NO recordamos que un hombre —sea éste un político, un deportista, un intelectual, un artista, un dirigente espiritual o cualquier otro— haya sido objeto de una adhesión multitudinaria y universal tan grande y sostenida como la que se puso de manifiesto durante la enfermedad, muerte y exequias de Juan Pablo II. No sólo fueron devotos de la religión que el Papa encabezó durante más de 26 años —y a la que le inculcó su sello personalísimo— sino también no creyentes o pertenecientes a otras religiones o los que aparentemente están al margen de una institución que cubre casi todo el planeta, quienes manifestaron su pesar por la desaparición física del Sumo Pontífice nacido en Polonia.
Y es que Juan Pablo II fue eso mismo que señala su título religioso: un Sumo Pontífice. Fue, sin duda, un hacedor de puentes, un hombre que tendió nexos entre orillas opuestas. Los "pontífices" de la antigua Roma llevaban ese nombre porque construían puentes entre el hombre y las divinidades: Juan Pablo, además de desempeñar esa función como supremo prelado de la Iglesia Católica Apostólica Romana, fue un incansable constructor de puentes (pontífice) que quiso llenar las fisuras, las brechas o los abismos que distanciaban entre sí a las distintas religiones y, también, a viejos separatismos dentro de la propia religión cristiana.
INTENTO superar el profuso historial de comunidades independientes, de sectas, de herejías y de convulsiones religiosas (en el s. XIV, por ej. hubo, con el cisma de Avignon, cuatro Papas a la vez, y cada uno de ellos excomulgaba a los otros...). Con esa pesada carga, Juan Pablo II realizó más de un centenar de viajes por todos los continentes, hizo contactos personales con el Patriarca de la ex Constantinopla, con los jerarcas anglicanos, con los pastores luteranos, metodistas, presbiterianos, calvinistas y de otras denominaciones cristianas y, en todos los casos, tendió sus manos y abrió su corazón fraternalmente. Fue el primer Papa de la historia en entrar en una mezquita. Igualmente, rezó y besó el Muro de los Lamentos, en Jerusalén.
No siempre obtuvo éxitos, es verdad. Pero siempre despertó admiración por su valentía y sinceridad así como un inocultable cariño por su extraordinaria personalidad.
Imbuido de una fe purificante, creyó necesario, también, purificar el pasado de su Iglesia. Por ello, pidió perdón por lo que los cristianos hicieron en las Cruzadas contra los musulmanes, entre los siglos XI y XIII.
AGREGUEMOS que también pidió perdón, en sus giras africanas, porque la Iglesia se asoció a la esclavitud, practicada por el poder temporal que imperó en los territorios colonizados.
Desde el punto de vista académico, no resulta difícil discrepar con estas actitudes de Juan Pablo II. No es admisible, en efecto, juzgar a una época con el criterio de otra posterior. Ello sería tan injusto y tan absurdo como admitir que la humanidad de hoy fuera juzgada —pasemos por alto su imposibilidad— de acuerdo con la escala de valores imperante en los tiempos paleolíticos o en las sociedades asiria, griega, romana o, aun, medieval o moderna. ¿Quiénes están en posesión de la verdad absoluta, si es que ella existe? ¿Los hombres de hoy o los de ayer? ¿El Papa actual o sus antecesores? ¿Los que predican amor y paz o los que ciñeron espadas y secularizaron sus costumbres? ¿Somos o no hijos de nuestra propia época?
DISTINTA consideración merece el pedido de perdón de Juan Pablo II dirigido al pueblo judío por creer que la Iglesia incurrió en omisión ante el nazismo durante el Holocausto. En este caso particular, el hecho que motiva el pedido de perdón —un genocidio sin precedentes— ocurrió ante nuestros ojos, es contemporáneo nuestro y debe ser juzgado de acuerdo con nuestras propias pautas morales. Y si bien el perdón solicitado lleva una cierta carga de condena, o de reprobación o de reproche, al Papa que incurrió en esa supuesta omisión, de todos modos, el gran gesto de Juan Pablo II comporta un acto de contrición por demás respetable desde el punto de vista individual y de la institución que ha guiado con su palabra y su fe.
En un plano resbaladizo y controvertible, el avance de la ciencia y de la tecnología ha planteado nuevos problemas a la Iglesia: el mundo está abrumado por el aumento de la natalidad (que el uso de preservativos podría limitar) y de la consiguiente pobreza, puesto que se da en regiones sin recursos sustentables, la difusión de prácticas abortivas y, aun, de formas eutanásicas. Todo ello se vincula con principios teologales, razón por la cual el Papa ha mantenido una posición irreductible.
ESTE encasillamiento en la tradición le ha valido al Papa el mote de conservador. La intelectualidad de izquierda lo utiliza porque tampoco le perdona que haya sido un tenaz luchador contra el comunismo y uno de los grandes gestores del colapso del imperio soviético y de su doctrina.
En otro orden de cosas, el mantenimiento del celibato sacerdotal y la prohibición de que las mujeres accedan al sacerdocio —a pesar de su firme adhesión a la igualdad de los sexos ("ambos fueron hechos a imagen de Dios")— son aspectos no teológicos que pueden explicar la disminución de las vocaciones clericales y, paralelamente, la debilidad de la Iglesia para convocar a fieles cada vez menos propensos a obedecer íntegramente normas que consideran inadaptadas a los tiempos en que vivimos.
No obstante, nada de esto ha mellado la enorme gravitación universal que ha tenido Juan Pablo. Por donde ha pasado ha dejado su mensaje de amor y de paz y la poderosa impronta de su carisma. Y así será recordado.