Reinventar otra vida

La emigración marcó la trayectoria de esta periodista cubana asentada en Miami. A los 16 años se despidió de La Habana, y se reseteó en Miami, producto del cambio. Reportera, con un Pulitzer en su haber, se estrena como novelista con La memoria de las olas, un relato sobre un doble traslado −de Canarias a Cuba y de allí a Estados Unidos−, en el que afloran sus vivencias.

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Marcelo A. Villar-Ojito.

En Coral Gables, Miami, la gente saluda con un hola, los letreros son bilingües y las calles se llaman Minorca, Catalonia, Segovia, Andalusia..., hasta llegar a la avenida Aragón, que es donde vive Mirta Ojito (La Habana, 62 años). Lleva ocho años en una casa que según dice “hoy no podría comprar”. El barrio está repleto de concesionarios de autos deportivos, y la calle tomada por el tránsito. En las veredas, los pocos transeúntes van vestidos como si acabaran de salir de un gimnasio. En ese marco, la suya es una casa invadida por las plantas.

Vive con el segundo de sus tres hijos. “Es productor musical. Ahora le ha dado hasta por cantar”, cuenta. Tiene otro que es actor y vive en Nueva York (va a buscar una foto de su caracterización como Edipo Rey, y aclara que él no tiene todos esos tatuajes que se ven en la imagen). El menor trabaja para una ONG. Los tres son de padre español. Habla de ellos antes que de sí misma.

Su casa es una mezcla de muebles eclécticos, libros y plantas entre un porche y un jardín trasero.

–¿Tiene mano verde?
–Fue un regalo póstumo de mi mamá. Al vaciar su casa heredé montones de plantas. ¿Qué se hace con lo que queda de alguien que ya no está? Aprendí a cuidarlas, y descubrí que me dan paz.

–La emigración es clave en su vida personal, profesional y literaria. ¿Acaso cambia la perspectiva?
–Siempre es derrota y esperanza. El tipo de periodismo que he hecho no es de denuncia. Es de curiosidad. Eso no está lejos de la ficción. La memoria de las olas (editorial Planeta), es mi primer intento de ficción, pero siento hacia los personajes, la misma empatía que sentí escribiendo crónicas. A las personas y a los personajes nos definen las decisiones buenas y malas que tomamos. Tanto trabajando para el Miami Herald como para The New York Times, mi interés siempre fue menor por la política de inmigración, que por lo humano. Creo que ahí está la universalidad. Los temas, cuanto más pequeños, más universales.

–Con 42 años escribió sus memorias en El mañana.
–Era el nombre del barco que nos sacó de Cuba. Fue un éxodo. Es mi historia y la de 125 mil personas más.

–Abandonó Cuba vestida de gala.
–Casi. Mi madre era costurera y teníamos preparada lo que llamaba “la ropa de la salida”. La idea no era vestirnos de donde salíamos, sino de donde aspirábamos llegar. Me hizo vestidos con cuatro, con siete, con nueve años...

–Pero se fue con 16…
–Había tensión entre lo que decían en la escuela, y lo que decían en casa. Tenía miedo de no poder integrarme ni en un bando, ni en otro. Creo que esa incomodidad fue clave para que me hiciera periodista. La incomodidad te permite mirar desde fuera tu propia vida y la de los otros. Te da distancia.

–¿Se fueron de Cuba los que se lo podían permitir?
–Para nada. Mi padre era conductor de camiones y trabajaba para una empresa estatal. No le parecía bien que te dijeran cómo tenías que pensar. Cuando la Revolución Cubana comenzó, la herramienta que utilizó para consolidarse fueron los niños.

–¿Adoctrinamiento?
–Profundo. Mis padres solo fueron a la escuela primaria. Pero mi mamá era una gran lectora. Y mi padre estaba pendiente de las noticias. Yo regresaba de la escuela diciendo “qué desastre los norteamericanos en Vietnam”, y mi padre contestaba: ‘el gobierno de Estados Unidos puede estar tomando decisiones malas. Pero el gobierno no es el pueblo’. Eso era contrario a lo que nos enseñaban. Para ellos el país, la isla, el pueblo, la sociedad, los mártires, la literatura, la cultura..., todo era la revolución. Aprender que los gobiernos vienen y van me despejó la nubosidad que tenía en la cabeza.

