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Ni la huelga en la educación, ni los pasaportes truchos, ni el juicio político a Cosse.
Una de las noticias más leídas y comentadas de los últimos días ha sido el “accidente” por el cual dos periodistas deportivos fueron sancionados luego de mencionar al aire de manera poco elogiosa, el estado físico de algunos actores laterales de un partido de fútbol.
Aquí, es necesario aclararlo, se está hablando de dos cosas bien diferentes. Primero, el error de dos periodistas con cierta trayectoria, que deberían ser conscientes de su lugar, de las implicancias de su labor, y de que con determinadas expresiones involucran a la empresa que les da trabajo así como a sus compañeros. En ese sentido, es razonable la sanción sufrida.
Dicho esto, y salvando todas las distancias, si alguien hubiera colocado un micrófono en cualquier redacción periodística de Uruguay o el mundo, no quedaría nadie sin sancionar. El trabajo con la noticia es una tarea apasionante y enriquecedora, pero también genera una potenciación del cinismo a niveles difíciles de entender para el resto de las personas. Como sucede con los médicos, o los policías, el estar todos los días trabajando con la materia prima de las miserias y urgencias humanas, genera una especie de escudo protector tan necesario para la cordura mental, como aislante de la sensibilidad social.
El tema de fondo, lo que reveló este episodio más allá de la “gaffe” de hacer chistes sobre determinadas personas sin darse cuenta que te está escuchando medio Uruguay, es que existe una nueva forma de entender la convivencia, por la cual ya no resultan aceptables determinadas formas de humor. En particular, las que hacen escarnio de físicos o apariencias que no encajan con ciertos cánones estéticos tradicionales.
Este tema viene siendo objeto de polémica en muchos países, desde hace tiempo. En particular con los comediantes que sienten que las nuevas generaciones no tienen capacidad para reírse de si mismas, y que atribuyen a cualquier comentario un nivel de trascendencia moral directamente incompatible con el humor. Un humor que ha sido clave para que el ser humano sobreviva a las angustias de la vida moderna.
El tema de fondo, lo que reveló este episodio más allá de la “gaffe”, es que existe una nueva forma de entender la convivencia, por la cual ya no resultan aceptables determinadas formas de humor.
Esto obliga a dos comentarios. El primero, todos estamos de acuerdo con que haya una máxima libertad en la vida social para vestirse, comportarse, verse, de la forma que a la persona le resulte más agradable. Punto. Ahora bien esa libertad, como siempre con este valor tan central, implica una contracara. Y la misma es la libertad del resto de los ciudadanos de pensar y comentar en forma reservada sobre cómo se visten, comportan o lucen, las demás personas. Si al amable lector le gusta caminar por Villa Española con un “bouquet” de frutas y flores en la cabeza moviendo las caderas a lo Carmen Miranda...¡genial! Pero hay gente que lo va a comentar, porque es inusual, llama la atención, o porque rompe con la costumbre. Así es la vida.
Un segundo aspecto tiene que ver con el físico de las personas. Estamos en un momento donde existe no solo una sensibilidad especial sobre eso, sino que hay gente que se declara (en serio) como activistas de la gordura, y que la misma sería ya un acto político. No se ría, en La Diaria hace unos meses se publicó un artículo que decía justamente eso.
Todo en base a que las personas no podrían hacer mucho por llevar su estado físico más cerca de los estándares generales de belleza “impuestos por la sociedad heteropatriarcal”, por lo cual, hacer escarnio sobre ese tema sería una ofensa casi neoliberal.
Lo que podría ser un argumento atendible, tal como sucede mucho hoy, termina siendo llevado a un extremo ridículo. La obesidad es una enfermedad, la persona puede hacer muchas cosas para enfrentarla, y no es razonable que la sociedad asuma como válido y por fuera de la crítica una situación física que conspira contra la salud. A tal extremo llega este absurdo, que durante la pandemia de Covid, todos los expertos sabían que el gran diferencial que llevaba a la gente a los CTI, la principal “comorbilidad” que complicaba a los pacientes, era la obesidad. Pero nadie lo decía por miedo a ser acusados de “gordofóbicos”.
A estos límites nos llevan la solemnidad, la falta de criterio, y la ausencia de humor que dominan a la sociedad actual. En realidad no la dominan, como quedó en claro con el micrófono abierto del otro día. Sino que los impulsores de estos cambios se concentran en “marcar” a quienes trabajan en la comunicación y el debate público. Personas sobre las que se carga una responsabilidad inconducente, que los termina alejando de la sensibilidad real de la sociedad.