Sobrevivir es perder el miedo

En momentos de escribir esta columna trascendía que una organización criminal llamada “Los Lobos” se atribuyó el asesinato del candidato presidencial de Ecuador Fernando Villavicencio. En un video infamante de cuya autenticidad se duda, un grupo de encapuchados armados acusa al político asesinado de haber recibido millones de dólares del narcotráfico y señala que fue castigado por el incumplimiento de un supuesto compromiso con esa organización mafiosa.

Días antes, el propio Villavicencio había advertido sobre las amenazas de muerte en su contra, atribuyéndolas a un capo del cartel de Sinaloa, a quien prometía trasladar a una nueva cárcel de máxima seguridad.

Si algo caracterizaba al malogrado político ecuatoriano era una actitud siempre valiente, enfrentándose primero a la corrupción del expresidente Rafael Correa -integrante de la corte infame que rodeó a Chávez y al Foro de San Pablo- y luego a los grandes cárteles de la droga que convirtieron a su país en uno de los más inseguros del mundo.

A medida que pasen las horas se seguirá informando sobre este repugnante crimen, que pone de manifiesto una vez más el creciente poder del narcotráfico en nuestro continente. Un poder que retrotrae a la terrible situación de Colombia en los años 90 y que todos los países latinoamericanos debemos combatir con la urgencia y eficacia requeridas.

Se ha viralizado un tramo de la entrevista que le hizo al líder asesinado el periodista Carlos Vera, donde el intercambio dialéctico tiene un increíble tono premonitorio.

El entrevistador pregunta al candidato si no es demasiado ambicioso su plan de combate al narcotráfico, si no es mejor “enderezar el barco y dejar eso para el segundo período”. Villavicencio replica que “dejar el barco conducido por delincuentes sería peligrosísimo” y que él no tiene “nada que perder”. Vera le advierte que “puede perder la vida”, y agrega que lo más importante para que concrete su plan es que “esté vivo”. “¿No cree que para cumplir, lo primero que necesita es sobrevivir? No negociar, sobrevivir”. La respuesta del candidato es de una contundencia dramáticamente anticipatoria: “Uno sobrevive perdiendo el miedo. Los que transan con las mafias son derrotados”.

Con una afirmación tal, no es difícil conjeturar que el asesinato pretendió ser ejemplarizante: las mafias le advierten al sistema político del país que la única alternativa es transar con ellas.

Y ahí está el gravísimo dilema que parecen enfrentar distintas naciones del continente, un problema que el presidente de El Salvador Nayib Bukele allanó con la aplicación de una política autoritaria, que no duda en pagar el costo del avasallamiento sistemático de los derechos humanos, para obtener a cambio la percepción de una mayor paz social.

Lo de Bukele no se disculpa con la repetida frase de que los derechos de la gente honesta valen más que aquellos de los delincuentes, porque en sus razzias masivas no solo atrapa a estos últimos, sino a ciudadanos humildes que nada tienen que ver con la violencia y a quienes niega las mínimas garantías de una justicia imparcial.

Pero no hay duda de que desde nuestra penillanura suavemente ondulada es muy fácil criticar las políticas de los países victimizados por ese nivel de criminalidad. Hay que ponerse en los zapatos de estas naciones para ver cómo se cierran los caminos del entendimiento y se radicaliza el espectro político, en una deriva hacia la violencia indiscriminada que termina llevándose puestos los valores republicanos.

Que en nuestro país las cosas no hayan llegado a tal grado de gravedad, no impide reconocer que el flagelo del narcotráfico se ha globalizado, comprometiendo la estabilidad de distintas naciones.

El hecho de que en nuestro país las cosas no hayan llegado a tal grado de gravedad, no impide reconocer que el flagelo del narcotráfico se ha globalizado, comprometiendo severamente la estabilidad política y social de distintas naciones.

El desafío consiste nada menos que en fortalecer las condiciones de seguridad sin afectar las garantías individuales, en una batalla que los narcos pelean demasiado bien pertrechados.

Estados constitucionales que respetan los derechos humanos, deben vérselas contra ejércitos ilegales de gran poderío y ninguna moral.

El cambio de paradigmas que fuerza esta situación debe hallarnos firmes en el apego a las normas y, al mismo tiempo, unidos más allá de diferencias políticas e ideológicas.

Pero fundamentalmente, la moraleja del monstruoso crimen ocurrido en Ecuador debe ser exactamente la opuesta a aquella que quisieron trasmitir los asesinos.

Aunque quien enfrenta al enemigo con valentía caiga en esa lucha, la ética republicana debe sobrevivir.

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