–¿Cómo se fueron?
–Cuando uno anunciaba que se iba tenía que presentar ‘la salida’; o sea, los papeles con la visa del país que te admitía, la renuncia al trabajo y a la escuela.

–Salieron en el éxodo masivo de 1980...
–Llegó la policía un 7 de mayo. ‘¿Están listos para abandonar el país?’, era la frase que repetían. En el puerto del Mariel embarcamos en un buque que habían elegido los familiares que teníamos fuera. Lamentablemente se rompió, y mi tío pactó con el patrón de El Mañana, un excombatiente de Vietnam, que se llevara con él a los niños y las mujeres; y que remolcara al roto hasta aguas internacionales. Mi tío se aseguró que yo aprendiera el teléfono de su casa de memoria. Luego pasé 15 horas vomitando. Desde entonces le tengo terror al mar.

–¿Con qué se fueron?
–Con lo puesto. Yo llevaba un lápiz de labios que mi tío me había traído de Estados Unidos el año anterior, y una pluma. Si cargabas maleta, te la quitaban. En Cayo Hueso, Florida, nos pasaron a una nave de la Marina. Una señora anotaba los teléfonos a los que llamar. Y la esposa de mi tío nos recogió. Convivimos con ellos durante tres meses.

–¿Cómo consiguieron prosperar?
–Trabajando. Recibían bien a los inmigrantes: ‘bienvenidos a su nueva vida’, decían. Mi madre empezó a coser en una fábrica, y mi padre a manejar un camión. Yo a los 17 ya trabajaba. Mi hermana, a los 15.

–Fue recibida sin miedo. Lo contrario de lo que ocurre hoy.
–Mi sensación fue la de llegar a un sitio mejor… ‘¡Oye!, ¿puedes parar esto?’, dice por la grabadora.

–Mejor conteste lo que quiera.
–Tiene que ver con mi trabajo de periodista. Consiste en reflejar la realidad, no en opinar sobre ella, ni inyectar en ella mis experiencias.

–¿Cómo reportear fuera de la experiencia?
–Es imposible, claro. Pero trato de escribir desde la posición más neutral posible, porque creo en la posibilidad del asombro. Para aprender algo nuevo no se puede tener ni un punto de vista absoluto, ni posiciones muy fijas. El día que pierda la posibilidad de la sorpresa, me dedicaré a otra cosa. Lo que sí puedo decir es que reviso a diario historias increíblemente tristes. Nuestra llegada fue distinta porque la relación entre Cuba y Estados Unidos era otra.

–Pero ese privilegio ya no existe. Dedicó su segundo libro, La cacería, al asesinato de un inmigrante.
–Marcelo Lucero. Lo mataron en 2008 en Patchogue, un pueblo de Long Island. Tenía 37 años.

–¿Por racismo?
–Vuelvo a lo mismo: la dificultad de simplificar. Entonces yo no trabajaba de periodista, sino de profesora de Periodismo en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Tenía tres hijos. Uno era adolescente, y pensé: ¿cómo pueden unos adolescentes entretenerse maltratando a seres humanos? No busqué exponer una historia de racismo. Busqué saber qué pasa por la cabeza de un adolescente para llegar a hacer eso.

–¿Qué hacer cuando se necesita mano de obra barata, que casi solo la ofrecen los inmigrantes, y hay un auge de la intolerancia?
–No soy política. No puedo hacer nada.

–¿La inmigración es necesaria para el progreso de la economía?
–Ese es el tema: que exista intolerancia ante algo que te beneficia. Llevo escribiendo sobre eso desde 1987 en El Nuevo Herald. Llegaban cubanos y eran detenidos indefinidamente, hasta que la Corte Suprema cambió la ley, y detener indefinidamente a quien no tenía dónde ir, pasó a ser ilegal. Parte de nuestro trabajo es contar las historias desde polos opuestos. Es lo único que podemos hacer. Eso y ver cómo se repite la historia. Si estás en esta profesión muchos años, todo se repite.

–¿Desde cuándo siente que su casa está en Estados Unidos?
–Desde que tuve hijos. Y no es en Estados Unidos, es donde estén ellos.

