Wilson tenía razón hace medio siglo

Ayer se cumplieron 50 años del golpe de Estado de 1973. La fecha ha sido propicia para el desarrollo de múltiples eventos públicos, notas en prensa, programas en televisión y reflexiones de distinto tipo y valor.

Hoy en día, afortunadamente, la inmensa mayoría de los uruguayos estamos a favor de la democracia, la plena vigencia de los derechos individuales, el cambio pacífico del poder a través de elecciones limpias, la libertad de expresión ejercida sin limitaciones y la plena vigencia de la Constitución. Ya casi no quedan quienes desprecian la democracia liberal por meramente formal, ni quienes la atacan pensando que pueden medrar en favor de su causa porque no existe público para ese mensaje, pero vaya que existieron y que tuvieron peso en los años sesenta y setenta.

Cuando se analizan los posicionamientos de líderes políticos, intelectuales, periodistas y, en general, de todos aquellos que participaban del debate público en aquellos años llama la atención el enorme desatino de personas inteligentes y cultas. ¿Cómo fue posibles que personas de izquierda y derecha perdieran la fe en la democracia, apelando por el asalto del poder desde la guerrilla o desde las fuerzas del Estado? Hoy en día está de moda rechazar la “teoría de los dos demonios” sin mayor análisis como forma de lavar la culpa de la izquierda, pero, más allá de nombres y títulos, excluir del análisis que existieron dos minorías autoritarias que procuraron obtener el poder por las armas es dejar el relato inacabado.

Desde la primera acción terrorista de los tupamaros con el robo al Club de Tiro Suizo en 1963, en pleno gobierno blanco cuando todas las libertades eran respetadas, se fue cimentando el camino a la violencia. No debemos olvidar que los primeros que robaron, secuestraron, torturaron y mataron en nuestro país fueron los tupamaros. Luego, por cierto, los mandos militares actuaron con igual soberbia y también incurrieron en toda serie de atrocidades.

Como bien viene diciendo en estos días el Presidente del Honorable Directorio del Partido Nacional Pablo Iturralde, los verdaderos demócratas están en contra del terrorismo, no solo del terrorismo del Estado, que por cierto también está incluido. Solo se puede construir una sociedad verdaderamente democrática si se rechaza toda la violencia política, de todas las partes y con cualquier fundamento. Esta verdad tan evidente no es la que forma parte del discurso dominante en estos temas, en que incluso con buena fe mucha gente de los partidos tradicionales cae en la trampa de los académicos militantes para que el Frente Amplio y la izquierda puedan sacar la pezuña del lazo de su responsabilidad histórica.

En aquel aciago año 1973, como comentábamos antes, muchos políticos perdieron el rumbo. El presidente Bordaberry faltó a su promesa constitucional disolviendo el Parlamento y encabezando la dictadura en sus primeros años. Líber Seregni entendía que la verdadera disyuntiva era entre oligarquía y pueblo y se fue al amague como la enorme mayoría de la izquierda con los comunicados 4 y 7 que presagiaban un golpe peruanista de izquierda. Entiéndase bien, si la dictadura hubiera sido de izquierda aquel Frente Amplio la hubiera apoyado, es un hecho documentado, entre otros, en el contundente libro de Alfonso Lessa titulado El pecado original.

Pero en medio de tanto yerro grosero uno de los principales líderes políticos del país no le erró ni por un milímetro. Wilson Ferreira Aldunate se plantó firme contra el golpe, vale decir contra cualquier golpe, recogiendo la hermosa tradición de defensa de la libertad del Partido Nacional desde la misma fundación de la Patria.

En un acto en el Cerrito de la Victoria en la noche previa al golpe, comentando las ambigüedades democráticas de Seregni afirmó Wilson que a él no le importaba si la dictadura era de izquierda o de derecha porque el Partido Nacional iba a estar en contra de cualquier dictadura que instalara en el Uruguay, como lo estuvo siempre, de todas. Esta claridad en tiempos de tantas miserias humanas ciertamente distinguió a este estadista que se convirtió en aquella misma fecha infame en el vengador de la República. Y pese a los pactos y las traiciones, ciertamente, Wilson supo cumplir.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar