Con la represa de Arazatí o Neptuno, el proyecto ya adjudicado por el gobierno tras la licitación que posibilitará su construcción, “no hubiera habido emergencia hídrica” afirmó el actual presidente Raúl Montero. Una persona que sabe de lo que habla, tras su larga trayectoria en Obras Sanitarias del Estado.
La precaria situación montevideana para enfrentar los problemas ocasionados por la sequía que nos aquejó durante largos meses dejó en clara evidencia la mala gestión de OSE durante los tres anteriores gobiernos del F.A. Y para peor en una quincena de años con condiciones económicas externas favorables históricas, en los cuales el dinero abundaba. Sumada esta bonanza a no haber tenido que vérselas con las enormes dificultades producto de una tremenda sequía como la que se acaba de padecer, aparte de la grave crisis de la pandemia del Covid nomás asumir el actual gobierno y los inesperados efectos internacionales adversos, a resultas de la invasión rusa a Ucrania, con complicadas secuelas mundiales en la marcha del comercio y la economía, más allá de las trágicas consecuencias humanas.
¿Pero quien se recuerda hoy de la alarmante falta de lluvias durante meses? No muchos, a no ser en el campo, donde los daños provocados por la larga sequía afectaron gravemente su negocio, sus cosechas, sus ganados, sus tambos y hasta su supervivencia. En ese sector la gente está más acostumbrada a vérselas con los cambios de humor de la naturaleza; son más estoicos, más fatalistas. En la ciudad, en cambio, ni siquiera imaginamos que nos pueda faltar el agua corriente y menos que venga con gusto salobre. Cuando el problema se siente en la Capital, el revuelo se hace mayúsculo, los nervios y las quejas van en importante “crescendo” y se produce una generalizada condena a los gobernantes de turno. Especialmente desde las tiendas opositoras, como si no hubiese nada que recriminar a las previas administraciones de sus correligionarios, ante su inoperancia y falta previsión. Ni tampoco se aprecia debidamente todo lo decidido por el gobierno para que las personas pudiesen acceder a agua embotellada. Sin costo para los más necesitados, los millones de pesos que significó para el erario público la logística de abastecimiento para los barrios marginales, la menor recaudación debida a la baja de impuestos a las aguas.
Pero pasada la emergencia, la gente se olvida rápidamente lo vivido. Es una conducta usual del ser humano en cualquier instancia de la vida, muy útil tal vez, para la resiliencia. ¿Pero quién se cuida hoy de no desperdiciar el agua corriente, esa maravilla civilizatoria? ¿Quién se preocupa de no dejar la canilla abierta mientras no la usa o de no abrirla al máximo si no hace falta tanto volumen para lavar unos pocos platos, darse una ducha o lavar el piso? Y ni qué hablar de otros usos, como los industriales y demás.
Sin embargo, los gobiernos no deben bajar los brazos nunca. Al asumir en sus funciones les cabe el compromiso de no mirar para el costado, planificar e implementar estrategias para impedir futuros des- quicios. Cuanto más lar- go haya sido su tiempo en el poder, más grande será su responsabilidad o la falta de ella. Aunque asombrosamente el director por el F.A., Ortuño, se dedique a torpedear cualquier propuesta de la presente Administración, por más imprescindible que sea.
Durante casi 3 años Uruguay tuvo insuficiencia de lluvias en un sistema que toma agua de la cuenca del Santa Lucía, en la planta potabilizadora de Aguas Corrientes, Canelones. Allí está la producción y aducción del agua potable que llega a la capital a través de 3 tuberías principales. Paso Severino estuvo lleno hasta noviembre y luego no hubo lluvia significativa durante 5 meses. Si en ese período de 100 días hubiese funcionado Arazatí, Montevideo y el área metropolitana habrían recibido unos 200 millones de mtrs. cúbicos. Su caudal no hubiese bajado a solo 1 millón. El promedio habitual son 65 millones de mtrs. cúbicos.
Vistas las grandes vulnerabilidades ante sequías y otros incidentes posibles a partir de la dependencia de una sola fuente de suministro, el gobierno decidió esta obra que servirá para la captación de agua del Río de la Plata, de modo de contar con una reserva de agua dulce de 15 millones de mtrs. cúbicos para prevenir eventos de salinidad. Una planta potabilizadora, estaciones de bombeo y cañerías aductoras de agua bruta y tratada para el suministro a la capital. La planta será operada por OSE, que la irá pagando mensualmente al consorcio privado que hace la inversión y estará a cargo de su mantenimiento.