El Frente Amplio (FA) viene de tomar dos decisiones electorales muy importantes que no deben pasar desapercibidas: tendrán consecuencias políticas que van más allá, incluso, de quién sea el que termine siendo su candidato a la presidencia en octubre de 2024.
La primera decisión refiere a la forma en la que se procesará la conocida apertura hacia el centro del espectro político de manera de seducir votantes que no forman parte del clásico entramado frenteamplista. En efecto, en la izquierda existe la convicción de que se debe repetir la estrategia exitosa que iniciara Vázquez en 1994, con el Encuentro Progresista y la inclusión de Nin Novoa en su fórmula presidencial, que consistió en abrir espacios políticos no frenteamplistas pero que sumaran al caudal electoral de la coalición de izquierdas. Es por ello que el FA debía resolver cómo llevar adelante esa estrategia para esta nueva etapa.
El resultado fue de cierta rigidez a la izquierda. Porque por un lado se confirmó la idea de buscar esa apertura hacia actores no frenteamplistas. Pero por otro lado no existirá nada parecido al Encuentro Progresista de 1994. La comparecencia en las elecciones de octubre, sean quienes fueren que quieran alinearse con el conglomerado zurdo, será bajo el lema Frente Amplio; todos aquellos que busquen acordar con la izquierda deberán aceptar el programa de gobierno del FA y comprometerse a llevarlo adelante; y finalmente, incluso hay cláusulas económicas que implican que, de pasar a ocupar algún cargo público como consecuencia de esa alianza, los dirigentes profrenteamplistas que no quieran integrarse formalmente al FA de todas maneras deberán pagar una cuota a la coalición (como si efectivamente fuesen parte de ella).
Todas estas condiciones dejan poco margen para la mise en scène de tanto izquierdista que hoy no integra formalmente el FA, como Oddone, Amado o Read, por ejemplo. Ellos son los que están llamados a cumplir con la tarea de seducción de los no frenteamplistas de manera que terminen apoyando a la izquierda en 2024. ¿Cómo hacen para decir que no integran el FA, si votan con su lema, deberán aportarle sus dineros y, además, estarán comprometidos a apoyar todo lo que el FA haya resuelto programáticamente antes de las elecciones de 2024? Por mucha verborragia que le pongan, nadie creerá que no son parte integrante del FA.
La segunda decisión va en el mismo sentido, al dar más poder a la estructura del FA y limitar cualquier movimiento autónomo que quiera llevar adelante el candidato que gane la interna de junio de 2024. En efecto, seguramente quemados con leche por la paupérrima decisión de Martínez en 2019 de hacerse acompañar por una dirigente muy menor y muy acomplejada por su falta de estudios académicos, los frenteamplistas acaban de resolver que el candidato a vicepresidente debe contar con el apoyo del 66% de la Mesa Política del FA.
De nuevo, el FA se autoimpone cierta rigidez política, ya que esta decisión significa, en concreto, que la persona que acompañe al candidato a presidente debe ser aprobada por la estructura del FA, es decir, por un conjunto de dirigentes en donde están sobrerrepresentados los comunistas, los tupamaros y en general el perfil más rancio de la izquierda frenteamplista. Además, esto implica que, si no hay resultados contundentes en la noche de las internas del FA que fijen un ganador claro y un segundo con grandes apoyos y distanciado del tercero, no será tan fácil definir la fórmula esa misma noche: habrá distintos intereses sectoriales en juego, y seguramente el FA precise negociaciones arduas para alcanzar una mayoría tan grande como la de sus dos tercios del total.
Así las cosas, se trata de dos decisiones que marcan quiénes son los que llevan la batuta en el FA. Dentro de la izquierda se acepta la idea teórica de una apertura hacia el centro, pero quienes conservan las riendas son los sectores más duros que no están dispuestos a ceder en cuestiones esenciales: ni en una figura de vicepresidente ajena a la aprobación de la estructura del FA; ni en aceptar sectores no alineados con el FA en lo programático y en lo electoral.
Para 2024 no solamente una parte del FA adherirá a la reforma plebiscitaria que procurará destruir el sistema de seguridad social que tenemos, sino que además todo el FA mostrará una rigidez izquierdista clara y sin fisuras. Todo esto importará mucho, ya que la decisión ciudadana será entre la actual Coalición Republicana o este FA que, sin duda, es el peor en mucho tiempo.