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La libertad de expresión es uno de los grandes valores de la civilización occidental.
No solo eso sino que, cosa que algunos no terminan de reconocer, ha sido clave para el formidable desarrollo intelectual y material de esta civilización, al permitir un flujo irrestricto de ideas y conceptos, y la conexión constructiva entre gente con ideas radicalmente diferentes.
Este valor tan importante, se encuentra frente a la mayor amenaza en varios siglos. Una amenaza que no proviene esta vez de tiranos, dictadores, fanáticos religiosos o turbas enceguecidas. Proviene del poder concentrado que acumulan algunas megaempresas de internet, y de fuerzas que muchas veces son muy complejas de identificar.
Esta última semana hemos tenido un ejemplo muy claro de este nuevo y peligroso mundo en que nos movemos, cuando el cantante Neil Young anunció que removería su catálogo de canciones de la plataforma Spotify, como señal de rechazo al espacio que la misma concede a Joe Rogan. Rogan es un comediante, presentador de las peleas de UFC, y que tiene un programa de radio que es el más popular de Estados Unidos. El mismo presenta invitados de la más variada especie, desde el escritor Chuck Palahniuk, al profesor Jordan Peterson, pasando por agentes retirados de la CIA, deportistas... lo que sea.
La libertad de expresión, pilar clave para el formidable desarrollo material e intelectual de occidente, se encuentra bajo amenaza por parte del enorme poder de las plataformas de internet, pero también de una generación con una sensibilidad infantil y exacerbada.
Su programa se caracteriza por su larga extensión, y allí la gente se suelta, y dice cosas que no diría en otros lados. Rogan ha llevado a invitados que han cuestionado aspectos clave del manejo de la pandemia en Estados Unidos, e incluso él mismo ha sido crítico no tanto con las vacunas, sino con la forma en que el gobierno y los medios de comunicación han abordado el tema.
En una sociedad tan polarizada, y con alarmantes signos de intolerancia, esto en algún momento iba a generar problemas. Y fue lo que pasó días atrás, cuando un grupo de 200 científicos emitió una carta de condena al show de Rogan, a quien acusan de desinformar sobre el tema. Pero lo más fuerte ocurrió después cuando el popular cantante Neil Young (parte de la mítica Crosby, Stills, Nash & Young), anunció su boicot a Spotify, y luego se sumaron otras leyendas musicales de esa era, como Joni Mitchell.
Aquí es necesario hacer un paréntesis. Spotify, por si alguien no sabe, se ha convertido en la principal plataforma para escuchar música y programas radiales del mundo. Ha encontrado una fórmula para resolver el gran dilema de la piratería musical, y hoy ostenta un monopolio de hecho de los oídos de buena parte del mundo civilizado.
La acción del músico Young, intolerante y fascista (pese a que toda su vida ha cantado en contra de esas cosas) obligaba a la plataforma a elegir entre dos males terribles: o quedarse sin la música del artista, o censurar a Rogan, por decir cosas que no gustan a alguna gente. No instigó a cometer un delito, a agredir a nadie, simplemente dio una opinión.
Esto hace acordar a lo sucedido meses atrás con Dave Chapelle, considerado el comediante número uno de EE.UU. hoy, y a quien organizaciones que dicen defender los derechos de las personas “trans” quisieron boicotear por entender que su último especial para Netflix era “transfóbico”. Algo que cualquiera que lo escuche con dos dedos de frente comprobará que es mentira.
Pero el tema es que en ese caso la plataforma Netflix, al igual que ahora Spotify, se ven desafiadas por un dilema de hierro: o aceptar esa presión y coartar la libertad de expresión de esas personas, o perder millones en ingresos por ese boicot. De hecho, Spotify perdió 2 mil millones de dólares en valor accionario en los días siguientes al anuncio de Young.
Por ahora estas empresas vienen resistiendo de manera hidalga estos ataques a la libertad de expresión. Pero también hay señales de flaqueza. Y no parece muy lógico que un pilar tan importante de nuestra civilización dependa de la voluntad y personalidad del transitorio jefe de una empresa cuyo único fin es ganar dinero para sus accionistas.
Por otro lado, es poco lo que los gobiernos pueden hacer al respecto. En los medios tradicionales, este dilema siempre fue resuelto con variedad y diversidad de empresas. Pero en la era de internet, el mercado tiende a monopolios de hecho que complejizan muchísimo este formato que supo ser exitoso.
La única solución viene de abajo. Explicar, educar, y mostrar a la gente por qué es tan importante la libertad de expresión. Que cortar los flujos de conocimiento e intercambio de información nos daña a todos mucho más que nada que pueda decir un “antivacunas”. Defender este valor, es la gran misión y desafío de quienes vivimos en esta era.