EFE
Oliver Kahn, el único portero declarado oficialmente como el mejor jugador de un Mundial, se despidió ayer de la selección alemana con un tercer puesto en el que ha tenido un protagonismo residual.
Kahn fue durante años uno de los símbolos del fútbol alemán, pero llegado el momento culminante, cuando su país acogía la máxima competición, se vio desplazado por el criterio de Klinsmann, que eligió a Lehmann.
No fue una transición sencilla, porque Kahn reclamó el valor de sus galones y se resistió a ceder un puesto que consideraba que le pertenecía, pero la buena trayectoria alemana ahogó sus quejas.
La mayor virtud de Kahn ha estado siempre en los reflejos sobre la línea de meta y en el mano a mano con los delanteros contrarios. La figura del "titán", como se le conoce en Alemania, suele asociarse con su increíble actuación en la Liga de Campeones de 2001 y sus paradas sensacionales en el Mundial de 2002.
El mito tenía la fuerza para ganar partidos, al margen de las evidentes virtudes objetivas de Kahn sobre la línea de meta.
Sin embargo, en la final del Mundial de 2002 soltó un disparo de Rivaldo que cayó a los pies de Ronaldo para que éste convirtiera en el primer gol de Brasil. Kahn, conocido como un obseso de la perfección, tardó en recuperarse.
Cometió errores claros en los dos años siguientes, pero el problema no eran tantos esos fallos sino que había dejado de parar balones imparables. El titán se había convertido humano. Klinsmann dijo que la lucha por el arco quedaba abierta. Kahn asumió el duelo y durante dos años se aproximó a su antiguo nivel pero no fue suficiente. Las razones no fueron la calidad de Kahn o Lehmann sino el tipo de portero que quiere Klinsmann: uno que juegue fuera de su portería, que asuma funciones de líbero, seguro con el balón en los pies y en eso Kahn parece un portero de otro tiempo.
Así quedó relegado al banco de suplentes y no tuvo su oportunidad hasta ayer cuando volvió a ser protagonista. Lo suficiente para colgarse una medalla y recuperar el aprecio de la afición.