La pequeña tormenta mediática a dos orillas generada por la fallida gira de prensa del actor argentino Dady Brieva en Uruguay, dice mucho de nuestros sistemas políticos.
En conocimiento de que es un entusiasta defensor del kirchnerismo, los periodistas compatriotas le tiraron de la lengua sobre el tema y, como era de esperar, no se guardó nada. En canal 10, Patricia Madrid le recriminó frontalmente la intransigencia de los Kirchner con las pasteras establecidas en nuestro suelo. En VTV, Antonio Maeso lo invitó con sorna a tomar agua de la canilla. En Azul FM, Orlando Petinatti le recordó las simpatías nazi-fascistas de Juan Domingo Perón. E incluso se viralizó un video en que el periodista radial Esteban Queimada le lanza insultos abiertamente soeces.
Nada de esto sorprende en un país donde impera la libertad de expresión: solo vale diferenciar debidamente la ética de quienes ejercen un periodismo incisivo desde el respeto, con quien lo hizo con innecesaria y cuestionable chabacanería.
Por supuesto que Brieva se prestó a esos torneos dialécticos con su habitual desenfado, acostumbrado a un mercado de información como el argentino, donde muchas veces la notoriedad alcanzada es directamente proporcional a la agresividad de las declaraciones.
A partir de entonces, la decisión de la productora que contrató al artista de cancelar sus shows en el interior, motivó que en los medios del país vecino se especulara con que el público uruguayo le dio la espalda, por el tenor de sus opiniones políticas. Esto fue desmentido por el propio Brieva, quien aclaró posteriormente que se vendieron pocas entradas, más que nada por sobreoferta de espectáculos, y que hubiera podido postergar fechas, de no ser porque tiene otros compromisos.
A pesar de ello, la prensa argentina alineada con la oposición sacó rédito de esa marcha atrás; reprodujo los momentos más urticantes de las entrevistas locales y hasta tuvo palabras de elogio para los colegas uruguayos que las propiciaron.
La senadora del Frente Amplio se muestra muy empeñada en victimizar a un artista que ha venido a decir públicamente que los uruguayos debemos agradecer que a ellos les va mal.
Hubo dos repercusiones especialmente significativas.
Por un lado, las impecables declaraciones de Petinatti a la señal televisiva LN+, donde explícitamente se desmarca de cualquier motivación insultante y aclara que su diálogo con Brieva fue respetuoso. Frente a un Eduardo Feinmann que intentaba sonsacarle un juicio condenatorio, el popular “licenciado” llegó al extremo de declararse contrario a cualquier tipo de cancelación de un artista por cómo piensa o la ideología que profesa. Fue una hermosa lección de independencia periodística que dio un uruguayo, en vivo, a un colega que juega fuerte en un país donde impera tan dolorosa polarización. Nuestro compatriota se dio el lujo incluso de destacar cómo los expresidentes de tres partidos distintos se reúnen y dia-logan con civismo, más allá de di-ferencias. A quienes vimos ese segmento del programa argentino nos quedó la idea de un Feinmann algo decepcionado por no haber obtenido el juicio de repudio que ansiaba, y que interrumpió la entrevista de manera abrupta.
También fue revelador un tuit publicado por la senadora frenteamplista Liliam Kechichian, en que sugiere que la cancelación de los shows de Brieva puede ser “un gravísimo acto de censura”.
El comentario parece enmarcarse en la ya inveterada costumbre frenteamplista de agarrarse de cualquier cable pelado con tal de castigar al gobierno. Primero porque tanto la productora de la gira como el propio artista explicaron claramente las razones de la suspensión: si el simple hecho de que el público no compre entradas fuera un acto de gravísima censura, la senadora debería empezar por acusar a los espectadores de una iniquidad semejante, cuando muchos espectáculos nacionales fracasan en la taquilla (lejos del éxito que obtienen los argentinos mediáticos que nos visitan) y se ven forzados a suspender funciones o a bajar de cartel anticipadamente.
Pero además, la senadora del FA se muestra muy empeñada en victimizar a un artista que ha venido a decir públicamente que los uruguayos debemos agradecer que a ellos les va mal, o que cruzamos a desvalijar farmacias, o que estuvieron bien en cortarnos los puentes. Pero nada dijo de verdaderos actos de censura locales, como cuando la directiva del teatro El Galpón prohibió el ingreso del actor Franklin Rodríguez, por haberse expresado con libertad en una entrevista del semanario Voces.
Así funciona el Frente Amplio: atribuyen falsas intenciones de censura al adversario, pero son incapaces de reconocer la viga en el ojo propio.