¿Sagrado inviolable?

POR lo menos varios centenares de personas, tres o cuatro noches por semana, en el seno de sus hogares, y a la hora del reposo deben resignarse al desvelo, a dejar correr las horas con los ojos abiertos, cualquiera sea su cansancio, su edad, el estado de su salud, su derecho a la privacidad. No es por exigencias del trabajo, no es porque padezcan insomnio, no es porque como el Quijote gusten de pasar "las noches de claro en claro, y el día de turbio en turbio".

No: viven en desvelo tres o cuatro días por semana, a pesar que lo que quieren, es dormir. Tanto más obsesionante se hace ese deseo, cuanto menos pueden alcanzarlo. El suplicio de impedir el sueño que en ámbitos represivos se acerca mucho a la tortura, ocurre con una regularidad preanunciada, dos o tres veces por semana para numerosos grupos de personas. Han regresado a su hogar, con la esperanza de refugiarse en su privacidad, después del diario trajín, con sus compromisos, su rutina, su desgaste y su cansancio.

¿Qué es lo que ocurre para desatar esos insomnios colectivos en determinadas zonas o vecindarios, en los que, mientras unos saltan alegres según el ritmo de una música que estrella todas las sorderas, otros deambulan semisonámbulos por más sueño que pida el cuerpo, y por reposo que pida el alma?

Según la excelente nota de nuestros periodistas, hay en la capital alrededor de 500 locales de baile y espectáculos.

Hablaría muy bien del espíritu de diversión de nuestra gente, si una parte de ellos no se convirtiera en otros tantos motivos de tormento para quienes les ha caído ser sus vecinos. Ocurre que a pesar de reglamentaciones, no tienen a veces esos locales el aislamiento acústico requerido, otras por aquello de que "los vecinos que revienten", y otros, porque la bullanga sigue en las calles del vecindario, entre alcohol, a veces drogas y jarana. Vale la pena volver a algunos de los testimonios recogidos en esa nota para advertir la dimensión de las desventuras de quienes, despiertos, deben padecer esta clase de pesadillas.

"Siento la impotencia de a quién le puedo contar esto para que alguna vez alguien haga algo" dice una de las víctimas, agotada la esperanza, ante la aparente sordera contra la que rebotan las reiteradas quejas.

OTRA persona de las sufrientes cuenta que: "El ruido de la música se enciende a las dos de la madrugada y se apaga a las seis. Propietarios e inquilinos se quejan por igual. Los que viven en los pisos altos, porque el ruido trepa por las paredes, retumba y no deja dormir a nadie. Quienes habitan en las plantas bajas deben soportar todo tipo de desmanes, violencias y gritos que ocasionan los jóvenes".

De la eficacia de la presencia municipal a través del número telefónico especialmente dedicado a recoger las quejas o denuncias nocturnas, la muestra del botón la da uno de estos vecinos mártires que nos cuenta que "desde hace cuatro años que se mudó a la zona de Pereyra, llueven las denuncias al centro comunal, sin resultado. Cuando se ha intentado llevarlo adelante el procedimiento no deja de ser otro calvario. Uno tiene que levantarse en la madrugada, llamar a ruidos molestos, y quedarse ya en vela esperando que venga a medir". Rara vez termina con multa alguna, y lo que se gana es que mayor sea el ruido en la próxima noche.

PERO no se agota allí la agresión al hogar, pues en los alrededores de los centros de diversión sigue el escándalo donde abundan gritos, risotadas, peleas, casi siempre por la ingesta de alcohol que se vende durante toda la noche en los locales y fuera de ellos, sin ni siquiera respetar la prohibición legal de los diez y ocho años.

La realidad en la que convivimos, es la de un Estado que pretende hacer de todo, con el que día a día nos topamos: en el cumplimiento de las normas que nos rigen, en los impuestos que pagamos, en los servicios públicos, onerosos siempre por demás, que nos asisten, aunque a veces nos fastidian, en el desfile obligado por oficinas y formularios, en esa su presencia permanente, que a veces es una sombra, siempre es un poder, que resulta abrumador cuando al peso de su ineficiencia, se agrega el de su desmesura.

A la vez una comuna capitalina que desborda de burocracia, cuyos funcionarios altamente privilegiados se multiplican en centros comunales, en infinidad de divisiones, departamentos, secciones, en una lluvia de inspectores y en un presupuesto monstruo. Sin embargo, todo ese andamiaje tan poderoso, que tanto incomoda, fiscaliza, impide, coarta, no puede proteger a cientos de vecinos en el derecho a su privacidad, y en un derecho tan elemental que forma parte de aquel y del cuidado de la salud, como es el dormir.

El Ministro del Interior anunció que en lo que le compete ha de tomar nuevas medidas. La Comuna es probable que siga su siesta. En tanto la Constitución proclama que "El hogar es un sagrado inviolable". En la noche sólo se puede irrumpir con el consentimiento de su jefe.

Esta disposición queda en todos estos casos como una proclama teórica, mientras irrumpen en la privacidad y en el hogar, en la noche y reiteradamente, perturbaciones y agresiones que arriesgan convertirlo de sagrado inviolable, en un infiernillo donde noche a noche se "asesina el sueño".

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