–Habla con sus hijos en castellano. ¿Por qué escribió La memoria de las olas en inglés?
–Hablando me siento más cómoda en español. Pero leo mucho más en inglés. A ver, si leo a Isabel Allende o a María Dueñas lo hago en español.

–¿Son referentes?
–A ambas las he entrevistado. También son referentes Geraldine Brooks, Anne Paget, Kristin Hannah... El campo que me interesa es la novela histórica.

–¿La ficción histórica no es un oxímoron?
–Toda historia es parcial. Ponerles contexto las acerca. Pero también tengo escritores referentes: Oscar Hijuelos…, y estoy fascinada con Rabih Alameddine, desde que leí La mujer de papel. Me dedicó la novela escribiéndome: “te deseo pelo azul”.

–¿Es una lectora desprejuiciada?
–Absolutamente. Me gustan los libros que me abren mundos. Pero no leo ciencia ficción.

–¿Es viuda?
–Bueno..., hay algo de viudez en mí. El padre de mis hijos, que me llevaba 30 años y se llamaba Arturo Villar, murió de Covid, en 2021, en Santander. Aunque nos divorciamos en 2012, tuvimos muy buena relación. No fui viuda, pero sé lo que es perder a quien has querido. También criar a hijos que han perdido a un padre.

–¿Se casó muy joven?
–A los 30 años con un hombre de 60, pero era más joven que yo. Es posible que muriera más joven que yo. Era escritor, pensador... Disfrutó como solo los españoles saben disfrutar la vida.

–En su novela habla de mujeres fuertes que dependen de sus parejas.
–El amor es una tienda de campaña. Te cubre. Le di a mi protagonista mi profesión. Y mi miedo al agua.

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La memoria de las olas narra una doble emigración: de Canarias a Cuba y de Cuba a Miami. Inventa una bisabuela que tras una boda organizada y tres abortos, abre un salón de baile llamado Alegría.
–Mi familia no llegó en el Valbanera. Pero abrió ese salón en Sabanilla (Cuba). Y le puso ese nombre. La novela empieza porque me encuentro un libro, El misterio del Valbanera. Lo compro por diez dólares y me pregunto cómo, siendo cubana e inmigrante, me sé todo lo del Titanic y nada del Valbanera.

–¿Por qué eligió hacer ficción?
–El autor de ese libro, Fernando José García Echegoyen —con el que me comunico—, había hecho un trabajo tan bueno que sentí: ‘¿qué me queda a mí?’. Soy la directora sénior de Standards de NBC en Telemundo. Eso quiere decir que velo porque nuestro periodismo cumpla con las reglas del mejor: ser cierto y justo con todos los puntos de vista...

–¿Por eso es cauta opinando?
–Me cuesta tener opiniones fijas. Me puse a escribir ficción sin saber de dónde procedía mi familia. Cuando murió mi mamá, entre sus papeles figuraban los nombres de sus abuelos y del lugar en que nacieron. Su abuelo materno, Antonio Quintana, era de las islas Canarias. De eso me enteré cuando ya había escrito la novela en la que justo trazaba la historia de una familia canaria que emigraba a Cuba.

–¿Cuánto han cambiado las migraciones?
–Todo. Antes uno se iba para siempre. Hoy no. Hay miles de personas luchando por la ciudadanía española, para regresar. Antes había familias que se rompían y recomponían al otro lado del Atlántico. Ahora está pasando al revés.

–En su novela, la madre exige.
–Le debía esta novela a mi mamá. Fue exigente. Pero me enseñó a ser madre. Siempre ponía por delante a sus hijos.

–¿Eso es ser madre?
–Para ella, sí. Fue exigente con ella misma y con los demás.

–¿Se aprende a ser mejor madre con una madre exigente o con una madre amable?
–Mi madre siempre decía que estar viva era un milagro. Su papá no sabía leer ni escribir. Venían de un lugar perdido. Se mudaron a Santos Suárez y estuvieron siempre dispuestos a cambiar sus circunstancias para mejorar. Estoy extremadamente agradecida. Una de las suertes de la vida es que nací con padres buenos. Eso no le pasa a todo el mundo.

