Petro y la superioridad moral

Si hay un elemento tóxico, que complica el esencial intercambio de ideas en una democracia, es la permanente ostentación de superioridad moral de la que hacen gala los dirigentes socialistas o “de izquierda”. Esto, y esa mirada internacionalista bastante ingenua, llevan a que políticos uruguayos se pongan sistemáticamente la camiseta de cualquier líder mesiánico que aparezca en el continente.

Esto ha sucedido incontables veces, desde Fidel Castro a Hugo Chávez, desde Evo Morales a Cristina Kirchner, aunque en este último caso, es tan terrible el impacto en Argentina de las políticas del kirchnerismo, que han debido moderar sus expresiones públicas de admiración.

Pero en el último año, ha habido un nuevo fenómeno de atracción para nuestros paladines de la moral política: el flamante presidente colombiano Gustavo Petro.

Ungido por las agencias globales, y la prensa compañera como el “primer presidente de izquierda de la historia de Colombia”, Petro ha recibido el saludo caluroso de los socialistas regionales. Se ha acercado a Maduro, ha ofrecido condiciones de paz insuperables a los remanentes de la guerrilla, y ha peleado en redes sociales con cualquiera que no le festeje sus habituales disparates.

Incluso tuvo el descaro de acusar al presidente uruguayo de tener alguna vinculación con el crimen de un fiscal paraguayo en Colombia. Algo de lo cual nunca presentó ninguna prueba, claro.

Nadie va a sufrir mucho por el drama que padece hoy el presidente de Colombia, representación casi perfecta del demagogo de izquierda. Pero es interesante ver qué dirán sus fans locales.

En Uruguay quien se derritió en elogios a Petro fue el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, que lo trató como un paladín de las causas justas, y dedicó almibaradas palabras a la vicepresidenta de Petro, Francia Márquez, una activista afro.

Claramente, hablan sin leer mucho las noticias. Porque los antecedentes de ambos eran suficientemente turbios como para ser más cautelosos. Pero la realidad actual, muestra que se ataron a un yunque de plomo y saltaron al mar.

La sensible activista ha probado en estos 12 meses de gobierno ostentar todos los pecados típicos del dirigente popular que llega al poder. Derroche de dineros públicos, viajes banales en helicóptero, gastos personales injustificables. Y cuando se le reclama, un tono petulante y agresivo diciendo que “yo llegué, a mí me votaron, ahora se embroman”.

Pero esto son anécdotas al lado de lo que ha estallado en Colombia en las últimas semanas.

Primero con la salida del embajador colombiano en Venezuela, Armando Benedetti, oscuro caudillo político que supo pasar por todos los partidos de su país, antes de convertirse en amigo carnal de Petro. Y que se fue armando un escándalo y denunciando cosas espantosas.

Casi las mismas cosas que ahora ha confesado ante la justicia nada menos que un hijo del presidente Petro, Nicolás. Quien asegura que recibió millones de dólares de parte de empresarios corruptos y narcotraficantes, destinados a la campaña electoral de su padre. Según la confesión, parte de ese dinero fue usado para gastos personales del hijo de Petro, pero otra se destinó a financiar la campaña electoral del actual mandatario.

Vale recordar que la ley colombiana establece criterios muy rigurosos sobre el uso de fondos electorales, y que la prueba de haber vulnerado estas normas, implica la destitución del político beneficiado.

En el caso de Petro esto es además doblemente grave, ya que el mandatario ha sido siempre muy vocal en su crítica al tema del dinero, y rápido al acusar a sus rivales de usar fondos ilegales. Por lo cual este escándalo, tiene a buena parte del sistema político colombiano refregándose las manos, y pasando facturas.

Nadie en su sano juicio va a sufrir mucho por los desvelos de Petro, representación casi perfecta del demagogo de izquierda, soberbio y pendenciero, que habla a todo el mundo desde un pedestal de superioridad moral sin mayor justificación.

Pero es asombroso que políticos uruguayos sigan cometiendo el mismo pecado de asociarse a este tipo de figuras. Figuras que siempre terminan dejándolos “pegados”.

Uruguay tiene un sistema político único en la región, y que en general es visto con admiración por buena parte de los analistas continentales. Esto tiene que ver con nuestra historia, y también con el tipo de sociedad que supimos construir durante casi dos siglos. Uno de los ejes del mismo, es que nadie tiene la receta mágica para el progreso y el bien social, sino que esto es una construcción que lleva tiempo y precisa del aporte de todos. Olvidarse de eso, y encandilarse ante el primer bufón tropical que replica disparates ideológicos que siempre han fracasado, es la receta perfecta para el papelón.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar