Por decirlo suavemente, Argentina está otra vez estornudando. No es una frase hecha la que enseña que cuando ellos estornudan nosotros nos resfriamos. No importan las causas.
Los problemas de los argentinos deben solucionarlos ellos. Pero viven uno de los estados de conmoción que les son habituales, repercutiendo en sus índices económicos. Baja el precio de los bonos, sube la marca del riesgo país, y no sería de extrañar que la moneda se deprecie frente a un dólar tambaleante en el mundo en general, que va a demorar en recuperarse, porque la economía de los Estados Unidos, según todas las previsiones, va a demorar en recuperarse. A ello se suma el desprestigio popular de su Presidenta y la previsible pérdida de respaldo en el Congreso tras las pasadas elecciones.
Ojalá que la sangre no llegue al río, aunque el deterioro institucional es notorio y los piqueteros pro y contra el gobierno están enardecidos con las mentes calenturientas por algo más que la incidencia del agobiante sol de enero.
En estas condiciones, nos preocupa la repercusión que tendría en estos momentos otra debacle -especialmente en el tipo de cambio-, en cuanto afecte a la competitividad de nuestras exportaciones. Competitividad, hemos dicho y no productividad. Ese es el problema crucial, el de competir en el mercado, porque producir, producimos, al grado de darnos el lujo de tirar a la basura el exceso de la cosecha de duraznos.
Mal momento para la visita del Presidente electo a la Presidenta Fernández, para hablar de temas que nos importan, pero que deberían importar mucho más al gobierno actual, para tomar los resguardos del caso. Porque el panorama es muy preocupante.