Luego de la derrota del balotaje hubo muchas voces que se quejaron de que el gobierno de Lacalle Pou había sido “tibio”, es decir, que se había quedado a mitad de camino en una agenda de reformas más profundas como las que, por ejemplo, está implementando el presidente Milei en Argentina. Frente a esa apología de una acción más jugada, que implique por ejemplo aplicar la motosierra al gasto público, el presidente salió públicamente a defender su caracterización de tibio, a sostener la importancia de los acuerdos y del camino del medio, y a reivindicar el espacio del centro y no el de los extremos para hacer política.
Las dos partes tienen algo de razón en este debate. Quienes se quejan de que es necesario ir más a fondo en las reformas para poder asegurar un camino de prosperidad para el país son conscientes de datos duros de la realidad que no siempre se tienen en cuenta en la discusión pública. Algunos de ellos son la poca instrucción que reciben las amplias mayorías populares, lo que hace que sea muy difícil que consigan empleos productivos que les permitan salir adelante y mejorar sus situaciones económicas; el saldo migratorio internacional negativo de uruguayos, que se repite años tras año, que muestra que la gente más formada y con más ambición termina eligiendo el camino del exilio porque el Uruguay no le brinda las oportunidades para despegar; y el envejecimiento poblacional unido a un crecimiento económico anémico, que hacen que en el largo plazo sea insostenible nuestro sistema de convivencia fundado en un Estado generoso en su protección social.
Frente a todo este panorama, los que defienden una línea de acción más jugada señalan que no hay tiempo que perder; que el triunfo del Frente Amplio (FA) fue un sinónimo de reacción regresiva porque ningún cambio en un sentido de mayor eficiencia y apertura económicas es esperable para los próximos años -si en este gobierno no cerramos la parte del Portland de Ancap que da millonarias pérdidas, mucho menos lo haremos con Orsi presidente, alegan-; y porque el ritmo con el que avanzan cambios fundamentales en el mundo, en materia de formas de trabajo o de cadenas de producción internacionalizadas, por ejemplo, muestran hasta qué punto la parsimonia uruguaya nos termina relegando a un lugar periférico, autocomplaciente y vacío, y en el que, en definitiva, no hay futuro de prosperidad posible para las grandes mayorías.
Pero el posicionamiento en favor de una actitud tibia también tiene sus buenas razones. Por un lado, nadie podrá decir que no se llevaron adelante cambios en esta administración: desde el de la seguridad social, pasando por el de las bases de una reforma educativa amplia, siguiendo por la revolución en materia de infraestructura portuaria y carretera, y terminando por varias medidas aprobadas en la ley de urgente consideración que tuvieron impactos determinantes y positivos en el día a día de los uruguayos, no se trató de un gobierno que hizo la plancha.
Por otro lado, quienes abogan por la actitud tibia señalan que todos esos cambios tan notorios, con ser ciertamente insuficientes para lo que se precisa, son los que el país políticamente pudo soportar y llevar efectivamente adelante. En efecto, a nadie escapa que todo lo aprobado por la administración Lacalle Pou fue realizado con la férrea oposición del FA y su brazo sindical, y que en algunos casos el ánimo de revancha y la voluntad de impedir llegaron incluso a apelar al voto ciudadano para frenar cualquier reforma: fue el referéndum de marzo de 2022; y fue la reforma constitucional sobre la seguridad social de octubre pasado -en ambos casos, con triunfos populares pro-oficialistas-.
Si todo esto que se cambió, y es verdad que puede considerarse como insuficiente en una perspectiva más jugada en favor de más prosperidad y crecimiento para el país, sufrió tremendos embates pero terminó sosteniéndose, fue porque el camino emprendido se basó en el diálogo y en la negociación, es decir, fue el camino criticado por ser demasiado tibio.
La verdad de las cosas es que el país precisa de tibios y de jugados a la vez. Porque sin los tibios que sean capaces de articular y de contemplar al menos a una parte del Uruguay reaccionario y conservador que teme cualquier cambio, las reformas no logran mantenerse en pie. Pero sin los jugados que permanentemente están picando espuelas para ir más rápido y más a fondo, tampoco es posible correr la frontera de realizaciones en el sentido que el país precisa para crecer más y más rápido.