No hay nada como ser entrevistado por los autores de un futuro libro, para que el expresidente Mujica se despache con revelaciones surrealistas.
El lector recordará aquel “Pepe coloquios” firmado por Alfredo García, donde a escasos meses de ser elegido presidente, el popular dirigente decía cosas inolvidables: que el Partido Socialista era una empresa de colocaciones de cargos, que a la Fuerza Aérea había que reducirla a tres o cuatro kamikazes, que su modelo de sociedad era la de la tribu prehistórica de los kung san, y otras rarezas que la indulgencia de nuestra memoria prefiere omitir.
Después, ya en ejercicio de la presidencia, lanzó otras declaraciones incendiarias en “La oveja negra al poder” de Andrés Danza y Ernesto Tulbovitz. En un ataque de franqueza escatológica reconoció allí que la única salida para cambiar verdaderamente la educación, era “hacer mierda” a los sindicatos de docentes. Incluso puso en aprietos a su colega brasileño Lula da Silva, develando que este le confesó que había debido coimear a legisladores opositores para poder gobernar.
Un tercer libro del que informó ayer el semanario Búsqueda agrega más perlas al collar.
Se trata de “La economía del primer ciclo progresista”, un trabajo que no pretende ser ni académico ni político-partidario, con la autoría de dos centros de estudios, “Etcétera” y “Grupo Jueves”, entre los que el semanario informa que hay exjerarcas de los gobiernos del FA.
De las citas parciales que realiza el cronista de Búsqueda surge una interesante contradicción entre los testimonios de dos protagonistas de esa época: Danilo Astori y José Mujica. El primero reconoce -como lo ha hecho en incontables oportunidades- que “la situación de algunas empresas públicas tuvo una influencia negativa sobre el desempeño económico durante esos años, y esto es una autocrítica de nuestros gobiernos”, que “sin duda se intervino tarde” y que “el ejemplo de Ancap rompe los ojos, pero no es el único. Tenemos problemas de gobernanza en todas las empresas públicas (…), hay una excesiva influencia político-partidaria y electoral” que “jugó un papel negativo importante”.
Cada vez que uno lee esta opinión tan razonada y razonable, le viene a la mente la inolvidable frase de Esteban Valenti, allá por los tiempos en que era un crítico acérrimo de su partido, y en directa alusión a la gestión de Raúl Sendic al frente de Ancap: “pusimos a dirigir empresas públicas a gente que no sabía ni administrar un kiosco…”
Pero volvamos al libro que acaba de presentarse y veamos lo que allí declara Mujica sobre el particular: “sobre los entes estatales”, informa el cronista, “Mujica dice que son un ‘comodín’ que tiene Uruguay”. Y pasa a citarlo textualmente: “Yo por abajo les dije que invirtieran todo lo que puedan (sic). Una empresa que no invierte, envejece. Y en el caso de las empresas públicas, el envejecimiento propicia la privatización, porque va perdiendo eficacia. ¡Es de cajón! Pero como siempre, el gobierno central precisa guita y le echa mano a las empresas públicas y las agota. Por eso el ‘inviertan todo lo que puedan’, pero de repente nos pasamos. Había un dilema ahí, ¿viste?”. Sí, se pasaron, ¡vaya si se pasaron!, ¿viste?
Comparando ambas declaraciones, el principal “dilema” queda a la vista: fue entre un responsable de la economía del país con bagaje académico, como Astori, y un presidente que tomó decisiones basadas en el más absoluto diletantismo.
Suponer que las empresas públicas pueden usarse como un comodín equivale a jugarse la gestión pública a la conga o al rummy canasta. El “inviertan todo lo que puedan” de Mujica se tradujo en disparates célebres y brutalmente onerosos para las arcas del Estado y el bolsillo del contribuyente, como la regasificadora y el horno de Ancap, el satélite y el estadio de Antel, y tantos desaguisados que quedarán en la lista de la infamia del ciclo mal denominado “progresista”.
Hoy, sin la influencia directa de uno ni de otro, la izquierda ve acallar sus voces más preparadas técnicamente (Mario Bergara ocupa un sector minoritario y no ha dudado en mostrarse dispuesto a apoyar el plebiscito contra la reforma previsional porque “es un buen soldado”) y crecer el griterío de aquellas narcotizadas en un voluntarismo ideológico sin base racional. Menuda responsabilidad cabe al ciudadano en las próximas elecciones: la de renovar la confianza en la Coalición Republicana, para dar continuidad a una gestión técnicamente solvente… o envolver el país para regalo a estos fundamentalistas de la imprevisión y el desastre.