Una guerra sin justificaciones

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Tras semanas de advertencias y negociaciones, el gobierno de Rusia decidió lanzar la madrugada de ayer una invasión masiva sobre el territorio de Ucrania.

Se trata de un país soberano, independiente, y el ataque es una violación flagrante a todas las normas y reglas internacionales, que han buscado proteger al mundo de episodios bélicos como los que lo desangraron durante el siglo XX.

Es importante dejar esto bien claro. No ha existiendo ningún acto de provocación que permita esbozar una justificación mínima del accionar que al momento de escribir estas líneas, ocurre en suelo soberano de Ucrania.

Esta guerra tiene como única y explícita explicación por parte del presidente ruso Vladimir Putin, una reivindicación territorial tan antigua como absurda, y llamativamente emparentada con aquel espacio vital, el “Lebensraum” que solía reivindicar nada menos que Adolf Hitler. Es asombroso que un país como Rusia, que sufrió tanto la barbarie expansionista nazi, y que fue clave para su derrota, sea capaz de usar elementos tan similares para justificar un avance de este tipo en pleno siglo XXI.

Ucrania es un país soberano, democrático e independiente. Que no ha tenido acciones violentas contra nadie como para justificar una agresión de este tipo en su contra. La muerte, destrucción, y daños económicos que sobrevengan tras este esbozo imperial de la Rusia actual, serán cargados por entero sobre la figura y conciencia de Vladimir Putin. Los libros de historia no habilitarán el tipo de manipulación informativa que suele ser la marca de orillo de los medios de comunicación y agencias de noticias financiados por Rusia. Incluso, algunos, desde nuestro propio país.

Casi tan lamentable como el accionar de las tropas rusas por estas horas ha sido la reacción de los organismos internacionales y algunas otras potencias.

Es asombroso que un país como Rusia, que sufrió tanto la barbarie expansionista nazi, y que fue clave para su derrota, sea capaz de usar elementos tan similares para justificar un avance de este tipo en pleno siglo XXI.

El principal señalado es sin dudas las Naciones Unidas. En los últimos años el trabajo de la ONU ha dejado mucho que desear, convirtiéndose en nicho para la propagación de agendas ridículas y divisivas, gastando miles de millones en mantener una burocracia improductiva. Pero las dos veces que fue necesaria su actuación para hacer una diferencia en el mundo globalizado de hoy, ha fracasado absolutamente. Hablamos de la pandemia de Covid-19, y esta invasión de Rusia a Ucrania.

Tampoco la Unión Europea ha estado a la altura de las circunstancias, y las sociedades del viejo continente, embriagadas por debates estériles, hoy enfrentan tal vez el mayor desafío en casi un siglo, con tanques avanzando por las planicies ucranianas, mientras sus líderes se dedican a declamar amenazas vacías de sanciones económicas, que ningún impacto parecen tener en el terreno.

Algo parecido se puede decir del accionar del gobierno de los Estados Unidos. Meses de advertencias y amenazas no han logrado frenar el avance bélico ruso. Y la conferencia de prensa del presidente Biden ayer, difícilmente vaya a hacer mucho más.

La gran pregunta es cuál es la intención de la otra gran potencia del momento ante esta situación, China. Todo parece indicar que ha preferido aliarse con un poder autoritario como el ruso, sepultando históricas diferencias, para habilitarle este zarpazo imperial en el corazón de Europa. ¿Cuál será la moneda de cambio acordada por esta complicidad? Ninguna respuesta es muy tranquilizadora para los amantes de la democracia y de las sociedades libres del mundo.

Si algo positivo se puede esperar de este momento histórico aciago es que las sociedades occidentales despierten de una buena vez de su sueño de una existencia idílica y cinematográfica, donde las agendas están marcadas por debates ridículos y de un “buenismo” empalagoso. El mundo sigue siendo ese lugar peligroso y amenazante que ha sido siempre. Y el precio a pagar por vivir en libertad y democracia es defender esos principios sin titubeos.

La historia enseña una lección dura, pero necesaria. Intentar apaciguar o moderar las ansias autoritarias de un líder mesiánico nunca ha terminado bien. Es necesario que el mundo libre y democrático presente un frente unido y cohesionado para enfrentar esta ofensiva militar que padece Ucrania. El precio de la inacción será alentar a su responsable a seguir por el mismo camino.

Y quienes desde Uruguay crean que la lejanía emocional o la distancia geográfica con los hechos que ocurren en este momento en Ucrania los habilita a mirar con desdén o frivolidad lo que ocurre hoy en Europa, harían bien en revisar los libros de historia.

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