“La calle Durazno muere sin saberlo”, dice la canción de Jaime Roos. En el caso de su cercana colega, la calle Rincón, su muerte ha sido anticipada varias veces. Es que la Intendencia capitalina, en su obsesión quijotesca por luchar contra el molino de viento del progreso y los autos, ha realizado obras que solo complican la circulación y agravan el proceso de éxodo de la Ciudad Vieja. Lo dicen los habitantes, los comerciantes, los expertos. Pero la Intendencia no escucha a nadie.