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Las cifras de homicidios crecieron un 33% en lo que va del año 2022 respecto a igual período del año pasado. Es la primera vez, desde que asumió el gobierno, que se da un aumento de estas características.
Si se tiene en cuenta el enorme esfuerzo que hace el Ministerio del Interior y la Policía a lo largo y ancho del país, el aumento debería ser tomado por las autoridades como un dato preocupante. Están haciendo las cosas bien, pero no parece ser suficiente.
Es verdad que bajaron las muertes por rapiñas y el gobierno lo señala con énfasis por cuanto no es lo mismo que un ciudadano común caiga en una rapiña que las muertes ocurridas por enfrentamientos entre bandas criminales por lo general vinculadas al narcotráfico.
No es lo mismo, es verdad, pero al final todo es parte de un compartido contexto de violencia y criminalidad que contamina a la sociedad entera. Intentar separar un tipo de homicidios de otro es, sino tramposo, al menos delicado. Y no es aconsejable. El gobierno debe reconocer la realidad cuando pone sobre la mesa las cifras con honestidad. Le servirá para reencauzar su estrategia y mostrará que nada se oculta a la gente.
En los gobiernos del Frente Amplio, se hacía esta cuestionable discriminación y ella no hizo más que agudizar el problema. Las autoridades de aquel entonces separaban los crímenes por rapiñas de los llamados “por ajustes de cuenta”. Los primeros importaban, los segundos no porque no se cruzaban con la vida cotidiana de la gente común.
La realidad no era tan sencilla y al poco tiempo se vieron casos donde en el fuego cruzado de estos “ajustes”, cayó gente que tuvo la desgracia de estar en el lugar equivocado. O más bien, las bandas estaban en el lugar equivocado.
No hay atenuantes. Los homicidios son homicidios, no importa donde ocurran. Es obvio que desde la perspectiva de como abordar una investigación policial, una muerte ocurrida en una rapiña es diferente a la de un joven asesinado por una banda rival. Pero todo responde a un creciente contexto de violencia donde matar está permitido. Matar en una rapiña, para eliminar a un contrincante de otra banda, matar porque integra la hinchada de un equipo de fútbol adversario, o matar porque es mujer.
Lo que se ha convertido en un serio problema es eso: que a tanta gente le resulta fácil matar.
Esto empezó cuando los gobiernos anteriores le restaban importancia a los muertos por “ajustes de cuenta” como si fueran hechos ocurridos en otra sociedad, en otro mundo.
No hay atenuantes. Los homicidios son homicidios, no importa donde ocurran. En los gobiernos del Frente Amplio, se hacía esta cuestionable discriminación y ella no hizo más que agudizar el problema.
Al no abordarlos con la seriedad que correspondía y por la gravedad que representaban, el fenómeno creció y se convirtió en esta pesadilla criminal que hoy golpea al país.
Es probable que quienes siguen con atención la crónica policial no se hayan sorprendido por el aumento de las cifras. Todos los días muere alguien baleado en alguna esquina. No son balas perdidas, son asesinatos deliberados cometidos con saña criminal. Las víctimas suelen ser jóvenes que piensan que es fácil hacer negocios de mala entraña como el narco menudeo, sin ser conscientes de que con un solo desliz su vida está condenada. Se creen más vivos que su rival, y terminan muertos en una cuneta.
La crónica policial tampoco ayuda a aclarar la gravedad de la situación, a veces por usar palabras equívocas. Cuando es un ajuste de cuentas, hablan de “ejecución”, cuando es una muerte por rapiña ahí sí dicen asesinato.
La ejecución es un modo “legal” de matar. Se usa en países donde existe pena de muerte. Es lo que un traidor sufre cuando enfrenta un pelotón de fusilamiento integrado por soldados. Es lo que hace el verdugo al cumplir la sentencia dictada por un juez. Es horrible decirlo, pero es matar con permiso, con apoyo legal.
Asesinar es otra cosa. Estas bandas no ejecutan, no tienen permiso legal para llevar adelante sentencias emitidas por un juez o una autoridad competente. Matan con saña. Son asesinos.
He ahí el tema. No hay diferencias. Responden a un único clima de violencia instalado en parte gracias a la tolerancia de gobiernos anteriores que no hicieron caso a las señales y fueron condescendientes con los victimarios y no con las víctimas. Así se llegó a la actual situación que es, y lo será por mucho tiempo, difícil de corregir.
Habrá que seguir insistiendo, siempre apoyando a la Policía, con ajustes constantes en las estrategias de pesquisa y represión, con firmeza permanente y sabiendo que habrá avances y retrocesos.
Y cuando haya retrocesos, reconocerlos sin dar justificativos que no vienen al caso. Reconocerlos y persistir.