En el mundo están, del lado colectivista, los que reclaman que el Estado ejerza el monopolio de los medios de comunicación. Y del lado democrático, abundan los liberales a ultranza que postulan que no deberían existir los medios estatales.
En un punto intermedio entre ambos extremos, el Uruguay batllis-ta promovió a mediados del siglo pasado la primera señal de televisión del Estado, que con el nombre de canal 5 se fundó bajo un gobierno nacionalista en 1963, hace 60 años.
Una reciente crónica de La Diaria firmada por Florencia Soria da cuenta de la impronta “artiguista” de aquella iniciativa, inaugurada por el entonces ministro de Instrucción Pública Juan Pivel Devoto. La autora cita a quien fuera por largos años director del canal, Justino Zavala Carvalho: “desde fines de 1963, Zavala Carvalho se preguntaba cómo atraer a las audiencias sin hacer concesiones a lo ‘inferior’, mientras los críticos de Marcha advertían con temor que la apuesta por la calidad no fuera sinónimo de aburrimiento”.
Esta ha sido la disyuntiva de los medios públicos desde siempre: la incapacidad de competir con los estándares de entretenimiento erigidos por la televisión privada, no solo por menor capacidad económica sino también por una autoexigencia de calidad de la programación, menos atada a las demandas ocasionales del mercado. Y al hacerlo, no caer en el riesgo de una pantalla aburrida, que ahuyentara al mismo público al que debía atraer.
Por esos tiempos, Zavala Car- valho promovió contenidos televisivos de educación primaria y secundaria y generó un ambicioso ciclo de teatro filmado, por el que en el reciente evento aniversario del canal fue homenajeada la querida actriz Lilián Olhagaray, verdadera protagonista de esa época de oro junto a su compañero de vida Júver Salcedo.
Cuando Mariano Arana, como intendente de Montevideo, inauguró Tevé Ciudad en 1996, esta nueva señal pública se presentó con un objetivo similar. Como ciudadano sensible a la cultura, Arana designó como primer director de ese canal a Walter Bagnasco, quien convirtió a la pantalla capitalina en una vidriera para intelectuales y artistas compatriotas del teatro, cine, literatura, música, danza y artes visuales. En su origen y bajo una dirección atenta a la cultura y no partidizada -como la que continuaron después José María Ciganda y Michel Visillac, entre otros- Tevé Ciudad era una generosa promotora de los valores locales en las más diversas disciplinas.
En los últimos años -y en la misma medida en que la conducción frenteamplista de la Intendencia fue menguando su talante socialdemócrata y acentuando el extremismo militante- la programación de su canal mutó de modo notorio y escandaloso al de un mero vehículo de propaganda político-partidaria. La objetividad periodística de su informativo brilla por su ausencia -tal vez sea la razón por la que van renunciando dos jefes de esa área en los últimos ocho meses- y a ello se suman productos de entretenimiento que no solo apuestan a la frivolidad, sino que lo hacen con una intencionalidad política permanentemente flechada.
Hace unos días vimos una especie de late night show llamado “La aldea”, en el que un humorista realiza un monólogo de stand up donde en forma recurrente se ríe del gobierno nacional, sin parodiar en lo más mínimo al departamental, obvio. Como si eso fuera poco, luego incorpora a una actriz con quien comentan noticias de actualidad y otra vez la intencionalidad partidaria de las burlas es evidente.
Por supuesto que estamos en un país libre y cualquier ciudadano está en su derecho de expresar su disconformidad con el gobierno en serio o en broma. Lo que llama la atención es que un canal que se nutre de los impuestos de todos los ciudadanos, votantes de las más diversas alternativas electorales, los invierta en una parodia no equilibrada que flecha los agravios siempre hacia el mismo lado. En el programa que vimos, hubo por lo menos cinco menciones a Graciela Bianchi y otras cinco a Sebastián Da Silva, los destinatarios preferidos de estos dardos progres.
Si el actual canal 5 hiciera una cosa así contra la oposición, estarían ardiendo las praderas. Pero como lo hacen ellos, avanzan tan campantes amparados en que el gobierno nacional tiene cosas más urgentes de que ocuparse.
Sin embargo, hay que marcar ese manejo electoralista de los recursos de los montevideanos y al menos algún dirigente del FA -ya sabemos que no lo hará la actual intendenta- debería desmarcarse de esa conducta manipuladora y antirrepublicana.