Ni traidores ni botones: encubridores

Los uruguayos estamos acostumbrados desde hace años a los exabruptos sincericidas de José Mujica. Cada vez que sale un libro con sus declaraciones, estalla algún escándalo político y mediático. En el de Alfredo García, “Pepe coloquios” (2009), tiró que el Partido Socialista era una agencia de colocaciones, provocando que el presidente saliente, Tabaré Vázquez, se quejara de que quien lo sucedería decía “estupideces”.

Después, en “Una oveja negra al poder” (2015) de Andrés Danza y Ernesto Tulbovitz, la emprendió contra los sindicatos de la enseñanza, advirtiendo que había que “hacerlos mierda”. Además, confirmó toda la trama de corrupción del gobierno de Lula Da Silva, configurada por la compra lisa y llana de legisladores de la oposición. Ahora llegó el turno de “Los indomables”, de Pablo Cohen, donde la compañera del expresidente, Lucía Topolansky, lanzó una gravísima acusación de inmoralidad que él acaba de avalar. Tal vez sea el sincericidio más grave de todos, porque implica falsos testimonios con móviles políticos que pueden haber enviado a la cárcel a personas inocentes. Las derivaciones de estos dichos llevarían incluso a la revisión de sentencias y hasta a juicios reparatorios que emprendan sus damnificados.

Hay que empezar por lo primero: sería un alivio que Topolansky y Mujica, en el ocaso de sus vidas, hubieran optado por un sinceramiento de sus culpas o complicidades en la nefasta violencia política de hace medio siglo. Pero no fue así, porque en un tramo sustancial de la declaración de la primera, asegura que sabe “quiénes son los que mintieron”, pero no lo revelará porque expresó: “No somos traidores ni botones”. Así, una líder indiscutida del sector frenteamplista con mayoría en la cámara alta, se asume como encubridora de un delito y admite frontalmente que privilegia los intereses de su grupo al valor supremo de la justicia. Es una versión del mismo aforismo pepista de siempre: “Lo político por encima de lo jurídico”.

Orgánicamente, el Frente Amplio hizo bien en reclamar que “todos aquellos que tengan información sobre estos casos la vuelquen en los ámbitos que corresponda”.

No así la agrupación Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos, que luego de rechazar esos dichos exigió a Topolansky “retractarse” o, de lo contrario, “llamarse a silencio”. La crónica de El País de ayer consignó que un hijo de desaparecido apeló a la vieja frase: “Si no puedes mejorar el silencio, entonces mantenlo”. Es interesante cómo en cualquiera de ambas citas se omite expresamente la alternativa de llevar lo que se sepa a los tribunales. Parece que los reclamos de verdad y justicia valen solo para los antiguos adversarios, pero cuando atañen a ellos mismos, eligen la opacidad.

Es muy patético y también paradójico, porque si algo hizo el gobierno de Lacalle Pou fue divulgar sin límites toda la información a la que pudo acceder, contradiciendo la pueril falsedad de que trataría de ocultarla. Ahora son ellos mismos quienes se meten en este berenjenal, motivando revisión de casos y empeorando las ya tensas relaciones entre emepepistas y comunistas.

Quien piense que la pareja habla de más por mera incontinencia verbal, se equivoca.

Todas las boutades de Mujica han sido estratégicamente planificadas. Cuando bardeó a Carolina Cosse de una manera indigna, consiguió fortalecer la candidatura presidencial de su delfín, Orsi. Cuando salió a dar un espectáculo lastimoso previo al balotaje, mintiendo descaradamente sobre una supuesta congelación de salarios de 40 meses, lo hizo también para influir en una ciudadanía desinformada, que terminó haciendo la diferencia a favor del FA. ¿Qué busca ahora? Tal vez lavar culpas íntimas, en esa peculiar empatía que ha vinculado a los enemigos de antaño, guerrilleros y militares. No hay que olvidar que, siendo presidente, Mujica lanzó la idea de generar una suerte de escultura “por la paz”, fundiendo armas de fuego de ambos contendientes, como si con eso lograra limpiar la inmoralidad de quienes se alzaron contra la democracia, equiparándolos con aquellos que los derrotaron, en cumplimiento de su misión constitucional. Como si esa guerra atroz hubiera tenido algo que ver con una búsqueda de la paz, cuando fue todo lo contrario: el desencadenante de una dictadura despótica y liberticida.

O tal vez ni siquiera se trate de un intento de reparación psicológica, sino de un simple y vano mojón en la feroz interna entre tupamaros y comunistas que nos espera.

Ajústense los cinturones, uruguayos. Vienen años de vale todo en la lucha por la hegemonía del poder.

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