Una marea de corto alcance

La victoria, el pasado domingo, del joven empresario Daniel Noboa en la segunda vuelta de las elecciones de Ecuador, tiene un impacto que va bastante más allá de su país. Noboa, de so-lo 35 años, se impuso en forma holgada a una candidata que representaba los intereses de Rafael Correa, exmandatario hoy fugado del país y viviendo en Bélgica, para evitar así ir a la cárcel por graves acusaciones de corrupción.

Vale señalar que Noboa es un candidato muy particular. Hijo de un empresario bananero que es tal vez el prototipo del magnate “crony” regional, Noboa logró lo que su padre no pudo en al menos cuatro intentos, llegar a la presidencia del país. Sus chances de vencer en esta elección, convocada de manera intempestiva por el expresidente Lasso como forma de neutralizar una operación de la izquierda correísta aliada con activistas indígenas y otros intereses opacos, eran casi nulas. Pero el asesinato de otro candidato, Fernando Villavicencio, a manos de sicarios narcos, cambió por completo el eje de la campaña. Y allí “saltó” sobre la mesa el tema de las políticas de seguridad, algo que había sido el estandarte del nuevo presidente electo, que supo conectar con las urgencias de los ecuatorianos.

En particular, Ecuador vive una ola de violencia narco absolutamente descontrolada, e impensada hace apenas unos años. El país se ha vuelto una ruta esencial para el paso de la cocaína que sale de Perú y Bolivia, en su ruta al norte. Algo potenciado por la decisión del expresidente Correa de cerrar una base militar estadounidense en la zona de Manta, con ese discurso “antiyanki” hueco y naftalinoso tan típico de algunas mentes en nuestro continente.

El problema es que se fueron los americanos, y llegaron los narcos, y ahora el país se ha vuelto en muchos sentidos impotente para enfrentar este dilema, y por lo cual ha decidido dar una oportunidad a una persona joven, pujante, y que llega con promesas de mano dura y de cambiar el estado de la seguridad en Ecuador.

Esta es una de las razones por las cuales la victoria de Noboa resuena más allá de las fronteras ecuatorianas. El problema del narcotráfico es común para todos los países de nuestro continente, y su combate no se puede lograr por parte de naciones aisladas. En ese sentido, lo que logre Noboa en ese camino, no solo podrá ser lección para el resto de los países sudamericanos, sino que también impactará en las organizaciones que se ramifican desde Argentina hasta México.

El segundo tema por el cual este resultado ecuatoriano es importante en el resto de América, es que sus ciudadanos han dado la espalda, nuevamente, al mesianismo tóxico de Rafael Correa. Correa, para quienes no recuerden, fue una de las espadas clave de la llamada “ola progresista” que a partir de los años 2000 se derramó por casi todo el continente. Si bien los líderes de la misma eran una tríada que iba desde Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, y Néstor Kirchner en Argentina, Correa supo ser un agresivo estandarte de ese movimiento regional.

Cumplió con todo el manual: atacó a la prensa, dividió a la sociedad, aplicó un socialismo prebendario en la economía que implicó corrupción y estancamiento generalizado. Y defendió como pocos un nuevo orden político regional nefasto, que entre otras cosas nos costó a los latinoamericanos quedarnos sin la opción de un gran área de libre comercio regional con Estados Unidos. Apenas bajó el precio de las materias primas, todo el andamiaje económico de esa era se vino abajo como un castillo de naipes, y no quedó nada.

El tema es que en los últimos años, los dirigentes de esa izquierda rancia que anida en el Foro de San Pablo, empezaron a tomar fuerza electoral. Y sobre todo tras el regreso de Lula en Brasil, comenzaron a replicar su campaña para extender su poder a todos los países de la región. Las victorias de Petro en Colombia, y de Boric en Chile, potenciaron la idea de que una nueva marea “progre”, se extendía en América.

La victoria de Noboa pone un freno a ese entusiasmo. A lo que se sumará, de forma casi segura, una debacle final del kirchnerismo en pocos días en Argentina. Si a esto agregamos el papel lamentable que han hecho en el poder Boric y Petro, hoy dos de los presidentes con más desaprobación del continente, y que hasta en México la casi segura continuidad del proyecto demagógico de López Obrador comienza a ponerse en tela de juicio, el panorama luce bastante más optimista.

Uruguay siempre ha sido un “bicho raro” en este contexto, pero estas noticias no dejan de ser un aire positivo para nuestro entorno.

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