Señales de advertencia

Es lícito discutir si las medidas que propone el candidato argentino Javier Milei son o no las mejores para su país en caso de ganar las elecciones. Como es habitual en cualquier elección, muchos temas son parte de lo opinable.

El problema es cuando el candidato entra en un terreno escabroso, que pone en riesgo libertades y derechos básicos en una democracia. En lo referido a la libertad de prensa, Milei está mostrando su peor rostro con posiciones agresivas e insultantes hacia el trabajo periodístico.

No cree en la libertad de prensa, con lo cual en caso de ganar lograría arrastrar por otros cuatro años más las dificultades que nuestro vecino ha tenido también con los gobiernos anteriores en cuanto a amenazas a los medios y al flujo informativo.

Durante los 12 años en que gobernó el matrimonio Kirchner, hubo un duro acoso a medios, alentando juicios sumarios en la plaza pública a periodistas conocidos, apoyando una ley mordaza y asumiendo actitudes patoteras que implicaron un real cercenamiento a esa libertad. Milei no parece ser distinto.

Hubo una breve tregua durante la presidencia de Mauricio Macri y si bien las presiones volvieron a surgir con el retorno kirchnerista al poder, el actual presidente Alberto Fernández y su portavoz, Gabriela Cerrutti, juegan duro pero sin llegar a los extremos de Néstor y Cristina.

Más allá de su prédica presuntamente liberal en lo económico, Milei tiene una veta prepotente y autoritaria que obliga a encender las alarmas. Aborrece que lo contradigan, califica de traidores a quienes tienen matices de opinión con él, y se niega a ir a programas aduciendo razones inauditas. Ofende e insulta a los periodistas. Junto a su candidato a jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Ramiro Marra, están empecinados en hacer desaparecer al periodismo como actividad. Lo han dicho explícitamente.

Quieren el control absoluto de la agenda y esto no es una suposición antojadiza de analistas. Lo están diciendo a cara descubierta. Es una faceta que crece y asusta. Se trata de algo muy grave.

Parecería que en este tema los gobiernos en Argentina pueden cambiar y traer otros contenidos ideológicos, pero su desprecio a la libertad de expresión es el mismo.

Cuando un gobernante o un pretendiente a serlo, asume este tipo de posturas, es porque quiere ir hacia un gobierno de características dic-tatoriales. Lo primero que hace un autócrata para consolidarse, es controlar medios y periodistas para imponer su relato y tomar decisiones con arbitrariedad absoluta sin que nadie informe sobre ellas.

Esto hicieron los Kirchner con su relato falso y mentiroso. Es la teoría de la “verdad alternativa” que nada tiene que ver con hechos corroborados. Donald Trump, en Estados Unidos, jugó en ese mismo terreno.

Milei se apoya en las redes y una cadena de “influencers” jóvenes van imponiendo un discurso profundamente insultante hacia los periodistas, a partir de acusaciones que el propio Milei hace. Los trata de corruptos, de recibir “sobres” (o sea coimas) sin nunca demostrar que eso es verdad, ni explicar có-mo funciona, ni dar nombres, con lo cual enchastra a la profesión entera.

El periodismo no ha respondido con la energía suficiente, quizás con la esperanza de que sean actitudes propias de una campaña electoral. Pero nada indica que Milei cambiaría si llega a ser presidente.

Es que también los periodistas ayudaron a esta situación. Hace tiempo se les viene advirtiendo que por fascinantes que sean las innovaciones tecnológicas, su mera existencia no las hace necesariamente buenas. Lo son solo si se las maneja con sabiduría.

Twitter y otros instrumentos estimulan a la comodidad y a la pereza. Un político cuelga una frase y el reportero ya tiene una cita garantizada para su nota. ¿Pero fue verificada? ¿Pudo hacer alguna repregunta para saber si su afirmación es sólida o es endeble, si es veraz o es falsa?

El periodismo de panelistas tampoco ayudó a despejar los terrenos que corresponden a cada parte. El periodista mucha veces opina sin suficiente sustento informativo y enfrenta al visitante como si fuera su igual. No lo es: son roles distintos.

De todo esto se está aprovechando Milei para desprestigiar y ensuciar a los periodistas argentinos.

Al igual que ocurrió con los Kirchner, quiere gobernar sin periodistas, los quiere suprimir. Por eso hay que estar alertas. No es bueno que tras tantos años de limitaciones a la libertad de prensa, impuestas por la prepotencia cristinista, ahora venga una nueva versión de autoritarismo patotero.

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