En pocos días más dará inicio una nueva edición de la Marcha al Encuentro del Patriarca, uno de los eventos más destacados del calendario de actividades tradicionalistas del Uruguay, donde miles de ciudadanos homenajean al General Artigas. La marcha sale de Paysandú y recorre 120 kilómetros a caballo en 4 días, aquellos que pasen sin saber por la ruta 3 durante esos días seguramente quedarán sorprendidos ante tanto caballo, camión y gente ocupando las banquinas y el costado de la ruta. Es normal ver desde niños a ancianos, como un río paralelo al asfalto que avanza lentamente, mientras que vehículos de apoyo van saludando con balizas y se escuchan las bocinas de asombrados testigos.
El movimiento tradicionalista goza de muy buena salud y debería significar orgullo para todos, por varios motivos. El primero es que nació acá y es producto de uno de nuestros ciudadanos más ilustres, pues fue el Dr. Elías Regules quien lo fundó en 1894 iniciando un rescate del gaucho y sus tradiciones con su Sociedad Criolla, pionera en un continente que miraba con admiración lo europeo y con indiferencia lo propio. La inquietud de Regules no se limitaba a nuestro país, abarcaba toda la cuenca gaucha, por lo que llevó su idea a Argentina, Paraguay, Chile y Brasil, donde también el movimiento germinó, transformándose en refugio de miles y miles de personas que, pasados 130 años, siguen viendo al tradicionalismo como faro.
Otro motivo importante es que se trata de un movimiento donde aún prevalecen valores que muchos piensan perdidos. Volviendo al principio para ejemplificarlo, durante la marcha es común que uno se separe de la gente con la que arranca, charlando con distintas personas y si algo le pasa, el primero que ayuda es el que está más cerca. Créannos que es lo más común que alguien te avise que estás por perder algo del apero, si vamos de cincha floja, que te ofrezcan agua, comida, o un consejo para hacer la cabalgata más llevadera, sin consultar nadie si al que ayudan es campero, de ciudad, estanciero o peón, allí marchan todos y todos juntos sin distinciones.
Y esa escena se repite en todo el país, en cada marcha, en cada desfile o festival. Incluso al momento de disfrutar un baile o un recital se suelen ver paisanos con cuchillos a la cintura que parecen garrochas, sin exagerar, y no deja de ser algo natural que no genera inquietud.
A lo largo del año no hay fin de semana que no tenga fiestas tradicionalistas, todo el Uruguay profundo (y ni tanto) recurre a este tipo de acontecimientos para recaudar fondos con fines solidarios, para solucionar temas específicos en lugares donde la mano del estado es más lenta en llegar o donde la urgencia hace imposible la espera; es un movimiento solidario por naturaleza.
Así, ese primer desfile que encabezó Regules y del que participaron 33 jinetes, dio origen a un movimiento que nunca más se detuvo, sí con épocas de más empuje y otras con menos, aunque ya consolidado en los últimos 40 y con hitos a resaltar, como la marcha ya mencionada, el festival del reencuentro de Treinta y Tres, Minas y Abril, el festival de Durazno, el esfuerzo de la UASTU y desde luego La Fiesta de la Patria Gaucha, de la que el arquitecto Pereda es alma mater y que para el Uruguay todo es motivo de admiración, pues es probablemente la fiesta más completa en cuanto a nuestras tradiciones.
Y si bien somos conscientes del gran momento que atraviesa el tradicionalismo, también creemos que los principales actores deberían aunar más aún sus esfuerzos: es el momento ideal por vigor, por cantidad de gente que arrastra, para que se haga oír fuerte en la reivindicación del gaucho y sus costumbres, tal como lo hizo el pionero, quien lejos de emprender una tarea sencilla lo hizo de una harto difícil y que hoy vuelve a tener gente que, en su ignorancia, cuestiona hasta el hecho de ensillar un caballo con frases sin sentido como que es maltrato animal.
Para lo último dejamos el atributo que consideramos más importante y es el notable detalle de no ser un movimiento politizado. Por todo el país flamean las banderas de los 33, la de Artigas y el pabellón nacional, no otras. Y no por falta de intentos, muchísimas veces se quiso permear el movimiento y muchísimos fueron los fracasos, así en el norte o en el sur, en el litoral o en la frontera con Brasil, en Montevideo, en Durazno o en el rincón que usted elija de este país, cuando se saluda el paso de un desfile o se busca levantar el ánimo algo cansado de los jinetes, el único grito que surte efecto, que eriza la piel, y que es el que se escucha, es el del título.