Por estos días se están cumpliendo 20 años del final de la operación militar de invasión de Irak por parte de Estados Unidos (EEUU) y más de 20 países aliados, que derrocó a la dictadura de Saddam Hussein y cambió radicalmente el escenario internacional postguerra fría.
Luego de la disolución de la Unión Soviética en 1991 hubo un tiempo de esperanza mundial en un orden liberal basado en el respeto por el derecho internacional y la extensión de la democracia. Sin embargo, los atentados terroristas de setiembre de 2001 en EEUU rompieron esa ilusión. Por un lado, la administración de George W. Bush fue apoyada activamente por todo Occidente y amparada en la legalidad internacional de la ONU, para atacar en octubre de 2001 al régimen talibán en Afganistán que había prestado ayuda a los terroristas que habían derribado las torres gemelas; por otro lado, EEUU lideró en marzo-abril de 2003 una invasión a Irak que justificó por la acusación de que Hussein estaba desarrollando armas de destrucción masiva.
Conocidas son las particularidades de esa coyuntura de hace veinte años: la gran coalición aliada de EEUU no contó con el apoyo de actores fundamentales del Consejo de Seguridad como Francia y Rusia, ni tampoco de Alemania. Pero, sobre todo, no logró probar que efectivamente Irak iba en camino a poseer armas tales que desequilibraran el escenario de Medio Oriente: la invasión que se publicitaba como una operación en favor de la libertad y la democracia terminó así hundida en mentiras, desestabilizaciones, y una profunda desconfianza en las verdaderas intenciones de Washington como hegemon internacional.
En efecto, distintos países del mundo vieron con preocupación cómo EEUU y sus aliados, en contradicción con otras potencias occidentales y sin respaldo de legitimidad en el derecho internacional, invadía un país y derrocaba a un líder que tan solo quince años antes había sido su principal aliado en la región. Y es a partir de esta invasión, de la que se cumplen veinte años, que se verifican dos evoluciones bien importantes en Asia y en Medio Oriente: Corea del Norte decide acelerar su programa nuclear en busca de la bomba atómica -cuyos primeros ensayos son en 2006-; e Irán expande su influencia en la región a partir de la demografía chií que es mayoría en Irak, y procura armarse nuclearmente de forma tal de asegurarse no ser invadido militarmente por EEUU.
Además, en estos veinte años perdió poder de seducción todo el discurso estadounidense que se inició con la invasión de Irak en Medio Oriente y que quiso hacer creer que podía imponerse la democracia y la libertad en todo el mundo árabe. En primer lugar, en vez de aportar desarrollo y estabilidad, la ocupación norteamericana en Irak fue un fiasco que atomizó al país y que sumó focos terroristas -sobre todo vinculados a las poblaciones sunitas- que se expandieron incluso a la vecina Siria, como fue el caso del grupo guerrillero y extremista conocido como Estado islámico.
En segundo lugar, todo el discurso favorable a la democratización que se extendió desde la ocupación estadounidense de Irak, y que fuera luego atizado en la primera administración Obama, terminó alumbrando lo que se conoció como la primavera árabe de 2011: un conjunto de revoluciones que abrasaron al mundo árabe y que de manera general fracasaron en la instalación de regímenes de esencia más democráticos que los que se ocuparon de derrocar.
Finalmente, lo más importante de la invasión a Irak fueron las conclusiones de los dos actores mundiales relevantes que son China y Rusia.
China, que recién estaba iniciando su proceso de inserción internacional que lo llevaría a ser la superpotencia económica y comercial que hoy conocemos, tomó nota del incumplimiento del derecho internacional y de la unilateralidad de la acción de la primera potencia occidental en una región ciertamente clave pero alejada de las fronteras naturales americanas.
Para Rusia, que ya tenía como presidente a Putin, esta invasión fue clave: cayó en la cuenta de que no había contrapeso alguno a la voluntad estadounidense dentro del esquema de alianzas de los países occidentales, y también de que todo el discurso liberal en torno al respeto al derecho internacional que había inspirado las relaciones exteriores de los años 90 estaba completamente terminado. Será también a partir de estas conclusiones que Moscú decidirá su invasión a Georgia en 2008; que sostendrá a su aliado sirio en defensa de su base naval en el mar Mediterráneo; y que, incluso, anexará en 2014 la península de Crimea.