Cuando un dirigente político dice algo inconveniente u ofensivo, lo habitual es que no demore en pedir disculpas. El caso del presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, es una notoria excepción a la regla.
No solo porque espetó un agravio a todo el Partido Nacional, sino porque explícitamente rechazó retractarse. No lo dijo en un grupo restringido de whatsapp ni en una charla privada entre correligionarios. Lo declaró a la prensa el sábado pasado: “Ellos tienen un problema: están más enojados porque Penadés les mintió que porque abusó de niños”.
En respuesta al estupor que este insulto provocó en la opinión pública, Pereira hizo una pésima enmienda, respondiendo así a radio El Espectador: “No me retracto. Lo que dije lo opino de varios senadores del Partido Nacional”, tras lo que relativizó tibiamente sus propios dichos admitiendo que “sí, me parece un exceso de mi parte, y ahí sí solicito disculpas a quienes pude haber afectado, en la generalización”. ¡Menos mal que no los culpa a todos!
El presidente del Directorio nacionalista, Pablo Iturralde, le replicó directamente que “hay líneas que no se cruzan” y que “para descender a niveles escatológicos y bajar a las cloacas, no cuentes con nosotros”.
Para embarrarla aún más, en los últimos días Pereira deslizó la disparatada especie de que su teléfono estaría “pinchado” por el gobierno.
Algo está fallando en esta persona, otrora un dirigente sindical razonable y dialogante. En el Frente Amplio ya lo están notando, y sobre esto el periodista Ramiro Pisabarro publicó una crónica en El Observador. Informa que desde filas del MPP y el Partido Socialista se está hablando del “desgaste” de Pereira como principal vocero del FA, a quien cuestionan por “pasarse de rosca”.
Una cosa es la extralimitación de un legislador de cualquier partido, en las críticas a sus adversarios, un fenómeno que es y ha sido siempre frecuente en nuestro debate político. Pero otra muy distinta es que una máxima autoridad partidaria incurra en insultos falaces como estos. Imagine el lector que el presidente del Directorio del Partido Nacional o el secretario general del Partido Colorado salieran a declarar a la prensa que los frenteamplistas son delincuentes, y que aclararan luego que no se retractarían de sus dichos, lamentando apenas haber generalizado.
El estilo de comunicación de Pereira tiene un tufillo a ese populismo soberbio y maleducado que tanto estamos viendo en la campaña electoral del país hermano, donde algunos se dicen cualquier cosa en una lucha en el barro que nadie puede ganar, y menos la ciudadanía.
En el caso de la presidencia del FA, uno a esta altura sospecha si no se tratará de un misterioso virus que contagia a quien la asume; porque otra figura irreprochable como Javier Miranda, había caído en la misma retórica de zócalo. Supuestamente por esa causa se lo había cuestionado desde la izquierda, pero el heredero parece superar con creces las peores marcas de su antecesor.
Es fácil interpretar que la virulencia dialéctica crece en forma directamente proporcional al nerviosismo de unos dirigentes que echan mano a la radicalización, como último recurso para tapar su carencia de propuesta y contradicciones ideológicas.
El tironeo impúdico entre comunistas y emepepistas los lleva a ser incapaces de exponer una posición partidaria única sobre el proyecto plebiscitario del Pit-Cnt contra la reforma previsional, a pesar de que constituye uno de los temas más gravitantes para el país de los próximos años. De un lado están los que siguen jugando al cuanto peor mejor: empujan el sistema a la quiebra y se relamen en el afán de expropiar ahorros individuales al mejor estilo kirchnerista. Del otro los que se dan cuenta de que semejante bomba les explotaría en las manos, si ganan el gobierno en la próxima elección. Pero en lugar de abrir el debate en forma franca, hacen la del tero: disparan insultos calumniosos a los partidos de gobierno y acallan la discusión de fondo, escudándose en una mera discrepancia “táctica”.
Más que el amor, los une el espanto. En su opción casi adictiva por la radicalización, mandan dirigentes frenteamplistas a Rusia a aplaudir a Vladimir Putin y justifican la insania criminal de Hamás en Medio Oriente.
Es en ese contexto antidemocrático en el que deben analizarse las usuales declaraciones del presidente del Frente Amplio.
No es solo él quien está pasado de rosca.
Su violencia es un reflejo del despiste antirrepublicano de la fuerza política que representa.