Ayer se cumplió un mes desde que buena parte del mundo puso los ojos en Venezuela. Durante varios días, gobiernos, medios y analistas siguieron minuto a minuto lo que ocurría. Cada anuncio de liberación de presos políticos, cada gesto de apertura o de transición generó expectativas sobre el posible fin de una tragedia que se había prolongado durante décadas.
Hoy esa atención se ha diluido. La vorágine informativa del mundo globalizado no perdona: lo efímero domina. Sin embargo, la tragedia venezolana sigue siendo descomunal.
Desde el inicio de enero, y según reportes de organizaciones como Foro Penal, han sido liberados más de 300 presos políticos en Venezuela en procesos vinculados a la transición política en curso, aunque aún quedan más de 700 detenidos por motivos esencialmente políticos, de represión y disidencia. Las cifras precisas varían entre fuentes oficiales y organizaciones independientes, pero más allá de la buena noticia que implican todas estas liberaciones no hay dudas que aún quedan muchos cientos de personas secuestradas por motivos políticos sin contacto casi con sus familias.
Paralelamente a las cifras, los testimonios de quienes han sido excarcelados son escalofriantes. Relatos recurrentes describen torturas en centros de detención como El Helicoide, famoso por décadas como sinónimo de abuso: desde privaciones extremas hasta tratos crueles y degradantes. Familias de presos hablan de escenas que parecen sacadas de una pesadilla: detenidos extremadamente delgados, con evidencias físicas de malos tratos, condiciones inhumanas y secuelas psicológicas profundas que tardarán años en sanar. Organizaciones de derechos humanos han denunciado que la tortura y la incomunicación se convirtieron en herramientas rutinarias contra los opositores del régimen. La vuelta a la sociedad de estas personas será muy difícil después de estos sometimientos, pero dejemos eso para otra columna.
Y la situación social que se pretende soslayar es igualmente dramática. Venezuela sigue sufriendo niveles de pobreza extrema que rozan a más de la mitad de su población, con millones requiriendo asistencia urgente para acceder a alimentos, medicinas y servicios básicos. No se trata de una crisis coyuntural: tras años de colapso económico y fuga masiva de ciudadanos, las condiciones de vida han retrocedido de manera brutal, con consecuencias que endurecen aún más la represión y el control social.
En Uruguay, en cambio, seguimos en el mismo lugar. Ayer, Constanza Moreira se quejaba de los recursos para “los derechos humanos” sin que, en paralelo, hayamos escuchado de su voz una sola palabra sobre la más sangrienta dictadura de la región de este siglo, ni sobre sus torturas ni sobre sus presos políticos. Quienes en su momento fueron cómplices o condescendientes con Chávez ahora se tornan mudos cuando el tema es el fondo: la brutalidad del poder estatal que se perpetuó por décadas. Parecen encontrar más cómodo hablar de Trump y su intervención que de las vidas que han sido destruidas por décadas de autoritarismo chavista.
Es comprensible que ningún tema retenga demasiado la atención en un mundo donde lo efímero domina las agendas. Pero en este caso debemos hacer un esfuerzo: lo que vino ocurriendo el último mes fue impresionante, y puede marcar un antes y un después en la correlación de fuerzas en la región. Aún se seguirán conociendo detalles escabrosos de la perversión sanguinaria del régimen y de su impulso corrupto. No tengan dudas: hay muchas personas temblando por lo que se puede saber, y muchas historias que no han salido a la luz.
Como corolario, otras fichas geopolíticas se seguirán moviendo. Cuba, estrechamente ligada a Venezuela durante décadas, está tambaleando también. La escasez de energía en la isla ha alcanzado niveles desconocidos, lo cual es mucho decir en un contexto ya históricamente delicado. La otrora exitosa industria turística se arrastra por lo que todo hace presagiar que la situación será cada vez más y más compleja. La historia que sostuvimos por tantos años sobre poder monolítico y estabilidad política está siendo desafiada.
Sigamos prestando atención a lo que pasa en Venezuela. Continuaremos conociendo detalles que no sólo darán luz sobre lo que ocurre hoy, sino que también nos explicarán mucho de lo que sucedió en América Latina en los últimos 20 años. Son muchos los presos, los exiliados y los perseguidos que esperan poder recuperar su libertad y, en última instancia, reconstruir su país. El mundo no puede, ni debe, dar la espalda.