Medio siglo del golpe de Estado

Hace hoy medio siglo que el entonces presidente Juan María Bordaberry, apoyado por las Fuerzas Armadas, puso en marcha una asfixiante dictadura que duró cerca de 12 años.

Hoy se recuerda ese hecho. No se celebra, solo se recuerda porque al tenerlo presente, pese al tiempo pasado, los uruguayos nos reafirmamos en la idea de que nunca más debe ocurrir.

Una espiral de acontecimientos llevó al dramático desenlace y por lo tanto fue un golpe que no sorprendió. No solo porque su gestación formal comenzó el 8 de febrero de ese 1973, cuando los militares se opusieron a la designación de un ministro de Defensa y tras una complicada negociación se llegó a un acuerdo firmado en Boiso Lanza (que implicó la presencia militar en el gobierno), sino porque el país venía desde mucho antes en una escalada de agitación que debilitaba su funcionamiento económico e institucional.

En plena democracia, pese a cierto desgaste y a una crisis económica crónica, aparecieron los tupamaros.

Contra lo que dice el mito, la guerrilla surgió no para derrocar una dictadura, que no la había, sino para imponer su revolución al estilo cubano. El mero orden cronológico de los hechos desmiente a rajatabla el relato inventado. Es más, la guerrilla fue derrotada un año antes del golpe, en democracia.

Junto con la guerrilla, creció una agitación social promovida por el movimiento estudiantil y el sindical. Los paros no eran por reclamos puntuales sino que se denominaban “huelgas revolucionarias”; las movilizaciones estudiantiles, casi siempre violentas.

El país estaba convulsionado. La rutina cotidiana de la gente, esa que da seguridad, estuvo profundamente alterada durante un lustro y eso generó miedo y malestar.

Derrotada la guerrilla al final fueron los militares quienes hicieron lo que los tupamaros pretendían: tomar el poder por las armas.

La dictadura fue larga. Y si bien al principio encontró un tibio y pasivo apoyo, explicado por la necesidad de la gente de volver a su valorizada rutina diaria, poco a poco empezó a perder terreno.

La gente era calificada (y excluida laboralmente) en distintas categorías según su pasado político. Por eso, además de un alto número de personas presas, hubo un número aún más alto de exiliados.

El país se cubrió de un sofocante silencio. Sobre muchas cosas no se hablaba. No se tenía idea en qué estaba el gobierno, ni tampoco en qué estaba el mundo. Esos años fueron como un gran agujero negro. Una sociedad aislada del mundo y de sí misma.

El régimen se impuso con arbitrariedad y represión y generó un miedo manso, callado, pero real, que engañó a los gobernantes porque les hizo creer que se vivía en paz genuina.

Con el tiempo se fue gestando un pausado movimiento de disidencia que se observó en la cultura y especialmente en el canto con su lenguaje codificado. En esos espacios, nadie preguntaba a qué partido se pertenecía. El común cansancio de vivir sin libertad unía a todos.

Eso explica el resultado del plebiscito del 80. Una clara aunque no abrumadora mayoría rechazó una reforma constitucional antidemocrática y antiliberal y obligó a iniciar, con marchas y contramarchas, un proceso de apertura hacia la democracia.

Al recordar hoy los 50 años de ese aciago día, también importa tener en cuenta cómo se salió de esa dura experiencia.

Si bien siguen pendientes muchos temas relacionados a esa época, entre ellos (aunque no el único) los relacionados a las violaciones de derechos humanos, el retorno a la democracia el 1º de marzo de 1985 implicó una transformación que se fue consolidando con los años.

Hubo que enfrentar innumerables escollos, pero a lo largo de estos 38 años se consolidó una valorada forma de convivencia democrática.

No solo es el período más largo de estabilidad institucional, sino que es uno donde hubo una saludable alternancia de partidos en el gobierno (estuvieron todos) y supo superar desafíos como fue la tensión que llevó a la ley de caducidad, la crisis financiera de 2002, y la pandemia.

Medio siglo es mucho tiempo. Generaciones enteras, hoy activas en la vida productiva, política y cultural del país, no vivieron aquellos acontecimientos. Si se los recuerda con intensidad, es por la profunda huella que dejaron.

Recordemos aquel pesaroso día y celebremos con sabiduría la democracia que ahora tenemos. No es algo que abunda en este convulsionado mundo.

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