En este verano se ha ido imponiendo un tema recurrente: el de la unión electoral y política de los partidos tradicionales. Destacados columnistas de estas páginas, políticos de ambos partidos, periodistas y analistas se han hecho eco de este planteo removedor.
Evidentemente, la próxima encrucijada municipal toma a los partidos tradicionales en falsa escuadra. Las reglas de juego y las posiciones definidas ya en las internas de junio de 2009 hacen muy difícil la comparecencia electoral bajo un mismo lema de blancos y colorados en todos los departamentos del país. Además, la posición política que sobre el tema ha mostrado, hasta el momento, el secretario general del Partido Colorado dificulta grandemente la posibilidad de llegar a acuerdos interpartidarios.
Sin embargo, no está todo dicho para mayo. Todavía hay tiempo para distinguir lo anecdótico -mejorar bancadas de ediles- de lo principal -hacerse de gobiernos municipales claves-, para lograr pergeñar acuerdos que, sobre la base de algunos sacrificios personales inmediatos, terminen beneficiando electoralmente a los partidos tradicionales en su conjunto.
Lo que sí es claro es que no habrá posibilidad de avanzar seriamente en un proceso de entendimiento y concertación entre partidos que conservan tradiciones, identidades, programas y liderazgos distintos, si el esfuerzo se concentra puramente en lo electoral.
Por supuesto, acudir conjuntamente a las internas de 2014 habilitaría múltiples candidaturas blancas y coloradas a las intendencias de todo el país, y permitiría sumar voluntades de forma de disputar con mucha chance de ganar 17 de las 19 comunas del país.
Pero todo sería una arquitectura artificial y una propuesta vana, si no se avanza, paralelamente, en un entendimiento político de fondo, grave y sustantivo, que involucre a los partidos tradicionales y que invite también, claro está, a la participación activa al Partido Independiente.
Se trata de un entendimiento que supere, antes que nada, la tentación de privilegiar un sentido de convergencia solamente para impedir a la izquierda de hacerse perenne en el poder. Una mira tan limitada implicaría el fracaso del emprendimiento. La ciudadanía nunca premiará una alianza por la negativa, un acuerdo motivado únicamente por el espanto de dejar al país durante quince años en manos de la alianza político - sindical antirrepublicana que representan las fuerzas más reaccionarias del Frente Amplio.
La convergencia de partidos tradicionales y Partido Independiente precisa, sobre todo, encontrar terrenos de encuentro que afinen propuestas comunes que aseguren un rumbo cierto y enamorador para el futuro del país. Privilegiar entonces el sentido democrático representativo; modernizar la exigencia de capacidad de gestión en el Estado; promover una inserción internacional de excelencia; ahondar en la definición de un país modelo que resguarde las mejores tradiciones nacionales; y hacer posible un camino de crecimiento económico sobre bases de avances institucionales comprometidas con lo mejor de Occidente.
Es claro que ese proyecto precisa de una fuerte dosis de negociación, de compromiso y de entendimiento entre las partes. No se logra con acuerdos puntuales que sólo procuren defender o consolidar posiciones electorales y de gobiernos locales. Implica, desde ya, avanzar en signos concretos de cooperación -a nivel de las autoridades partidarias, en la tarea en el Parlamento, en la gestión de contralor de los Entes estatales- que brinde terminantes muestras de un entendimiento político sustantivo y decidido. No es impensable, en este esquema, promover reuniones periódicas y conjuntas de autoridades blancas, coloradas e independientes, que vayan forjando un camino de cooperación y que llenen de significado político esta concertación a la vista de la ciudadanía de todo el país.
El Uruguay precisa que se geste en estos años una alternancia real y desafiante al poder del Frente Amplio. Coherente, estructurada, creíble, de propuestas claras. Es una tarea formidable y necesaria. Estamos ante un cambio histórico.