Teatro de la ciudad

La ciudad es un teatro. Delante del espectador, que paga de muchas maneras su derecho a ocupar un sitio y a contemplar ese gran espacio escénico, se desarrolla una obra con infinidad de personajes en cuya línea de acción puede adivinarse el curso por donde marcha toda una sociedad. Desde la enorme platea en que se ubican los observadores del espectáculo, van tanteándose -igual que en el arte dramático cuando asume un valor testimonial- los altibajos de la comunidad que puebla ese teatro, porque cualquier escenario es un espejo del mundo real y también lo es cuando el decorado se compone de toda una ciudad (Montevideo, pongamos por caso) y la concurrencia está integrada por toda la población. Entonces no hay forma de engañarse, porque lo que se escucha y lo que se ve no es más que la verdad, apenas filtrada por la inmensidad escenográfica de una planta urbana en la que nunca baja el telón.

Allí figuran los declives de penuria social, el gradual deterioro de algunas perspectivas, las hondonadas de crisis económica y los empantanamientos culturales, de la misma manera en que habían figurado los repechos de prosperidad, los niveles de bienestar y los rasgos de compostura de esa misma colectividad, cuando tuvo la buena suerte de ser estable y casi opulenta. De modo que mientras el espectador recorre y mira el teatro de la realidad montevideana, va descubriendo un semblante verdadero que muchas veces puede inquietarlo y que no siempre coincide con las cifras oficiales, con el voluntarismo gubernamental o con los entusiasmos de un discurso político enrolado en la efervescencia de la campaña electoral, ya sea la interna (junio) o la nacional (octubre). Las encuestas de opinión, que alguna gente confunde con profecías, son apenas el programa de mano distribuido al público en las sesiones que brinda ese teatro de la ciudad.

Es así como en el escenario montevideano pueden rastrearse ejemplos del "teatro de la pobreza", porque basta con enfilar por las zonas céntricas de la capital para quedar desolado ante las tolderías del comercio irregular desparramado sobre las veredas, ante el aspecto del público que circula por allí, ante la creciente mendicidad callejera, ante el desfile de carros con tracción a sangre que le resuelven a las autoridades municipales un porcentaje de la recolección de basura, o ante la fauna suplicante que cae sobre los automovilistas en los semáforos, compuesta por menores malabaristas, adolescentes limpiaparabrisas y adultos que mendigan con niños en brazos, lóbrega troupe digna de un teatro de la truculencia que se complementa con cuidacoches cada día más andrajosos (a veces semidesnudos, según la estación del año) que parecen surgidos del submundo de una novela de Dickens, son tolerados amistosamente por la Intendencia y forman parte de esa corte de los milagros que últimamente parece multiplicarse hasta dejar pasmados a turistas y nativos, pero que en definitiva integra el teatro del casco montevideano y obliga al espectador a enfrentarse con esa hueste cada día más rocambolesca.

Es inútil que el gobierno presente cifras donde consta -según dice- una disminución en ciertos índices delictivos. Como dijo hace días un colega que fue asaltado cinco veces en la calle durante los últimos meses, lo que disminuyó no es el delito sino las denuncias, porque las víctimas ya no se molestan en acudir a la comisaría, desanimadas por el incontenible avance de los peligros en la vía pública, por la falta de confianza en los controles de la fuerza policial o en la respuesta que puedan obtener de las autoridades para confortar su actual desvalimiento. Esa tendencia de los ciudadanos es reflejo del espectáculo que brinda la escena montevideana, con agrupamientos marginales en muchas esquinas (Rivera y Jackson, frente a la subestación de UTE; Sarmiento y Bulevar Artigas, debajo del puente) y con riesgos potenciales que ninguna proclama oficial -desde la inefable "sensación térmica" en adelante- es capaz de disipar.

Quizá la deprimente situación demuestre que no es suficiente con ejercitar un espíritu de beneficencia y auxiliar a los desamparados y los insolventes, porque ese cuadro asistencial también enseña que no debe olvidarse a los sectores activos y productivos, que son los que se componen de la gente más apta y de los cuales depende el impulso de todo un país, así como su futuro. De lo contrario, el teatro de la ciudad sólo ofrecerá el espectáculo de un desmayo colectivo.

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