Los representantes locales de Naciones Unidas la deben estar pasando mal tras la visita de su jefe, el secretario general Ban Ki-moon. Ellos son los responsables de que el visitante felicitara a José Mujica por "su compromiso de toda la vida con la democracia", un elogio absolutamente inmerecido e inexacto que motivó la reacción de legisladores de la oposición que salieron a aclarar que el presidente uruguayo fue en el pasado un enemigo jurado del sistema democrático.
Ante errores tan gruesos que deben haber irritado a Ban Ki-moon cabe preguntarse si sus asesores son unos ingenuos o si acaso se tragaron la pastilla del revisionismo elaborado por ciertos escribas del oficialismo que procuran presentar a los tupamaros como luchadores contra la dictadura. Si se trata de lo primero, el secretario general debería tomar medidas por la falta de profesionalismo de su gente. Más grave sería que el gazapo del secretario hubiera sido inducido de modo deliberado por uno de esos burócratas internacionales tan proclives a edulcorar las andanzas de los guerrilleros.
El estilo de ese tipo de funcionario es conocido. Con una vida confortable y un buen sueldo asegurado suelen pontificar sobre un país al que acaban de llegar con una visión teñida del izquierdismo oportunista característico de lo que los franceses llaman la "gauche caviar". Eso puede explicar que se oculten verdades tan gruesas como la opción por la lucha armada de Mujica en los años sesenta. Si querían alabarlo pudieron destacarlo como alguien que rectificó sus hábitos antidemocráticos y terminó por someterse, con éxito, al veredicto de las urnas, pero nunca debieron describirlo como un acendrado demócrata.