Siempre atento a las publicaciones de libros relevantes, Hebert Gatto escribió el año pasado en estas páginas sobre “Treinta años de stalinismo en Uruguay” de Fernando Aparicio. También, se publicó el trabajo premiado de Juan Pedro Arocena, “Gramsci. Su influencia en el Uruguay”.
Hay una reflexión que el mundo político y la academia se están debiendo desde hace mucho tiempo: refiere a la importancia y las consecuencias del talante marxista leninista en el entramado cultural del Uruguay de los últimos 70 años. No porque no haya estudios sobre la historia de los comunistas, o sobre la evolución intelectual y política de cierta izquierda guerrillera -se destaca, en este caso y justamente, el excelente “El cielo por asalto” de Gatto-. Sino porque las más de las veces los análisis no logran salir de la coyuntura sesgada; se adentran en el terreno de la memoria sin poder ganar en la perspectiva de la Historia; y sobre todo, son muy indulgentes con una ideología que ha permeado, precisamente, las visiones interpretativas del Uruguay histórico y cultural de largo plazo.
Es por ello que estos dos libros deben ser destacados. El que refiere al estalinismo trata sobre 30 años claves en la historia del país: de 1938 a 1968. Y, claramente, deja expuesto el total servilismo del Partido Comunista en el Uruguay a las posiciones de la Unión Soviética: desde las inverosímiles justificaciones al pacto de Stalin con Hitler en 1939 -que ya eran, por cierto, vergonzosas en esa época-, pasando por el total alineamiento a Moscú en plena Guerra Fría, y terminando con una descripción contundente de la miríada de organizaciones culturales procomunistas que fueron haciendo mella en el talante democrático y liberal del viejo Uruguay excepcional, sembrando así el camino hacia una radicalización social que trajo las peores tormentas sobre el país.
Hay una descripción amplia del profundo cinismo del comunismo local que ocultó y disimuló lo más que pudo la configuración totalitaria que por supuesto ya primaba en la Unión Soviética en 1938, pero que luego de la Segunda Guerra Mundial también se extendió en todo el campo llamado socialista. Se destaca, en este sentido, el protagonismo de Rodney Arismendi, un verdadero soldado devoto de la causa marxista leninista a la que adhería con un dogmatismo impar y que siempre era bien visto por el amo de Moscú.
En el mismo sentido el libro de Arocena ilustra sobre la evolución de ese estalinismo tan particular que se extendió en Uruguay y que tanto daño hizo al sentido democrático, al talante liberal y pluralista y a la convivencia en paz de una inmensa mayoría de ciudadanos que para nada se concebían como protagonistas de una lucha de clases con sentido histórico hegeliano. Fijándose en los textos de Gramsci, pero también analizando sus influencias en importantes pensadores de la región, como el argentino Ernesto Laclau, Arocena arma el puzzle de una influencia que conserva, como la estalinista de otrora, el objetivo de destruir las bases liberales y democráticas de nuestra República.
El mero hecho de que se hayan publicado estos libros, con un sentido de libertad y un espíritu crítico que de ninguna forma se conjugan en el amplio mundo académico mayoritariamente marcado por el ademán tribal, sectario y proizquierdista que es propio de esta penillanura suavemente ondulada desde hace tantas décadas, habla bien del aire fresco que ha ganado a la cultura del país. Seguramente se verifique aquí una consecuencia indirecta del cambio de época que significó la derrota del Frente Amplio en 2019. Quizá, también, haya llegado un tiempo histórico en el que la distancia con relación a episodios que ocurrieron hace más de medio siglo logre abrir ventanas de curiosidad y libertad que interpreten mejor y con más pluralismo la evolución política y cultural del Uruguay de la segunda mitad del siglo XX.
En cualquier caso, es bienvenido un libro que narra con detalle, por ejemplo, el viaje de cinco destacados comunistas uruguayos en 1951 a la Unión Soviética y sus visiones tan idílicas como mentirosas. Así como es bienvenido un libro sobre Gramsci que concluye, por ejemplo, que “la estrategia del fomento de los antagonismos neo gramsciana, no nos conduce ni a un cambio de sistema ni a un mejor funcionamiento del existente”.
Es muy importante que los intelectuales no alineados con la izquierda sean conscientes de estas puertas de libertad de palabra y de crítica que se están abriendo en la vieja hegemonía prozurda del país. Es una muy buena noticia.