Reconocimiento a Mujica

Tal vez involuntariamente, la columna de opinión publicada ayer en el semanario Búsqueda con la firma del reconocido politólogo Adolfo Garcé, es indicativa de los prejuicios de un importante sector de la academia, respecto al siempre polémico asunto de la historia reciente.

Bajo el épico título de “Pepe Mujica, la guerra y la paz”, el autor elogia el reconocimiento dado al expresidente por su aporte al proceso de paz de Colombia, conferido el 16 de febrero en el Paraninfo de la Universidad. Lo que conmueve a Garcé es una frase pronunciada por Mujica en la ocasión: “Allá marché a hablar con la dirección de las FARC. Porque cuando somos jóvenes, construimos entuertos. Y cuando somos viejos, desfacemos entuertos”. El politólogo comenta estos dichos como una asunción de los errores cometidos por quien, en su juventud, lideró la lucha armada contra una democracia, pero en la madurez, hizo suyos por fin aquellos denostados valores republicanos.

“La generación a la que pertenece José Mujica armó un entuerto de dimensiones extraordinarias”, escribe Garcé, “que desembocó en la época más penosa de la política nacional en mucho tiempo”. Pero enseguida exculpa a sus protagonistas, porque agrega que “no tiene sentido, medio siglo después, cuando los códigos del mundo entero han cambiado tanto, hacer juicios sumarios. Pocas maneras de pensar conducen a más errores que el anacronismo. Los años sesenta fueron muy especiales. La ilusión de la revolución, por el camino corto (el de los guerrilleros) o el camino largo (como el de los comunistas), llevó a muchos jóvenes idealistas a comprometerse a fondo con sus sueños y a cometer demasiados errores. Hoy es evidente que fue una ilusión. En aquel momento no lo era”.

El argumento hace agua por dos lados. Primero, resulta muy injusto que Garcé atribuya a toda una generación esa supuesta “ilusión revolucionaria”, cuando es sabido que el movimiento guerrillero atrajo a una ínfima minoría de la juventud de la época, una juventud que era mayoritariamente contestaria (como corresponde a esa fecunda etapa de la vida), pero que de ningún modo postulaba el violentismo. Más bien todo lo contrario. Incluso el mayo francés, con una sobrecarga ideológica de rebelión contra el poder, nunca promovió su conquista por las armas. Mediante esa generalización, se agravia a la inmensa mayoría de jóvenes de la época que manifestaban su rebeldía en paz.

En segundo lugar, hay que aclarar que el “camino corto” de los tupamaros tenía poco de ilusión e idealismo. Fue un engranaje más de una máquina totalitaria continental, profusa e intencionadamente financiada y promovida desde afuera.

Por su parte, el supuesto “camino largo” de los comunistas tampoco era tal, porque ese partido fue el primero en aplaudir la avanzada militar sobre las instituciones de febrero de 1973. Calcularon -con trágica ingenuidad- que los uniformados sacarían del poder a “la oligarquía” y colocarían a un epígono de Velasco Alvarado. En suma, el idealismo que menciona Garcé y al que, según él, no hay que juzgar con el diario del lunes, fue en realidad mucho menos noble de lo que se pinta.

Lejos de ser una prístina ilusión, fue el desprecio explícito contra la institucionalidad democrática en un país que, más allá de la crisis económica que atravesaba, era en ese entonces un paradigma de libertad y convivencia tolerante. Y que por la misma acción de esos radicales -minoritarios pero bien pertrechados- ingresó en una espiral de violencia entre extremismos ideológicos que se llevó puesta a la democracia y la libertad.

Nos convirtieron en un patético patio trasero de la guerra fría.

Es grave que aún hoy se siga abonando esas visiones edulcoradas de un pasado trágico.

No alcanza con decir que tupamaros y comunistas cometieron errores que se justificaban por la lógica de los tiempos. Porque simultáneamente también había voces que se alzaban en defensa de la democracia, tantas como ciudadanos comunes que caían por la insanía guerrillera.

Sería vano reclamar a Mujica que pidiera disculpas: con su sujeción a la institucionalidad, desde los años 90 hasta ahora, implícitamente ya lo ha asumido.

Pero a los académicos sí, hay que exigirles que una mirada un poco más crítica. Esa mirada paternalista y exculpatoria de acciones criminales y antidemocráticas podrá ser políticamente correcta, pero históricamente es falsa.

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