Editorial

Sin patas, la araña queda sorda

Después de trascender que, entre los liceales, el cannabis había superado al tabaco, y tras una campaña en que se mostraba a adultos dubitativos cada vez que los chiquilines les preguntaban si la marihuana hacía mal, parece que mágicamente el consumo entre estos se abatió.

Hay cosas de este gobierno que recuerdan al viejo chiste del científico que va cortando las patas de una araña y anotando cómo se dificulta su desplazamiento, cada vez que él le pide que camine. Cuando le quita la última pata y se lo solicita de nuevo, observa que el bicho no se mueve y anota en su libreta: "queda comprobado que cuando una araña pierde todas sus patas, se vuelve sorda".

A principios de este mes, el presidente de la Junta Nacional de Drogas, Diego Olivera, incurrió en una conclusión de similar falsedad. Declaró en rueda de prensa que "la marihuana legal le quitó diez millones de dólares al narcotráfico". La operación que hizo fue sencilla: hasta la fecha, los puntos de venta del cannabis estatal generaron una facturación de esa entidad. O sea que si la ley no existiera, ese mismo volumen de dinero hubiera ido a las arcas de los narcos. No se le ocurrió pensar que la estatización de la producción y la oficialización de la venta, con toda la fanfarria publicitaria que la rodeó, tienen que haber hecho crecer el mercado, generando entonces una demanda superior a la que existía antes de la ley. O sea que, si no hubiera inferido que la araña desmembrada se volvió sorda, podría haber apreciado que el mercado total de la marihuana en Uruguay se incrementó como máximo en diez millones de dólares.

He ahí el resultado del invento genial de Mujica, esponsorizado por el platudo y cajetilla de George Soros, casualmente proveedor de las semillas que harían crecer el negocio.

Se nos preguntará cómo sabemos que el narcotráfico no se vio afectado.

La verdad es que, a juzgar por lo que informa la crónica policial de cada día, no vemos a los narcos emigrando ni lamentándose de su mala suerte, sino todo lo contrario. Se han adueñado literalmente de muchos barrios, tanto en Montevideo como en ciudades del interior. Siguen sacando a la gente de sus casas a punta de revólver y tiroteándose a plena luz del día, en sus usuales guerrillas por territorio. Su oficio parece seguir siendo tan lucrativo como nefasto para la seguridad pública y la convivencia.

Hace unos días, el llamado "Monitor Cannabis" de la UdelaR reconoció que "se han sumado nuevos usuarios" (explíquenselo a Olivera, por favor).

Pero curiosamente, aseveró también que disminuye la cantidad de jóvenes que se exponen a la sustancia: "a cinco años de la regulación del cannabis en Uruguay, la evaluación general es buena", dicen. Según esta gente, anteriormente los consumidores tenían sobre todo entre 15 y 35 años, pero ahora decreció este segmento etario y aumentó el de los adultos.

Lo curioso del caso es que hace apenas tres meses, a fines de agosto, una encuesta publicada por El País daba cuenta de lo contrario: la masiva penetración del cannabis en los segmentos más jóvenes. Tanto fue así que el presidente Vázquez, alarmado por la baja percepción de riesgo que estaba teniendo la sustancia entre ellos, exigió una inmediata campaña publicitaria que pusiera las cosas en su lugar.

Después de trascender que, entre los liceales, el cannabis había superado al tabaco, y luego de una campaña en que se mostraba a adultos dubitativos cada vez que los chiquilines les preguntaban si la marihuana hacía mal, parece que mágicamente el consumo entre estos se abatió… En fin, todo es bastante sui generis y tan escaso de racionalidad, como el efecto mismo que genera la sustancia en ciertos perezosos cerebros uruguayos.

Tanto como una ley que, además de despenalizar razonablemente el autocultivo y los clubes cannábicos, incurrió en la decisión insólita de distribuir la marihuana en locales identificados con la venta de productos que benefician la salud.

El presidente de la JND ha informado que existen hasta la fecha 31.707 adquirentes registrados. El "experimento" pactado entre Mujica y Soros, avanza sin prisa y sin pausa.

El Estado ve en esto un negocio y parece no darse cuenta que lucra con el deterioro de la salud de los uruguayos, como lo hizo durante años al producir y comercializar bebidas de alta graduación alcohólica.

El país que dio un ejemplo al mundo entero en materia de políticas de salud, al generar fuertes restricciones al consumo de tabaco, con esto se transforma en ejemplo de otros estados que apuestan al crecimiento económico por encima y a pesar del bienestar de sus ciudadanos, y a la demagogia barata de dar a la gente lo que pide, por encima y a pesar de lo que la beneficia física y espiritualmente.

Así estamos. La araña se volvió sorda, y el presidente que dio cátedra mundial en defensa de la salud pública, parece que también.

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