En política internacional no hay una autoridad única y general que se ocupe de fijar un orden y de hacer cumplir una ley. El escenario allí es de anarquía, es decir, de puja de intereses nacionales contradictorios que por momentos encuentran armonía y en otras ocasiones configuran inestabilidades que incluso pueden llegar a la guerra.
En ese marco general es que ha evolucionado el derecho internacional, con mayor o menor éxito en función del área específica a la que se refiera y la época que se analice. Para países pequeños en factores de poder, es decir en poder militar, extensión territorial, peso demográfico, potencia económica y financiera y en riqueza de recursos naturales, como es el caso bien evidente de nuestro país, el cumplimiento de ese derecho internacional es la gran protección frente a los abusos eventuales de países más poderosos.
Nos es favorable un mundo de reglas claras, y por eso adherimos con conciencia y vigor a un acuerdo de libre comercio como el del Mercosur con la Unión Europea, o por eso también propiciamos integrarnos al CPTPP de países relevantes sobre todo del mundo asiático, o desarrollamos un comercio bilateral hecho de reglas claras con países enormemente complementarios comercialmente como es el caso por ejemplo de Indonesia -sobre todo para nuestros productos lácteos-. Hay mucho por seguir construyendo en este sentido: forma parte de la tarea esencial de nuestra diplomacia que tiene por delante, por ejemplo, cerrar el acuerdo concreto de integración al CPTPP lo antes posible. Para avanzar en ello, Chile, que ya integra ese tratado, será una pieza clave de diálogo y cooperación.
Sin embargo, ese principio de derecho internacional al que debemos adherir con todas nuestras fuerzas debe ser complementado con un permanente criterio realista que nos asegure cumplir con nuestros intereses nacionales. Porque lo cierto es que el mundo está dejando espacio a la extensión de los intereses egoístas de las principales potencias mundiales que, con sus agendas de prioridades y sus ecuaciones geopolíticas concretas, están incidiendo mucho en aquellas lógicas del derecho internacional, y no necesariamente para fortalecerlas. Pero así es la realidad, y forma parte de la inteligencia de países como el nuestro adaptarnos a ella y no pretender desde nuestro lugar, tan periférico, cambiarla.
Hace meses que nuestro gobierno está jugando con fuego en política exterior. No porque no transite los caminos marcados por el derecho internacional en lo que refiere a aperturas comerciales, por ejemplo. Pero sí porque ha definido en lo regional una política de seguidismo de Brasilia que daña al interés nacional del Uruguay, ya que definitivamente no es cierto que tengamos los mismos intereses que nuestros vecinos del norte y que tras él nos posicionemos mejor en el mundo.
Es por lo tanto fundamental, por ejemplo, entender el cambio estratégico clave de Estados Unidos para todo nuestro hemisferio. Se acabó el viejo juego posible de influencia política contradictoria con China: ahora la doctrina Monroe de una América toda unida bajo un mismo paradigma, vieja de más de 200 años, será potenciada. No impide este realismo estadounidense comerciar con quien se quiera; pero sí limita fuertemente la presencia política o militar china en Sudamérica.
En este contexto, la capacidad de diálogo y negociación de Brasilia con Washington es diferente a la de Montevideo. De ninguna forma debemos quedar alineados tras el camino de una sub-potencia regional, que además puede perfectamente cambiar de rumbo en función del resultado de su elección presidencial de este año. Nuestro propio lugar geográfico y papel democrático estratégico nos han permitido, siempre, una autonomía internacional muy diferente. Y no se trata de lo que nos gustaría o lo que debería ser posible. Se trata, en política exterior, de adaptarse a las circunstancias y hacer jugar los nuevos paradigmas en función de nuestros intereses nacionales. Hay que terminar por lo tanto con la ideologización ridícula de una política exterior izquierdista que se abraza con el dictador de Cuba, que se alinea con Sánchez, Petro y Lula, y que supone que escenarios tercermundistas como la Celac o el grupo de los 77 son lugares relevantes para que Uruguay ocupe protagonismo.
Derecho internacional y realismo deben ser nuestros principios internacionales básicos. Suplantarlos por protagonismos apolillados y por adhesiones ideologizadas decadentes lo único que hace es dañar nuestro interés nacional.