadamente Carlos vive y cuenta. Y además, su relato va cargado de denuncias. Reclama que le tocó vivir un complicado y costoso acceso a los tratamientos. Tanto a los fármacos como a las sesiones psicológicas, que "cuestan demasiado dinero". Como barato, una terapia puede costar unos $ 3.000 al mes, y a eso hay que sumarle el gasto en fármacos, que varía según el remedio y la frecuencia que se deba tomar. Pero lo económico no ha sido el único reproche de Carlos. "Los psiquiatras te dedican muy poco tiempo en cada sesión, te estoy hablando de una consulta de 10 o 15 minutos, nada más". Él describe el vínculo médico-paciente un tanto apático, frío y hasta con cierta desidia.

"La sesión con el médico dura lo que vos tardás en informarle cómo venís con la medicación. Si estás bien, te la mantiene o a lo sumo te receta menos cantidad. Si estás peor, aumenta la dosis del fármaco, y hasta la próxima". Ahí termina el encuentro de atención médica convencional en la dinámica que ofrece hoy Uruguay, dice Claros. "Para que te den hora con el especialista, además, te pueden hacer esperar entre uno y tres meses", remata, e increpa lo traumático que puede llegar a ser ese proceso para un enfermo.

En su trayectoria Carlos cambió varias veces de mutualista entre pública y privada y asegura que siempre fue igual. "Cuando tenés depresión, plantearte cambios de este tipo es muy complejo, porque estas anulado. No podés decidir, te cuesta mucho definir. Vos necesitás tiempo para contar tu vida y para sentirte cómodo, justamente, para no abandonar el tratamiento. Es muy difícil, no te la hacen fácil. Es duro y costoso", concluye.

Con tratamientos psicológicos a tiempo, contención afectiva de familiares y, si fuera necesario, asistencia farmacológica, las personas dejan el calvario y vuelven a respirar, retoman una vida normal. Con la mejor de las suertes, superan la enfermedad aunque, lastimosamente, el periplo no acabará allí. Los pacientes deben enfrentar una segunda batalla: el afuera. Convivir con el estigma que arrastran por haber vivido un trastorno mental.

"Acá en el banco se ve muchísimo. No sé si es porque les resulta cómodo, pero cuando se enteran de lo que te pasa, para la gente empezás a ser la loca del grupo. Te ponen el rótulo y no te la sacás nunca más en la vida", dice Susana, y agrega: "Si manifestás disconformidad con lo que dice la mayoría, la gente te descalifica porque vos sos la psiquiátrica del trabajo. Es bravo aprender a convivir con eso y que no te haga daño, en paralelo a la enfermedad. Se siente muy feo".

Muerte por suicidio.

"Yo planeé cómo hacerlo. Tenía todo estudiado: lugar, hora del día, método. Pero pasó un mosca por mi cabeza a último momento y frené. Mis hijas. Hoy lo recuerdo y hasta me da miedo contártelo, porque estuve muy cerca, y si esa mosca no hubiera pasado, yo lo hacía", recuerda Susana mientras esquiva la mirada y se muerde los labios.

Cuando la depresión no es bien abordada se corre el riesgo de que suceda el más terrible de los desenlaces: la muerte. Al igual que el cáncer se cobra la vida después de una metástasis, la depresión también invade por completo y vence. Si bien Porciúncula cree importante matizar que no todas los suicidios corresponden a cuadros depresivos, el vínculo entre ambas situaciones es muy cercano.

"En Uruguay mueren dos personas al día por suicidio, que no se ven ni se oyen. Esa idea obsoleta de creer que si los mencionamos provocamos un contagio social, es falsa. Si no lo hacemos visible, descuidamos a los más débiles. Y aumentan las muertes, como está pasando ahora. La OMS, incluso, está incentivando estos diálogos para proteger, justamente, a los más vulnerados", asegura Bustelo.

Los últimos datos oficiales difundidos por el MSP, correspondientes al año 2016 y publicados en 2017, ubican la tasa de suicidios como la más alta de la historia reciente, superando incluso a la de 2002, año líder en la lista suicidios por la profunda crisis económica que atravesó el país. En aquel entonces murieron 690 personas y en 2016, 709.

A pocos meses de conocerse este alarmante dato, el pasado 18 de marzo, la sociedad uruguaya se sorprendió con la noticia de que la única línea telefónica para prevenir el suicidio en el Uruguay cerró. Atendía 15 llamados diarios. Hace dos años habían dejado de recibir el apoyo de la IMM y, en esta oportunidad, el Hospital Militar y el Ministerio del Interior cesaron sus convenios. Una semana después del cierre, ASSE anunció la apertura de otra línea, 0800 8483 (VIVE), disponible para brindar respuestas de emergencia. Esta solución es transitoria y funcionará hasta el 30 de junio, ya que están creando un servicio nacional de respuesta integral.

"¿Qué es la mente? ¿La mente dónde está?", se pregunta Susana. La mente está oculta y, a veces, lo que no se ve, para muchos no existe. "Hay que normalizar esta enfermedad como cualquier otra dolencia que tenemos los humanos", agrega Carlos. "Las estadísticas son altísimas y el desconocimiento, también. La información existe pero algo falla, porque la gente no se entera. Aún hay mucho por hacer". Hacer visible lo invisible puede salvar vidas.

Enfermedad que afecta a 322 millones en el mundo

La Organización Mundial de la Salud (OMS) realizó un estudio el año pasado, que abarcó a 36 países ricos y pobres, y concluyó que el acceso limitado a la atención de la depresión supone una pérdida de un billón de dólares anuales en la economía mundial. Según las deducciones, cada dólar invertido en la ampliación del tratamiento para la depresión y la ansiedad, devuelve un retorno de cuatro dólares en mejor salud y habilidades para trabajar. Al día de hoy la depresión afecta a una población de más de 322 millones alrededor del mundo. Y también tiene género: es casi dos puntos porcentuales más frecuente en mujeres que en hombres, de acuerdo a datos de la OMS. Y lo más fuerte: en la actualidad es la enfermedad que genera el mayor grado de discapacidad en las personas.

Abundan los certificados truchos para cobrar subsidio

Las personas con depresión tienen la posibilidad de solicitar ayudas económicas en el BPS. Los pacientes solteros que continúen en actividad, podrán acudir a un subsidio del 70% de su salario, siempre y cuando tengan el certificado médico que confirme su patología. En caso de tener hijos, el monto sube unos puntos más. Cuando se trata de un paciente con una enfermedad inhabilitante que no le permite continuar la actividad laboral, la jubilación supone un 65% del sueldo. El BPS advierte un eventual colapso del sistema por la sobrecarga de certificados por depresión. Fuentes del directorio advirtieron que muchos pacientes sanos tienen la complicidad de médicos para configurar un cuadro depresivo severo cuando no existe. Se realizan certificados legítimos pero con diagnósticos falsos. Según explicaron, el sorprendente aumento de jubilaciones por esta patología dejaría en evidencia la trampa. El resultado pone en jaque la solvencia del sistema.

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