Se cumple hoy medio siglo de una de las jornadas más trágicas de la historia de Chile: el bombardeo de la casa de gobierno de La Moneda en Santiago de Chile, la violenta muerte del presidente Salvador Allende, y un golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet que daría lugar a una de las más severas y largas dictaduras de la región.
Incluso medio siglo más tarde, costará mucho eludir las múltiples muestras de sentida congoja democrática que proliferarán a lo largo y ancho sobre todo del mundo occidental, para concentrarse en una mirada más fría, distante y analítica que procure entender y explicar mejor estos episodios que, sin duda, hace ya tiempo que forman parte de la Historia. Es que Allende se ha transformado en una figura icónica de la izquierda en Chile y en todo el continente: su martirio ha sido recordado por generaciones y su sacrificio se ha consolidado como un símbolo de la resistencia a la opresión, por lo que el sinfín de memorias personales y de visiones subjetivas y marcadas por la emoción han sido las protagonistas, por lejos, cada vez que se ha mirado hacia atrás para justipreciar el desastre de setiembre de 1973 y sus nefastas consecuencias.
Sin embargo, sería muy bueno lograr de una vez por todas arrojar una luz analítica que devolviera mayor entendimiento y más racionalidad a la percepción de una tragedia como aquella. Para empezar, porque el 11 de setiembre estuvo enmarcado en una Guerra Fría cuya gravedad todos los actores de aquel entonces conocían bien: ya había ocurrido el golpe en Uruguay pocos meses antes; y sobre todo, ya había sido advertido de diversas formas el gobierno de Chile de que no habría de permitirse en Sudamérica una segunda Cuba comunista. Y no es que Allende fuera comunista, claro está. Pero sí que no contaba con mayorías propias como para conducir por un camino de reformas profundas a Chile; no logró encontrar equilibrios macroeconómicos que dieran estabilidad a la vida cotidiana chilena -la inflación y la escasez eran la moneda corriente-; y finalmente, abrió el juego a un coqueteo con la izquierda revolucionaria a la que la visita de Fidel Castro en 1971 por casi un mes a Santiago de Chile no fue para nada baladí.
Todo el episodio del 11 de setiembre muestra el sentido trágico propio de la escena griega: actores que van a su destino desgraciado, con los ojos abiertos e incapaces de cambiar de rumbo.
La ceguera antiestadounidense de la izquierda disimuló, cuando no directamente calló, el desastre del campo socialista que ya todo el mundo civilizado conocía muy bien: desde la sanguinaria dictadura del propio Castro en Cuba, hasta el totalitarismo de Alemania del Este -cuyo régimen financiaba a una parte de la izquierda chilena-, pasando por los años de hambrunas de Mao en China o los campos de concentración en Rusia denunciados por Solzhenitsyn (premio Nobel de literatura en 1970). En cambio, lejos de distanciarse de todo aquello, el camino de la Unidad Popular de Allende fue en paralelo a tanto sufrimiento generado por el campo socialista, a la vez que fue tensando la coyuntura política dentro del propio teatro chileno, en el que, desde siempre y como bien enseñara Alberto Edwards en su ensayo del año 1928 “La fronda aristocrática chilena”, los intereses sociales y económicos de las clases altas son defendidos con tesón.
Por supuesto que es sabido que hubo actores internacionales que participaron de la tragedia: es conocida la discreta e indirecta intervención estadounidense, porque de ella se ha quejado mucho y muy bien la izquierda continental; menos conocida es, empero, la participación del campo rival en la Guerra Fría, que desde Cuba y Europa del Este sobre todo brindaba apoyo a la acción revolucionaria que quisiera emprenderse en Chile.
Fue así que, por un lado, una izquierda segura de su razón revolucionaria fue ganando protagonismo dentro del Chile de Allende, en particular con cierta juventud deseosa de imponer esos cambios redentores; y, por otro lado, otra parte de la sociedad fue haciéndose a la idea de que había que evitar caer en las garras del comunismo internacional al precio que fuera. Medio siglo más tarde, todo el episodio del 11 de setiembre muestra el sentido trágico propio de la escena griega: actores que van marchando hacia su destino desgraciado, con los ojos bien abiertos e incapaces de cambiar de rumbo.
No basta entonces con lamentar la violencia del 11 de setiembre. También es importante, medio siglo más tarde, tomar cabal consciencia de las responsabilidades que unos y otros tuvieron en fomentar y generar un escenario de guerra civil desatada por causa de unos dogmatismos ideológicos que, por lustros, hicieron (y siguen haciendo) muchísimo daño en toda Latinoamérica.