Mañana docentes, hoy barrabravas

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Tal parece que la combustión espontánea que cancela toda posibilidad de un diálogo sereno y constructivo, aun en la discrepancia, ha permeado en la sociedad, acaso como una imitación inconsciente a los procesos de polarización social y política que se viven tanto en Argentina como en Brasil.

Una de las muestras más inquietantes de ello es el proceder de los gremialistas nucleados en el Centro de Estudiantes del Instituto de Profesores Artigas (Ceipa).

Días atrás, el periodista Ignacio Álvarez leía en su programa radial un mensaje de un docente que había decidido dar clase, a pesar del paro vigente. Dejando claro que no había votado a este gobierno y que incluso discrepaba con algunos aspectos de la transformación educativa, el firmante narraba la incomodidad que le produjo el hecho de que, tanto él como sus estudiantes, fueron insultados por los manifestantes a la salida del IPA.

Las viejas prácticas de barrabrava sindical que se veían años atrás, como la de Juan Castillo diciendo al entonces presidente Jorge Batlle “chupate esta mandarina”, o los ignotos movilizados de Adeom que se burlaron de la grave enfermedad que padecía el jerarca departamental Ernesto de los Campos en su misma cara, reaparecen ahora encarnadas por jóvenes cuyo futuro inmediato será... enseñar en los liceos.

Ojalá esa hubiera sido la única práctica incivilizada que hubiesen realizado, pero fueron a más. Llegaron a redactar un comunicado reivindicando un supuesto derecho a enchastrar la fachada de la sede del IPA, que además de ser un edificio público, ostenta un valor histórico. Como si vandalizar un bien patrimonial tuviera algo que ver con la libertad de expresión.

Y en los últimos días, se expresaron soezmente en diálogo nada menos que con la viceministra de Educación y Cultura, Ana Ribeiro. En el video que registra ese momento se puede observar cabalmente la mezcla de estupor y desagrado con que la profesora Ribeiro escucha a un estudiante decirle cara a cara “no estamos acá al pedo”.

En esa refriega, que incluyó ocupación de la sede del MEC y empujones para sacar de allí a funcionarios que se trataban de “carneros”, también se colocó un gran cartel dirigido al ministro da Silveira: “Pablito nos clavó un clavito para un título de cartoncito. Hacete uno de papelito y limpiate el...”. Así se expresan los afiliados al Centro de Estudiantes del Instituto de Profesores Artigas.

Hay otro video no menos explícito, donde el Director de Convivencia Ciudadana del Ministerio del Interior, Santiago González, junto a una agente de policía, entregan a los gremialistas una resolución firmada por el consejo de Anep para que se haga efectivo el desalojo de su sede, en cumplimiento de la normativa legal.

Lejos de recibirlo y marcharse, los muchachos literalmente se ríen en la cara de González y de la funcionaria, burlándose de que la resolución se les presentara en una hoja manuscrita. Le sacan una foto con un iPhone y dicen que la van a usar para hacer un meme (sic). Agregan, siempre entre risas, que la decisión de desalojar la van a someter a una discusión entre ellos, como si no se tratara del cumplimiento de un mandato legal.

Las viejas prácticas de barrabrava sindical que se veían años atrás, como la de los movilizados de Adeom que se burlaron de la grave enfermedad que padecía un jerarca, reaparecen ahora encarnadas por jóvenes cuyo futuro inmediato será... enseñar en los liceos.

La escena es de un bochorno tal, que uno no puede menos que preguntarse cuál es el nivel cultural y ético de estos estudiantes. Más grave aún: cuesta entender cómo personajes de este nivel pudieron haber sido elegidos para representar a todos sus compañeros. Los alumnos del Ipa que no quieren perder clases, que concurren al aula y se someten al escarnio de estos patoteros, ¿no tienen nada que decir? ¿No deberían acaso emitir una declaración deslindando responsabilidad de los desbordes y cuestionando la autoridad de estos fanáticos?

La rebeldía juvenil es siempre valiosa. Muchos grandes cambios sociológicos de Occidente han recibido siempre el empuje de jóvenes contestatarios que los hicieron posibles.

Pero no es este el caso. Por el contrario: lo que vemos acá es un grupito escasamente representativo que, en lugar de abrazar los cambios y proponer cómo profundizarlos y optimizarlos, se resisten a ellos y usan su protesta como mera excusa para hacerse un lugar en el penoso establishment político y sindical de la izquierda.

Si realmente fueran rebeldes, aportarían con respeto a una reforma que quiere democratizar y mejorar la educación pública.

Y aunque no estuvieran de acuerdo en nada, por lo menos deberían demostrar un nivel cultural más acorde a su inminente responsabilidad de educadores.

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