–Tampoco todos los emigrantes prosperan.
–No. Pero un alto porcentaje sí. Salir de tu país te hace una persona con espíritu emprendedor. No tienes miedo. Si lo tienes, lo superas.

–¿Un emigrante es más ambicioso que el resto?
–Pone en juego su vida. Empieza de cero.

–Hay muchos tipos: huyen de guerras, de injusticias e incluso, algunos, de la justicia.
–No tengo ni idea. Aquí hay mucho dinero en juego. Gente que compra pisos y encarece los que pueden comprar los demás. Nunca he trabajado esas historias. Me llaman las de personas que se tienen que reinventar.

–“Atreverse a volver a vivir”.
–Los que dejamos atrás una vida tenemos que reinventarnos. Tu anterior yo, tu anterior persona, murió. Te conviertes en otra. Las maneras como lo hacemos son fascinantes.

–¿La felicidad es como un huerto?
–Siendo honesta, eso no me lo dijo mi padre, tal como lo escribo en la novela. Pero lo aprendí. Heredamos la alegría y el trauma. La alegría es una manera de vivir. Del trauma no se habla. Es posible que ni sepas que existe. Llevas ese peso. Y a lo mejor, un día tienes la suerte de hablar con un padre o un abuelo que te dice: ‘mira, cuando yo era muy chico fui violado’, o ‘a mi mejor amigo se lo comió un tiburón’. Si sucede, puedes tratar de entender de dónde viene el dolor. Pero hay gente que pasa por la vida sin saber nunca por qué carga ese peso.

–¿Por qué quiso ser periodista?
–Con 13 años, una amiga de mis padres, soltera e independiente —tenía incluso chófer— no me trataba como a una niña. Un día tenía en su casa a un señor recién liberado de una cárcel cubana. Hablaba de cómo lo habían torturado. Yo le dije que en Cuba no se torturaba a la gente. El hombre se levantó la camisa y me enseñó heridas de bayoneta. Sentí vergüenza. Pero Maricusa, en lugar de hacerme sentir esa vergüenza, dijo que debía ser periodista. Pregunté ¿qué es eso? ‘Alguien que hace preguntas buscando la verdad’.

–Ganó el Pulitzer —compartido— escribiendo sobre racismo en Estados Unidos para The New York Times.
–Era la historia de dos balseros cubanos, uno negro y uno blanco, que llegaron juntos en 1994. El gobierno de Estados Unidos, presidido entonces por Clinton, no los aceptó, y los enviaron a la base naval de Guantánamo. Luego consiguieron llegar. La experiencia era común, pero su vida no. Di con ellos. La sospecha era, si por ser uno blanco y el otro negro, sus vidas habrían sido distintas.

–¿Y?
–Radicalmente. La del moreno había sido mucho más difícil.

–Como periodista, da tres consejos…
–Los heredé de Will Rose, mi redactor jefe en el Miami Herald. Él decía que solo había tres cosas importantes en el periodismo: detalles, detalles y detalles. Me lo dijo en 1987, cuando estaba a punto de entrar como reportera en una prisión federal, porque unos cubanos habían tomado posesión de la cárcel y tenían rehenes. Escogieron a dos periodistas. Uno de la agencia AP y a mí, que acababa de empezar. Me dio pena por el colega: toda una plantilla de periodistas y eligen a la nueva. Pero en lugar de lamentarse, me dio ese consejo.

–¿Sigue siendo reportera?
–Mi personalidad sí. Pero trabajo revisando el material de otros. Controlo la calidad. Cuando llegan imágenes fuertes, pido que las pongan en contexto, que avisen, que bajen el croma a la sangre, o que le tapen la cara al niño...

–¿El periodismo la hizo más valiente o más cauta?
–Soy más valiente trabajando, que en mi vida privada. No sé montar en bicicleta, ni patinar. Apenas sé nadar. De chiquita todo me daba miedo, pero como periodista me metí en situaciones difíciles, sin pensar.

–¿Por ejemplo?
–Estuve en Angola buscando una entrevista con Jonas Savimbi, y la logré. Cuando trabajo, no se me pasa por la cabeza tener miedo.

(Derechos exclusivos, El País de Madrid).

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