La semana pasada, la periodista cultural Silvana Tanzi informó en Búsqueda sobre la cancelación de una exposición que ofrecería Claudio Rama en el Teatro Solís, debida al reclamo de la dirección de la institución de un cambio en los textos que acompañaban las obras.
Durante los últimos días los acontecimientos se precipitaron. Trascendió que la directora del teatro, Malena Muyala, había notificado al curador de la muestra que “el Teatro Solís solicita que las propuestas artísticas que se programen en los espacios del teatro aborden una perspectiva inclusiva tanto en el lenguaje oral, escrito y visual. Eso implica la actualización de los textos de la propuesta artística (…) Entendemos la comunicación desde una perspectiva inclusiva. El lenguaje oral, escrito y visual se desarrolla pensando en las y los receptores, emitiendo mensajes libres de estereotipos”.
Como se sabe, el artista es hijo de dos personalidades emblemáticas de la cultura nacional, Ángel Rama e Ida Vitale. Es abogado y un reconocido experto en temas económicos y educativos, una condición que a través de su vida lo llevó a desempeñar altos cargos públicos en gobiernos de los partidos fundacionales.
Apenas recibió esa comunicación, Rama solicitó una reunión con Muyala, que no fue respondida. “No sabíamos si había que eliminar los masculinos y femeninos o qué. No nos indicaron a ningún experto en lenguaje inclusivo”, declaró a El País, aclarando que sus textos refieren a las piezas artísticas y ninguno puede interpretarse como discriminatorio.
Felizmente, la Dirección Nacional de Cultura del MEC reaccionó rápido y ofreció al artista el Espacio Idea, la sala de exposiciones que tiene en la calle San José y Paraguay, para que la muestra se haga efectiva a más tardar en el próximo verano.
Entre tanto, más de 50 representantes de la cultura de distintas filiaciones políticas e ideológicas, entre quienes se cuenta a los músicos Leo Maslíah, Fernando Santullo, Santiago Tavella y Carlos da Silveira, escritores como Alberto Gallo, Diego Fischer, Marcelo Marchese, Aldo Mazzuchelli y Fernando Andacht, y artistas visuales como Oscar Larroca y Pilar González, publicaron una carta abierta denunciando este acto de censura y comparándolo abiertamente con las políticas macartistas de los Estados Unidos del pasado siglo. Expresan “su profundo rechazo y repudio a una medida tan arbitraria como totalitaria”.
Con toda claridad, los intelectuales observan que el problema no está en la directora Muyala: “no actúa de forma inorgánica, sino que responde a una gestión que intenta imponer una ideología (explícita desde la Secretaría de Diversidad y de la Unidad de Formación Institucional Permanente) por encima de otros modos legítimos de concebir una visión del mundo (…). El nudo del problema no es solamente la decisión que toma la directora, sino la política institucional sesgada y forzada que coloca en el centro de la mesa la libertad de expresión del artista. No es nada menor el asunto”.
Lo primero que uno se pregunta es qué pasará de ahora en más con los espectáculos que presente en el Solís ese gran elenco teatral que es la Comedia Nacional. ¿Adaptarán a García Márquez al lenguaje inclusivo, haciendo hablar a sus actores de “las y los vecinos y vecinas de Macondo” o “les amigues de Aureliano Buendía”? Seguro que no, lo que subraya el absurdo de la exigencia que se hace a un artista visual que aspiraba a ese espacio.
En ocasión de la campaña preelectoral española, no fueron pocos los artistas uruguayos que se sumaron en las redes al clamor contra algunos gobiernos zonales comandados por el partido Vox, debido a que en sus localidades habían prohibido la presentación de determinados espectáculos. Por supuesto que ese ataque a la libertad de expresión artística debe ser repudiado, pero similar rechazo merece quien pretende modificar una obra por prejuicios ideológicos, aunque sean del signo opuesto.
Es patético que la misma izquierda que dice defender la cultura, exigiendo subsidios sin ton ni son, siempre crecientes, sea la que se entromete en la creación artística para contrabandear a través de ella sus absurdas contraseñas inclusivas. Pueriles modificaciones de palabras, etiquetas huecas que en nada modifican las reales injusticias en equidad de género.
Hace algunas semanas nos referíamos al tema en esta columna, respecto al infame femicidio de una adolescente de 17 años. Quienes se empantanan en el reclamo de estos formalismos hacen poco y nada para modificar una realidad de violencia que debería movilizarnos a todos.