Tibia y de derecha

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En el aburrido y previsible panorama de las murgas compañeras, Agarrate Catalina casi siempre sobresale, ya sea por la calidad poética de algunas de sus letras como por un espíritu transgresor que, ese sí, es un elemento sustancial de la fiesta carnavalera.

Muy diferente al panfletarismo frenteamplista ramplón del que tanto se abusa.

Por supuesto que este año Agarrate Catalina cumple con el paradigma común a estas agrupaciones, que es el de publicitar alborozadamente el voto por Sí en el próximo referéndum. Por supuesto que reproduce y fomenta ese chauvinismo típicamente mujiquista de dividir a los uruguayos entre oligarcas y pueblo, haciendo bromear al actor Rafael Cotelo con que tenemos un presidente “rubio”.

Pero por ahí se les colaron un par de estrofas autocríticas de la izquierda que resultan realmente interesantes. Contra el supuesto mandato de “defender lo indefendible” y “resignarme a lo que hay”, los murguistas se declaran contrarios a “ponerse el balde” y se niegan a “llenar las barricadas de panfletos camuflados de canción”.

Dan un paso más en su saludable rebelión al fanatismo, rechazando la “disciplina partidaria” y la “autocrítica pasterizada y light”. Postulan “una izquierda de futuro, sin cadenas obsoletas que arrastrar”, que no pierda “nunca ninguna libertad”. Aunque no lo explicitan, uno podría identificar en esas cadenas la vergonzosa justificación que aún hoy expresan muchos frenteamplistas de los totalitarismos genocidas de Mao, Stalin y Fidel. O acaso la complacencia servil con los regímenes de Maduro, Díaz-Canel y Ortega. ¿O tal vez el elogio al violentismo tupamaro de los años 60? ¿O acaso la adhesión acrítica al mamarrachesco populismo de líderes compatriotas mucho más recientes, que administraron dineros públicos con vergonzante irresponsabilidad? Que una murga frenteamplista muy popular como Agarrate Catalina asuma estas posiciones, sobre todo en un contexto de mediocridad autocomplaciente del género, es, en el mejor de los casos, alentador.

Mientras los artistas sigan pidiendo disculpas por pensar distinto o, peor aún, como en este caso, por no convertir su arte en un panfleto, el espíritu crítico que alguna vez distinguió a la cultura uruguaya se seguirá apagando.

Pero vea el lector cómo esta exposición de independencia de criterio tiene su contracara.

Antes de formular esa bienvenida autocrítica, el letrista abre el paraguas: “Hace tiempo te lo dije y te ofendiste / no entendiste o no me supe expresar / me acusaste de ser tibia y de derecha / de querer acomodarme y de transar. / Por las dudas te lo digo nuevamente / por si fue medio confuso aquella vez / tengo el puño levantado de la zurda / pero no me pongo el balde y puedo ver”.

Estas estrofas muestran inmejorablemente el éxito absoluto de la sanción moral que realizan los promotores del pensamiento único. La misma murga que fue prohijada por el expresidente Mujica y que entonó sus jingles de campaña, se siente en la necesidad de explicitar que no es tibia ni de derecha, que es zurda, incluso pidiendo disculpas por si no se supo expresar o su mensaje resultó medio confuso. Piden permiso por pensar diferente, aclarando que lo hacen desde el mismo bando, que no son traidores.

Así se impuso el gramscismo en la cultura uruguaya. Con artistas e intelectuales temerosos de apartarse del carril, una conducta que, en el pasado, los hizo apoyar sin más a la dictadura cubana y acusar de contrarrevolucionario al escritor Heberto Padilla. O hacer correr el rumor de que la destacada teatrista Elena Zuasti era “agente de la Cía”, solo por el hecho de que ella votaba al Partido Nacional. Una conducta que, años más tarde, les llevó a rechazar el título de Honoris Causa para un narrador inmenso como Mario Vargas Llosa.

Mientras los artistas sigan pidiendo disculpas por pensar distinto o, peor aún, como en este caso, por no convertir su arte en un panfleto, el espíritu crítico que alguna vez distinguió a la cultura uruguaya se seguirá apagando. Y una sociedad sin intelectuales que cuestionen desde la racionalidad y el conocimiento (en lugar de hacerlo desde la ciega militancia partidaria), corre el riesgo de perder calidad democrática.

Al final de su interesante y reveladora composición, la murga propone “gritarles en la cara a los cobardes / que disparan fuego amigo a los gomía”.

No es cobardía cuestionar a quien vota igual que nosotros. Y con quien vota diferente, no estamos en guerra. Son verdades sencillas, difíciles de entender para quienes han crecido influidos por una prédica de buenos y malos, y se sienten en la triste obligación de ahondar ese conflicto con burlas e insultos, en lugar de limarlo con un libre debate de ideas.

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